Enseñar siempre me pone en una situación de cuestionamiento. Aun cuando preparo mis clases con actividades y tiempos destinados para cumplir con los objetivos de cada sesión, siempre sucede algo mágico en el acto de enseñar. En una buena clase todo fluye, los estudiantes están conectados, participan y las horas vuelan. En otra clase, todo elemento externo se vuelve un distractor, los chicos no entran en la atmósfera y el tiempo pasa lento. Cada clase es como una función de teatro, en la que uno puede salir sintiéndose el mejor o el peor actor del mundo. Y es en ese proceso de armar y desarmar, de prueba y error, donde queda claro si uno ama enseñar o lo hace sólo porque «no hay otra cosa más que hacer». Yo creo firmemente que enseñar debe ser un acto de amor.
No me refiero al amor que acaricia, que todo lo justifica y todo lo sufre, sino al amor de entregarse, de mirar a ese chico o a esa chica que ha optado por estudiar y llamar su atención, de hacerlo cuestionarse, de enojarlo si es necesario. Es un amor que no mezquina el conocimiento, que comparte certezas, dudas y baja al profesor del Olimpo para convertirlo en un humano dispuesto a prestar su cuerpo, su voz, su energía para que otros seres aprendan, abran sus ojos y construyan criterios. Es un amor que se permite también bromear con los estudiantes, mostrando que la enseñanza no debe ser un acto aburrido ni severo, que lo lúdico también hace parte del aprendizaje. Es también un amor que debe dejar ir a los estudiantes, que no debe hacerse expectativas. Cada uno de ellos tiene su propio proceso y se irán, volverán o quizás decidan cerrar la puerta de la clase para siempre. Eso también hace parte de la enseñanza y el aprendizaje.
Y es con la enseñanza que he aprendido a crecer profesionalmente y como individuo. Esta semana en particular, a partir de una de mis clases, me he cuestionado qué amo. Lo más a la mano que tenía era obviamente el enseñar y por eso abrí este post con ese tema, pero extendiendo la pregunta a otras esferas, surgen muchas cosas. No voy a extenderme por acá en las explicaciones del porqué amo cada cosa. Prefiero más bien plantear sólo el qué y que las razones floten en la cabeza de quien lea esto.

Amo a mi familia, amo mis rutinas, amo charlar, amo besar, amo abrazar, amo caminar con frío, con calor. Amo aprender, me excita las neuronas encontrar un campo de posibilidades para estudiar. Amo comer, conocer nuevos lugares donde una nueva sazón renueve mis papilas. Amo viajar, armar maletas y lanzarme a las calles del nuevo lugar. Amo escribir, elegir verbos, delinear personajes y aunque duela, colocar la palabra fin como término de la historia. Amo aprender idiomas, buscar la manera de incorporar palabras, familiarizarme con fonéticas extrañas y ver cómo voy dominando una lengua ajena. Amo leer, sumergirme en otros mundos, escudriñar la carpintería escondida en la narrativa de cada autor que llega a mis manos. Amo la imagen, la pintura, la fotografía, el cine, la televisión, encontrando un encuadre conmovedor que pueda dejarme hipnotizado. Amo el teatro, ver al actor en escena, crisparme los pelos con la magia del espacio y probarme yo mismo desde el escenario. Amo salir con amigos, perdernos en lo no planificado y que la magia marque las diferentes estaciones de llegada. Amo jugar con mis mascotas y volver a ser un niño sin preocupaciones. Amo recordar, fijar momentos importante con precisión cinematográfica para luego embriagarme de saudade. Amo la música, dejar que las melodías penetren los poros de la piel y me conmuevan los lacrimales (sobre todo me pasa con el Bossa Nova y el Jazz). Amo el olor a tierra mojada y aroma de un buen incienso, que me coloque en un estado de calma. Amo amar desde el primer chakra, con toda la pasión de la que puedo ser capaz, aunque pueda equivocarme. Hace parte del juego…
Sí… de cierta forma, también amo equivocarme.


Sé también que no he sido el hijo modelo. Tengo un carácter complicado pero algo que aprendí desde chico (aunque no parezca) es aprender a escuchar. No me creo dueño de la verdad y sé reconocer mis faltas. En parte creo que debo ese equilibrio a ella, quien siempre busca las múltiples caras de la verdad, para comprender las situaciones. Mi madre, sin saberlo con las palabras técnicas, se maneja en la vida con una visión sistémica analizando todos los factores posibles. Antes de emitir un juicio hacia alguien, prefiere ponerse en los zapatos de esa persona. Y eso le ha permitido tener el cariño de todos sus familiares y amigos cercanos.


Pasaron algunos años hasta que llegó la tesis del máster y me volví a cruzar con Borges. Al escribir una serie policial, apareció ante mí Seis problemas para don Isidro Parodi, escrito por Borges y Bioy Casares bajo el seudónimo de Bustos Domecq. El amor que Borges cultivó por el policial especialmente el inglés, me marcó un recorrido literario que tomaría como referencia durante la escritura de mi proyecto de tesis. También fue importante la lectura de su cuento laberíntico La muerte y la brújula, que lo leí varias veces entre viajes de tren y de subte para saborear la delicia de su prosa. Podría decir que Borges fue como una especie de guía de tesis literario durante ese año de escritura.






Me costó mucho al inicio empezar el entrenamiento pero la guía de mi gran amiga Itzel Cuevas facilitó mucho que vaya entregándome al trabajo. Es fundamental la confianza y a lo largo de todos estos años que nos conocemos hemos desarrollado una amistad férrea, de apoyo constante. Me gusta su dinámica de trabajo y su compromiso a la hora de enseñar, de realizar sus observaciones. Con ella he aprendido a ser más consciente de mi propio cuerpo, algo que podría parecer una obviedad pero en la vida diaria pocas veces reparamos en nuestro cuerpo. Lo llevamos porque nos toca y muchas veces ni siquiera escuchamos los síntomas que manifiesta. Entrenarme con Itzel es una posibilidad de dialogar con mi cuerpo, ver qué necesita, dónde le hace falta movimiento, dónde duele, por qué y las posibles soluciones a través del estiramiento y la respiración.
Desde hace algún tiempo deseaba emprender un desafío de 21 días completo. El único que logré cumplir a carta cabal fue el tratamiento completo de Magnified Healing, una técnica sanación espiritual que aprendí en Buenos Aires y que necesitaba realizar durante 21 días seguidos luego de la iniciación. Según los entendidos en biología y PNL, son 21 días y no más y no menos, por el hecho de que las células se regeneran en ese número de días y las nuevas que nacen por así decirlo, toman como natural esa práctica o hábito que antes no estaba cultivado.
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