Saudade de Domingo #131: El cuerpo que me habita

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Ayer por la tarde, como si se tratara de un evento especial salir a la calle, decidí “rebajarme” la barba. Ahí, mientras una mota de pelos se formaba en la loza del lavamanos, levanté la mirada y frente al espejo me encontré con una vasta región de la barbilla teñida de blanco. Digo teñida porque me he sorprendido de los habitantes decolorados que han usurpado la zona oscura de mi barba. Se han reproducido y aunque todavía parecen como una mancha de yogurt de vainilla que se me ha escurrido de la boca, su presencia es permanente. Me lo repito por si no me ha quedado claro. Su presencia es permanente. Empiezo a descubrir el cuerpo que me habita en esta cuarentena. 

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A lo largo de estas semanas de encierro, he pasado muchas horas sentado o en su defecto, acostado. De un momento a otro se acabaron las caminatas entre oficinas o aulas en la facultad, las escaleras de dos o tres pisos, el pasar horas de pie frente a los estudiantes. Ahí empezó a aparecer otro cuerpo, uno pesado, torpe, frágil, de movimientos extraños. Lo peor de todo: un cuerpo con miedo.

En una de mis mañanas de fin de semana

Al ser un cuerpo temeroso al contacto externo, el interno por debajo de la dermis empezó a enfermarse: intoxicación por comida, fiebres repentinas, molestias en los ojos, amígalas inflamadas, sudoración. La enfermedad y la muerte cubriéndolo todo, eran eco fácil para este cuerpo pesado que de a poco empezaba a engordar. Como si la ingesta de alimentos fuera el único camino para prevenir el horror de la tragedia. 

El ejercicio físico se convirtió en una alternativa viable para congeniar con este cuerpo extraño. Sentía falta de mi cuerpo anterior, más ágil, entusiasta ante el ejercicio, competitivo al querer siempre entrenar un poco más. Este nuevo cuerpo en cambio se resiste, pone excusas, se cansa rápido, no resiste, me (nos) boicotea. Su rechazo me hizo descubrir un nuevo dolor después de un entrenamiento. Al inicio no sabía cómo describirlo. Era una picazón excesiva a un costado superior de la espalda, debajo del omóplato derecho. Me rascaba de forma compulsiva y más al darme cuenta que la zona parecía adormecida, como si estuviera anestesiada, como si estuviera listo para una intervención quirúrgica. 

Y después vino lo peor. La picazón desapareció y llegó un ardor constante que se agudizaba con cualquier leve movimiento. Era como si mi espalda estuviera cerca a una antorcha ardiente y al mínimo contacto rozara con ella. Aprendí a convivir con ese ardor, a moverme lento, a identificar cómo sentarme, cómo acostarme, cómo pararme para evitar el quemón de la espalda. No era un dolor muscular, no era un aire encajado, era “otra” sensación, una dolencia ardiente, como si la piel se estirara desprendiendo calor. Luego del impacto, la zona empezaba la recuperación y quedaba la sensación de ardor suavizado, como si hubiera regresado de todo un día expuesto al sol en la playa. 

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El ardor fue desapareciendo con el paso de las semanas. Alguno que otro día, especialmente si había pasado muchas horas sentado en clase virtual, el ardor repuntaba. Los exámenes médicos sobre la ardiente dolencia de la espalda no arrojaron nada grave sobre eso, pero apareció otro asunto inquietante: un alto nivel de glucosa en la sangre. Fue necesario tomar medidas urgentes, suspender alimentos con alto índice glucémico, rechazar postres y retomar la actividad física que por el ardor en la espalda no había podido realizar. 

Este cuerpo nuevo se sigue negando a entrenar, le cuesta moverse, prefiere la suavidad de la cama, una lectura silenciosa o una maratón de series el fin de semana. Sin embargo debemos trabajar juntos, a pesar de los mareos, del cansancio, de la picazón constante en todo el cuerpo. Continuamos negociando las condiciones del trato. Ambos tenemos intereses creados, pues si no reducimos el dulzor de la sangre nos irá mal a ambos.

Han sido días extraños de restricción de comida, de investigar sobre lo que implica tener un cuerpo con alto nivel glucémico, de descubrir alimentos con o sin glucosa. Mi rutina de compras en el supermercado es otra. Ahora obligo a mi nuevo cuerpo a fijarse en el informe nutricional de cada alimento que coloco en el carrito. Con mi cuerpo anterior esa tablita con porcentajes y nombres de química orgánica me parecía insulsa y nunca hice el más mínimo esfuerzo por comprenderla. Ahora puedo decir que un poco entiendo, pues de ella depende ahora mi nivel de azúcar en sangre. Se ha vuelto literalmente mi “tabla” de salvación. Al menos por esta semanas hasta que la sangre se purifique, hasta que el mar regrese a la calma.

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Escucho la canción “A better man” de Robbie Williams. Me identifico más que nunca con esa letra y me da vergüenza. Ser cursi resulta más fácil para simplificar lo que no tiene explicación, lo que excede a la razón. Dejo entonces que el Spotify me siga recomendando otras canciones de cielo lluvioso inglés, de cadencias tristes aderezadas con guitarras. Y así el nuevo cuerpo, antes ardiente, ahora glucémico y con una motita blanca en la barba, se desparrama. Se amolda a la geometría de la silla, se acomoda, descansa unos minutos hasta que me despabile y sacuda las vértebras, las células, los calores. 

Y así cada día, por estos días.

Saudade de Domingo #67: La enseñanza del cuerpo

El cuerpo es una incógnita. Una X, una Y y con las posibilidades que se decidan combinar. El cuerpo nos sostiene, nos avisa, nos duele, nos da placer y sin embargo a veces lo llevamos porque no hay de otra. Desde hace algún tiempo (unos tres años más o menos) he empezado indagar sobre mi propio cuerpo, desde la escena, desde la escritura, desde el yoga y ahora he empezado a explorarlo, a conocerlo desde el ejercicio físico «fuerte». Por voluntad propia he entrado a un gym, primero para saber qué me dirá de mi cuerpo sobre ejercitarme con máquinas y pesas, y segundo para ver cómo se siente eso de estar ahí y cómo es que mucha gente termina adicta a la adrenalina del ejercicio.

No tengo mucho tiempo (apenas mes y medio) pero ya empiezo a notar cambios. El primero y más evidente fue un terrible dolor muscular las primeras dos semanas. Pocas veces había sentido tanto dolor en los músculos. Me sentía lisiado, caminando despacio, vistiéndome con lentitud, ayudando un brazo al otro para moverse, maldiciendo mentalmente las escaleras o pisos irregulares que me hicieran mover más de la cuenta las piernas. Durante esas dos primeras semanas me preguntaba si esa sensación me acompañaría siempre. Quizás el gym no era para mí, pensaba. Pero el dolor fue disminuyendo, el cuerpo se fue acostumbrando y empezó a entender la función de las máquinas, las pesas. Conocí músculos que ni sabía que tenía. Me dolían zonas inexploradas de los muslos, de la espalda, de los brazos. Era un descubrimiento de mi cuerpo a través de dolor.

Empecé a tener también un hambre voraz. Los que me conocen saben que como bastante pero ahora con el gym el hambre es superlativa, me invaden unas ganas tremendas de comer en cantidades industriales. Luego entendí que era algo normal, sobre todo considerando que también he hecho un cambio en mi alimentación. He reducido la ingesta de azúcar, volví a eliminar las gaseosas de mi vida y ceno muy muy ligero. De modo que el hambre se concentra sobre todo en las mañanas y en las tardes, para lo cual preparo mi arsenal con yogurt sin azúcar, stevia, leche de almendras, pan integral, jamón de pavo, entre otras cosas.

Luego comencé a experimentar otro fenómeno que ya había escuchado de amigos deportistas o que se ejercitan. Los días que por alguna razón no puedo ir al gym, me da un terrible cargo de conciencia. Pienso que mi cuerpo se acostumbrará a la calma, que los músculos se regodearán en la pereza y al menos trato de hacer cardio en casa como premio consuelo. No me había pasado nada de esto ni con yoga o con los otros ejercicios que había practicado antes. La culpa por no ejercitarme empieza a jugarme en contra y también la satisfacción cuando he cumplido mi rutina planteada.

IMG_5766Por primera vez en la vida me compré una balanza. Nunca me había importado saber cuánto pesaba. Me bastaba con lo que me dijera el espejo pero con el ejercicio surgió la necesidad de llevar una especie de registro de lo que pasaba con mi cuerpo. Y la balanza apareció ante mí como una posibilidad de diario sobre mis kilogramos perdidos o ganados. Paralelo a esto surgió también la necesidad de registrar en fotos parte del proceso y publicarlas en mi cuenta de Instagram. No lo hago por una cuestión exhibicionista sino a modo de bitácora, quiero ver mi paso a paso, ver a lo largo del tiempo qué pasa conmigo en esta nueva fase. Siempre habrá alguno que otro amigo sufridor que haga algún comentario «bromeando» por los fotos en el gym. En realidad veo mi cuenta de Instagram como una bitácora muy personal de lo que me gusta y hago, así que ni siquiera tomo en cuenta los comentarios aparentemente bromistas. Sigo en lo mío, registrando el proceso, para recordarlo, guardarlo y no confiando únicamente en mi memoria frágil.

No sé si esto del gym se volverá un hábito vitalicio o será sólo una temporada, de todas formas estoy disfrutando del proceso, ganando resistencia física y viendo cómo mi cuerpo se va superando en el ejercicio. Ya para mí hay un saldo positivo hasta ahora.

Retomando entrenamiento

Junio empieza bien. Además del desafío de 21 días que estoy realizando desde ayer en Instagram, hoy retomé mi entrenamiento actoral, que consiste básicamente en una serie de ejercicios para estirar columna, varios asanas de yoga y juegos escénicos. Dicho así suena simple pero en realidad el entrenamiento es intenso aunque luego se siente un enorme alivio, con el cuerpo relajado y la mente despejada.

EISnxEgiMe costó mucho al inicio empezar el entrenamiento pero la guía de mi gran amiga Itzel Cuevas facilitó mucho que vaya entregándome al trabajo. Es fundamental la confianza y a lo largo de todos estos años que nos conocemos hemos desarrollado una amistad férrea, de apoyo constante. Me gusta su dinámica de trabajo y su compromiso a la hora de enseñar, de realizar sus observaciones. Con ella he aprendido a ser más consciente de mi propio cuerpo, algo que podría parecer una obviedad pero en la vida diaria pocas veces reparamos en nuestro cuerpo. Lo llevamos porque nos toca y muchas veces ni siquiera escuchamos los síntomas que manifiesta. Entrenarme con Itzel es una posibilidad de dialogar con mi cuerpo, ver qué necesita, dónde le hace falta movimiento, dónde duele, por qué y las posibles soluciones a través del estiramiento y la respiración.

El entrenamiento de hoy me dejó más despejado, clarificado. Más cansado también pero con una sensación de tranquilidad que me permite escribir estas líneas sin prisa. Seguro hoy dormiré con mayor satisfacción.