El silencio en Estocolmo

Estocolmo era el sueño de la infancia, la ciudad lejana de cuentos de hadas. El sendero que buscaba recorrer en verano para apreciar el brillo anaranjado sobre el Báltico. Era la cima del mundo que pretendía alcanzar, el lugar donde sabía que el viaje provocaría otra clase de afectos.

Estocolmo es un perfume de bosque, una fotografía en la que cualquier rostro o edificio adquiere un efecto bergmaniano. Gamla Stan es una fiesta vikinga de músicos callejeros, de turistas ávidos de un fika, y de suecos silenciosos, sonrientes, preocupados por la pureza de sus aguas. Skogskyrkogården es el mausoleo donde encontré a Greta Garbo en su sueño eterno de artista, modesta, elegante, acariciada por el pasto cortado cada dos días.

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Me enamoré del silencio de las casas, de las calles rectilíneas, de los árboles alegres en verano. Escribí mucho en medio de esos silencios, pensé en Tranströmer y sus letras de un verdor casi tropical, pensé en el agua se cuela por los recovecos de la ciudad, en el azul que disputa su hombría con el bronce del verano. Ambos pelean por el dominio del cielo a cualquier hora del día. El reflejo de las aguas es también otro campo de batalla. Hay una vívida paleta de colores entre el azul y el bronce. En el medio se vive el silencio del agua correntosa.

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Estocolmo es la gloria del pasado, el peso de la historia que danza con la suavidad de los vientos del norte. En ella convive la música de ABBA y la mitología de Bergman. El arte y el comercio se han hermanado en Estocolmo, hay museos para glorificar a los Vikingos y también para homenajear a Dancing Queen.

Me disfracé con el inglés para no asfixiarme con el burbujeante sonido del sueco. Hacía trampas para evitar la lengua. Me resultaba difícil recordar los nombres de las calles y asociarlos con la manera en que la gente los pronunciaba. Decidí vivir el sueco solo  escrito a través del Google Maps. El idioma, aunque suave y amable al igual que los nativos de Estocolmo, era distante, difícil de abrazar. Silencio.

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No pude escapar de mi bibliofilia y ahí estaban los libros, en inglés y sueco adornando las vitrinas de librerías grandes y pequeñas. Las hay bulliciosas como en Gamla Stan pero también silenciosas como en Akademibokhandeln. Estocolmo me envolvió en sus letras aun cuando me negaba a probarlas. La voz aspirada en los momentos de silencio, las consonantes apretujadas ausentes de vocales parecían volverse dóciles en la lectura de Selma Lagerloff, Stieg Larsson o en la negrura de su literatura actual. Ese gótico que descansa en la morfología glacial de una Estocolmo oscura en los días de invierno. Silencio otra vez. Pensar antes de hablar, siempre será un bien común en ese entorno.

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Las albóndigas de carne, rebosantes, ofrecidas por una mesera de Laponia serán siempre un manjar repetible aunque la receta sea la misma. En Estocolmo la repetición en la cocina, en la fotografía siempre es un nuevo encuentro con el cotidiano desconocido que cuando susurra no habla y cuando habla es silencio.

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Por la noche, el terror gélido se evapora con la música techno. Extranjeros y locales beben y aunque gritan, mantienen en silencio lo que incomoda. La calle es el escenario del bienestar, nunca de la molestia. El silencio sigue reinando en medio de la noche millennial.

Estocolmo es una geografía insular de pensadores. Una ciudad de largas caminatas, cruzando los puentes que conectan a las pequeñas islas, a los pequeños mundos que se han forjado artistas, científicos y migrantes. Se puede escuchar el susurro del viento con el olor salino, casi dulce que proviene del Báltico. El error no es posible en Estocolmo, la percepción incluso para el turista se afina, se encandila y cualquier razonamiento o juicio será el correcto al recorrer Gamla Stan, Skeppsholmen o Djurgården. Caminar en Estocolmo es un acto de suspensión.

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Al final, la partida nublada, es siempre una promesa para regresar. Estocolmo sigue ahí calmada, verde, tocada por el manto de un sol polar que no quema. Las lágrimas en sueco no dicen adiós.

Saudade de Domingo #110: La vida empieza (o termina) en el Golden Gate

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Viajar siempre me pone en un estado febril horas antes. Me pregunto, me anticipo. 

Soy otro yo cuando viajo, más sensible, más predispuesto al vacío, más errático quizás, con mucha sed de aprender. Puedo llegar a sentirme superpoderoso, capaz de hacer lo que se me cante. No tengo limitaciones, es mi sombra jungiana la que toma las riendas de los recorridos.

Suelo llorar mucho en los viajes. Desde que me subo al avión, cuando las turbinas suenan y la ciudad se vuelve una alfombra. Me acompañan los personajes que escribo, las películas, las series que he visto, las personas cercanas que admiro. No es un llanto de tristeza, sino de alegría y euforia. Mi padre diría que al viajar estoy solo contra el mundo. Yo más bien diría que estoy solo con el mundo, pues en todos mis viajes he tenido la suerte de encontrarme con gente que me hace el camino más agradable.

Para cada viaje, siempre termino eligiendo una canción que repito de forma compulsiva, como si volviera un himno de ese recorrido. Lejos de cansarme la misma melodía, se me vuelve adictiva, necesito escucharla para impregnarme más de lo que veo, de lo que siento mientras camino. A momentos puedo sorprenderme con los ojos llenos de lágrimas invadidos por la música, por el paisaje, por las imágenes que vienen a mi cabeza y que se transforman, eventualmente, en historias para escribir.

Cada viaje me pone también muy reflexivo, encuentro respuestas a preguntas que no sabía como formular, también descarto las respuestas que de alguna manera ya superé. También me pasa de volver a preguntas que creía superadas. Estas duelen mucho, porque me da la sensación de que no aprendo y de que la vida me vuelve a poner las lecciones al frente.

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En este viaje a San Francisco tuve una mezcla de sentimientos muy extraños. Como siempre me pasa el primer día, odio la aventura, me arrepiento de viajar, quisiera mandar todo el carajo y regresar a mi ciudad. Luego el segundo día es mejor y de ahí en adelante me como la ciudad literalmente. Cada esquina, cada calle, cada rostro se vuelve un territorio para descubrir. 

En San Francisco hice uno de los recorridos más importantes hasta ahora en mi vida de viajero. Me tomé el tranvía en Union Square y me bajé en Lombard Street. Saqué algunas fotos, caminé por esas pendientes caprichosas y de ahí me lancé a caminar hasta el Golden Gate. Google Maps calculaba para mí una hora y cuarenta de camino. Era un recorrido largo, hacía frío, había amenaza de lluvia, pero me lancé. Había caminado ya el Brooklyn Bridge en New York, así que decidí equilibrar el juego con San Francisco.

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Llegué casi por accidente al Parque Histórico Nacional Marítimo de San Francisco, con las embarcaciones del siglo XIX de fondo. Algunos arriesgados nadaban en esas aguas pacíficas y heladas, mientras que otros preferían trotar con auriculares. Me llené de ese aire salino frío del invierno húmedo de California. Pensé en la loca generación beat, en sus recitales, en su rebeldía, en esas creaciones atropelladas llenas de desacato, caliente, de estados alterados. Estaba en California, la tierra del arte, de las batallas, de la lucha por los derechos civiles y ahora la tierra de la tecnología. En los viajes, así como suelo llorar mucho, me obsesiono con mi extranjería. En Estados Unidos, por ejemplo pareciera que me esfuerzo en hablar el inglés con mucho acento latino. Se establece en mí una dialéctica entre el amor que tengo por la aventura, pero al mismo quisiera resguardarme de esos “otros” diferentes. Sin embargo, ahí en el muelle, pensando en San Francisco, en California, me sentí en casa, con más puntos en común con sus habitantes que diferencias. 

Seguí el camino con Sale, Amore e Vento, de Tiromancino. Esa melodía italiana, nostálgica y enérgica que Federico Zampaglione escribió de un solo tirón luego de haberse soñado a sí mismo como un narco latino enamorado de una mujer que vivía recluida en una isla. Esa canción eyaculatoria, pasional, acompañaba mis pasos por el Marina District, un sector del San Francisco residencial, geométrico, formal de una clase pudiente muy alejado a la imagen postal de la ciudad. 

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A medida que el camino avanzaba las personas iban desapareciendo hasta encontrarme dentro de un descampado a orillas del mar, en la que eventualmente pasaba algún ciclista. Me sentía agotado, sudando frío pero también estaba la canción, los mensajes que me enviaba con algunos amigos y el deseo de atravesar el Golden Gate. Cualquier cansancio era nimio frente a la fuerza que de pronto parecía salir dentro de mí, a pesar de la poca confianza que me tengo muchas veces.

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12En ese camino largo tuve tiempo suficiente para pensar en lo que quiero de mí en los próximos años. Era enfrentarse a ese demonio cuestionador que me recuerda que este año cumplo 33, que me hace pensar si estoy contento con la vida que llevo, que si no es hora de encontrar a alguien y formar una vida en conjunto o quizás tomar la aventura de viajar hacia algo más extenso e intenso. Lejos de ser un encuentro doloroso como siempre pensaba y que evadía en la tranquilidad de mi ciudad y de mi trabajo, mirar ese demonio-espejo, fue la posibilidad de mirar de frente ese monstruo que suelo ser. La reflexión se hacía más llevadera con ese cielo gris de San Francisco, con la calma de la naturaleza, el vaivén del mar que rozaba la orilla y las fotos que iba tomando a manera de testimonio mudo de la experiencia. 

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Cuando llegué finalmente al Golden Gate, algunas preguntas estaban respondidas. Las respuestas (decisiones) me daban y me dan miedo, pero al entrar al Golden Gate, insuflado por la fortaleza de esa mole de hierro que desafía cualquier desastre natural, me sentí protegido y que cualquier cosa que decidiera iba a estar bien. De pronto no me dolían las piernas, no me sentía cansado. Además hice las respectivas fotos y selfies para capturar el momento, ya que divertirme conmigo es también parte de la aventura. No recuerdo exactamente cuánto tiempo me tomó atravesar el puente. Estaba más emocionado por la música, el mar debajo de mí, el esperpento naranja que se alzaba encima mío y sobre todo, por mi lugar en el mundo. 

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Al emprender el regreso por el puente, me detuve a la mitad a contemplar la isla de Alcatraz y a San Francisco, ecléctica, rebelde, al fondo. A pesar de los turistas que como yo cruzaban el camino, me sentí conectado en soledad con esa naturaleza plomiza invernal. Hice un pacto con el Golden Gate. Con el corazón ardiente (siempre quise usar ese adjetivo), dejé a la suerte, al destino, a la nada, lo que tenga que suceder. Yo ya tengo algunas respuestas así que debería poder detectar las señales y cuando aparezca lo que fuera, sé bien lo que tengo que hacer (ojalá).

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Por alguna razón El Golden Gate (y su trayecto) le ha dado un punto de giro al guion de mi vida hasta ahora. Pienso en mis clases de estructura dramática en la que el personaje luego de un punto de giro experimenta un cambio y también crisis. Me reconozco en ese momento de crisis, pienso en los 33 que cumpliré en menos de un mes y en lo que espero hacer en mi propia película de vida. También recuerdo que en mis clases de estructura dramática le digo a los estudiantes que las crisis llegan a un punto álgido para luego resolver la historia. Me proyecto hacia ese punto en el que haya sido superado lo que tengo que aprender ahora y mientras tanto, recuerdo mi paso por el Golden Gate, amable y protector que me permitió atravesar el umbral hacia un nuevo camino. 

Un café en las alturas de Quito

“Debes ir al Café Mosaico, vas a ver Quito como nunca antes”, me dijo una amiga cuando le comenté que iba a pasar un fin de semana en la capital. Ella sabe de mi predilección por los cafés y las vistas panorámicas, así que su recomendación fue más que acertada. Revisé el sitio web del café, me enamoré el lugar por las fotos, por lo que no dudé en hacer una reservación para el domingo por la tarde. Un lugar como ese no lo podía dejar de pasar. 

IMG_8705El café, ubicado en la zona de Itchimbía, seduce desde su entrada. Hay una decoración ecléctica entre lo rústico, lo artesanal con una elegancia que da cierta familiaridad. Da la sensación de entrar a casa de algún conocido. Un letrerito en el fondo advertía que la atención se daba en el segundo piso. Llegué cerca de las 14h30 con un sol abrasador que me descubrió una ciudad con todo su brillo. Me indicaron la mesa reservada en la terraza y lo siguiente fue éxtasis puro: El sur de Quito a mis pies, colonial, premoderno, posmoderno con las montañas verdes custodiando la ciudad. Una ligera brisita del páramo paliaba el ardor de los rayos del sol, mientras sacaba las primeras fotos y acomodaba mis cosas. Le agradecía mentalmente a mi amiga por haberme recomendado el lugar. Sin haber probado bocado todavía, ya la visita estaba valiendo la pena.

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Luego vino el menú. Aunque había varias opciones provocativas, terminé eligiendo el Curry Thai (con salsa de coco, albahaca, curry de la casa más arroz y pan pita). Durante la espera seguí sacando fotografías del paisaje, mientras llegaban otros turistas con las mismas intenciones que las mías. No en vano Café Mosaico tiene diez años de existencia en los que ha ganado excelentes comentarios en páginas de turismo internacional y se ha posicionado como uno de los cafés obligatorios para visitar en Quito. En el 2017 obtuvo el Star Diamond Award de la American Academy of Hospitality Sciences, que premia a diferentes establecimientos del sector de viajes y servicios de lujo a nivel mundial. Y sí, estar en Café Mosaico es un privilegio.

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El Curry Thai tenía el grado justo de picante, la salsa curry de la casa era una delicia que hacía un maridaje perfecto con el pollo y el arroz. Decidí tomarme el tiempo para degustar cada bocado. En esa terraza el tiempo parecía quedarse suspendido, flotando sobre la ciudad al compás del jazz, del rock americana de los setenta que servía como soundtrack. En algunas ocasiones suelo ir a los cafés y crear mi propio playlist con el iPod pero esta vez dejé los auriculares guardados y me dejé llevar por la lista propuesta por el café. Fue la mejor decisión.

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Luego de revisar la carta de cafés, me decidí por un frappuccino de la casa. Confieso que no le tenía mucha expectativa y creo que eso ayudó a que la experiencia fuera mucho más sabrosa. Tuve que frenarme para no terminarme el frappuccino de un solo trago. Con el sol fuerte que inundaba la terraza, esa bebida fría era un néctar. Era la combinación entre lo amargo y lo dulce, lo denso y lo suave. De buena gana hubiera pedido otro pero después del banquete, lo mejor era seguir contemplando la vista, escribir un poco, dejar que las nubes descubrieran y ocultaran el sol a su voluntad. 

Ya a la partida me fui con la misión de regresar, quizás en un futuro cercano. Me he quedado con la curiosidad de estar en el café por la noche, cuando la ciudad parece una alfombra de luces en medio de la oscuridad del firmamento. Queda pues la cuenta pendiente y abierta para degustar otro plato, sacar más fotos y tomar otra vez el frappuccino de la casa.

Café Mosaico: Calle Manuel Samaniego N8-95 (Itchimbía, Quito)

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Miami, allá fui

Algunas veces me tengo miedo y otras me encanta saberme impredecible. Hace una semana estuve en Miami y hasta hace un mes atrás no me habría imaginado estar en dicha ciudad. Pasa que un día o mejor dicho una noche, en medio de la conmoción que siempre me pasa luego de realizar un viaje largo, empecé a fantasear con un nuevo destino. Me daban ganas de volver a Nueva York pero pensé que había que diversificar un poquito y además tenía que realizar un viaje más breve que el que había realizado a Europa, en marzo. Miami apareció entonces como una opción posible. Está a cuatro horas de Guayaquil en avión, sin escalas, lo que me daba la posibilidad de no hacerme pedazos con el viaje y podía aprovechar más las horas en la ciudad.

IMG_1366Así que después de pensarlo un poco (sólo un poco), me dejé llevar por el impulso de comprar el pasaje a Miami (gracias, tarjeta de crédito). Aun sigo pagando rubros del viaje a Europa y de loco me metí a un nuevo viaje. Bueno, esto lo pensé una vez que había pagado el boleto y había escogido por Booking el hotel donde me iba a quedar en Miami Beach. Ya no había marcha atrás. Todo lo realicé casi en modo Zen, hasta que luego me di cuenta de lo que había hecho. A pesar de la conmoción, vibraba con la idea de descubrir una nueva ciudad, aun cuando fuera Miami, un lugar que nunca me habría imaginado visitar. Todo mi imaginario sobre Miami se remetía a telenovelas de Telemundo y Univisión, playas, gente linda, la casa de los multimillonarios latinos, largas autopistas pero una ínfima vida cultural. Decidí entonces darme la oportunidad de confirmar o derribar estas percepciones por mi propios ojos. Ya en otro post  comentaré del impacto que me generó la ciudad y de las cosas que me sorprendieron.

No comenté a nadie más que a mi madre sobre la locura del viaje. Pasaron las semanas, seguí mi ritmo de vida impartiendo mis clases, escribiendo, ensayando una obra de teatro hasta que llegó el gran día. Como me suele pasar, un atisbo de arrepentimiento se coló por mi cabeza, horas antes. “Todavía podrías decir que no”, me desafiaba mi mente. IMG_5134Lo que suelo hacer en momentos así es mandar al diablo al ego o a esa conciencia racional que estorba más que ayudar.

Estuve unos cuantos días nada más aprovechando el feriado del 24 de Mayo de Ecuador. Llevé una maleta mediana y un carry on que para la ida guardé dentro de la maleta. A los hombros llevé mi acostumbrada mochila Jamsport roja con mi iPad, mi diario (journal Midori), cables, cargadores y paraguas (sí, por desgracia el tiempo en Miami estaría lluvioso durante mi estadía). Me sentí feliz de viajar, en teoría, con pocas cosas.

De ropa sólo llevé el jean que tenía puesto, unos shorts para los días de caminata, trescamisetas, ropa interior y el par de zapatos que llevaba puestos. Sabía que en el viaje compraría ropa y pasaría por Apple, donde sería mi perdición (sí que lo fue).

El primer día luego de llegar desde el Aeropuerto de Miami hasta Miami Beach por US$2.50, hice el check in en Clay Hotel, en plena Española Way. Salí a recorrer la zona. Me enamoré inmediatamente de la onda descontracturada del lugar, del art deco de sus construcciones (no en vano Miami es la ciudad con más edificios art deco en el mundo). Turistas y locales conversando alegremente, caminando, otros tanto con bolsas de Macy’s, Forever 21, Guess, Victoria Secret. Había negros, asiáticos, rubios, latinos. Todas las etnias juntas en perfecta armonía, vestidos de playa, aun cuando llovía cada diez minutos (sí, paraba y regresaba).

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Española Way
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Parte de Lincoln Road

IMG_3071Recorrí Lincoln Road, esa especie de shopping al aire libre tan concurrido. Empecé a sacar las primeras fotos, entré a varias tiendas y ya por la tarde fui a Miami, donde me refugié en ID Supply, una tienda artística hermosa donde volví a ser niño en medio de acuarelas, témperas y pinceles. Recorrí luego Biscayne Boulevard. Mi paraguas feneció ante la crueldad del viento y la lluvia y así, empapado encontré guarida en una librería/bar/café en el Art Deco Tower. Fue otro gran descubrimiento este lugar, donde me sirvieron un café con leche delicioso mientras leía On Writing, de Bukowsky.

A la vuelta a Miami Beach, volví a Lincoln Road para comprar unos encargos y por la noche fui a cenar a un restaurante italiano. Se percibía el mismo ambiente de madera, de luz tenue como la de los restaurantes en Roma. Me atendió una mesera romana que tenía un poco más de un año en Miami. Al saber que estaba paso me dijo que sí o sí tenía que ir a Wynwood Walls. Luego para no volver tan rápido al hotel, decidí recorrer Ocean Drive y palpar de primera mano la vida nocturna de Miami Beach. Decenas de cuadras de bares, restaurantes y discotecas coloridas, con igual o más diversión en la propia calle. Patrullas policiales y oficiales caminando se mezclaban entre las parejas, los amigos que hablaban alto que con cerveza en mano gritaban a pesar de estar todos muy cerca entre sí. Era literalmente una gran fiesta. Llegué hasta el edificio en cuyas escaleras se grabó una de las secuencias más importantes de la película Scarface. No me resistí a sacar una foto.

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728 Ocean Drive, Miami Beach, FL.

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IMG_4823Al día siguiente recorrí Miami Beach a pesar del mal clima. Volví a Miami para internarme en Wynwood Walls. Cuadras y cuadras de arte urbano en las paredes. Aproveché un momento de lluvia torrencial para hacer un brunch en un café muy fanzy de la zona. Pasé luego por Little Havanna, regresé a Miami Beach, pasé por una tienda esotérica y sucumbí al encanto de una señora cubana que gentilmente me mostró todos los inciensos, las piedras y demás objetos que tenían su tienda. Salí de ahí con un paquete de sahumerios y unos cuarzos.

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Ante todo lo que había visto y sentido en medio de todos esos caminos, me senté en un café a escribir. Necesitaba con urgencia, refugiarme en mí mismo, clarificarme, sentirme. Y en medio de esas líneas plasmadas en el diario, fueron dibujándose otras líneas sobre un personaje que quiero escribir desde hace algún tiempo. Va a ser la protagonista de una obra de teatro que voy a empezar a escribir y que de la nada me empezó a reclamar a Miami como parte de su propia biografía. Mágicamente, ella fue dictándome lo que le había pasado en esa ciudad. Me dejé canalizar hasta que llené cuatro páginas de anécdotas. No estoy seguro si las incluiré en la obra, pero escribir sobre mí y sobre ese personaje, me regresó el alma al cuerpo, me calmé un poco, volví a tierra.

Al día siguiente, la lluvia estuvo imparable pero pese a todo, decidí ir a ver la playa. Caminé contra viento y marea (casi literal) hasta la playa. Me encontré con un mar abandonado, carente de turistas. Tenía el mar mustio y embravecido para mí. Nunca me sentí tan feliz de estar en una playa gris, en cuya soledad podía hablar, gritar sin ser escuchado por nadie. Porque mis palabras se las llevaba el viento con la misma velocidad que las pronunciaba.

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Más tarde emprendí la vuelta al Ecuador satisfecho por todo lo vivido. Como siempre me sucede en los viajes, me sentía “crecido”, más vivido. El paso del tiempo es relativo porque con la intensidad que viví ese viaje, me pareció haber estado mucho más tiempo en Miami. Al dejar la ciudad, sentía que me despedía de alguien a quien de pronto empecé a estimar sin darme cuenta. Sentí que era su amigo y a punto de partir, me ofreció un sol brillante y un cielo despejado para que pudiera contemplar el turquesa de sus aguas.

Prometí volver para bañarme en ellas.