Siempre amé los finales, aunque más amo la sensación de vértigo que me produce la cercanía del fin. El desenlace como tal es vacío, hueco, insípido. Es un momento sin piso en el que a veces hay música y con suerte, la cámara sube.
Soy egoísta con los finales. Me los guardo para mí, no los comparto, me agrada saber que yo conozco el final y decido si quiero o no transitarlo. Algunos los repito en reversa no quedarme con esa de sensación de abismo. Hago mi propia edición del final, mezclando escenas de diferentes momentos. En unos de esos finales, la pareja queda junta, nadie muere o por el contrario, algunos personajes desaparecen sin explicación. Juego a editar desde mi cabeza historias que conozco bien, terminan muchas veces mal.

Hoy amanecí con una sensación de final (¿de algún ciclo de vida?), con sabor a chocolate caliente en los labios durante el último sorbo antes de terminarlo. Amanecí con la emoción de querer darle play a la escena final, preparando el cuerpo, el espíritu, para el momento decisivo que cierra algo (no sé bien qué sería). Cierro las cortinas para que ninguna luz externa atenúe la sombra de los personajes y ahí, justo ahí, en el minuto previo al final, decido suspender la cuenta regresiva. Me distraigo en las redes, recuerdo tareas pendientes y decido no seguir dando play hacia el final. «En otro momento, cuando esté más preparado». «Mañana mejor, que así tendré tiempo para quedarme pensando unos minutos en el final sin tener ninguno compromiso después». «Me siento un poco down ahora, mejor más tarde, mañana o cuando esté muy feliz».
Me engaño así con frases diletantes para evitar el momento final, como cuando sales con alguien y te das cuenta que no va a funcionar, que no tiene sentido seguir remando la charla y sin embargo sigues ahí, esperando que alguna chispa mágica se encienda y postergue el final. Como cuando intentas reanimar a la gente en una fiesta que ya sabes que dio lo que tenía que dar y la música turra de esa hora imposible se convierte en el mejor soporífero. Como cuando divagas en la mitad de un examen y ya sabes que no habrá ningún milagro que te haga recordar los textos que apenas si lograste leer. Mi momento postergado es siempre el final, evadiendo esos últimos fotogramas que marcan el punto cero de la trama. ¿Empezar de nuevo? ¿Otra historia? ¿La misma?
Para tales efectos, prefiero tener varias tramas simultáneas de modo que cuando sea el inexorable final de alguna, no tenga que empezar de cero con una nueva.



Del martes al jueves de esta semana un buen grupo de docentes de la UCG estuvimos reflexionando junto a la Dra. Paula Carlino sobre los procesos de aprendizaje en las facultades, específicamente en el campo de la lectura y la escritura académica. ¿Cuántos estudiantes leen? ¿Cómo escriben los estudiantes? ¿Cómo califica el profesor un ensayo? ¿Qué dificultades tiene un estudiante al escribir un texto académico argumentativo? Varias de estas interrogantes rondaron los tres días de capacitación. Previamente habíamos leído algunos textos de Carlino y otros autores preocupados por este campo específico de la educación. Descubrí con sorpresa la inversión que hacen las universidades anglosajonas para crear Centers of Writing, departamentos con tutores dedicados a ayudar a los estudiantes para mejorar sus ensayos académicos.
De la charla entre Amanda y David, aparece la siguiente historia que es la más importante: El encuentro de Amanda y su hija Nina con Carla y su hijo David, en el campo, muy lejos de los centros urbanos. El paisaje de cultivos de soja, las grandes extensiones de tierras, las casas solitarias se apoderan de las páginas de esta novela, donde la vida rural no se ve como aquel paraíso al que muchos ven como escape de las grandes ciudades. El campo de Schweblin es desolador, asfixiante y manipulado por terratenientes sin rostro. En este escenario la autora habla de la maternidad, en esa distancia de rescate a la que Amanda denomina como el espacio que la separa de su hija en cualquier circunstancia. El gran terror del personaje es que esa distancia de rescate se rompa alguna vez y con ese miedo, toma siempre medidas desesperadas.
colores. Grises, azules, rojos, circulares, angostos, gordos. Trató de guardar los que más pudo. Dobló algunos, acostó otros, colocó en diagonal otros tantos. A momentos surgía en su cabeza uno que otro libro que no podía abandonar y en ese juego de sacar y poner, avanzó la tarde.


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