Historias de San Francisco #3

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San Francisco tiene un rostro oscuro, como lo tienen las grandes ciudades. Es una ciudad de tecnología, de dinero, de casas victorianas con habitantes rebeldes, militantes, artistas. Pero esa misma libertad muestra su otro lado en barrios como Temberloin y las zonas aledañas al Union Square, donde decenas de vagabundos merodean y duermen donde caiga la noche. No son vagabundos que piden dinero, ellos están en “otro trip”. Hablan solos, gritan para un otro que no está, se golpean, tienen movimientos involuntarios en el cuerpo, escarban en la basura.

Los transeúntes circulan ensimismados en sus problemas existenciales de una clase acomodada ignorando la otra cara del capitalismo extremo en estos hombres y mujeres consumidos por las drogas. Esa mañana entré a un Starbucks y me sorprendió encontrarme con una mujer negra adicta tirada en el piso junto a la puerta al interior del café. Gritaba a la nada con vómito a su alrededor. A pesar de los gritos, la indiferencia de los clientes y de los cajeros era espeluznante. Todos actuaban como si no pasara nada. Dos chicos gays se tocaban las manos embelesados en el amor posible de San Francisco, una señora cincuentona leía el diario sumergida en las noticias internacionales, un señor blanco caucásico de mediana edad tomaba su café caliente mirando hacia la calle y un adolescente pelirrojo enchufado a la música con sus auriculares trabajaba en su portátil. Sólo un señor ya de tercera edad, de la misma etnia de la mujer que gritaba dirigió una mirada para ella y balanceó su cabeza mientras regresaba a la lectura de una revista. Yo esperaba, alterado, por mi café, frente a las bromas dignas de la serie Friends que se hacían los dependientes del Starbucks. Quería preguntarle a toda la gente que estaba ahí por qué no hacían algo, por qué al menos no la miraban, no sé, algo. Más allá de la responsabilidad que cada uno tiene sobre sus propios actos, existe el sentido de humanidad y creo que cuando dejamos de sorprendernos, pasamos a ser unos entes fríos, sin sangre en las venas. Una vez que me dieron mi café, dos policías gigantes (como los que se ven en las pelis) agarraron a la mujer, cada uno de un brazo y ella como muñeca de trapo flotó en el aire unos cuantos segundos. Mientras gritaba, parecía una marioneta en manos de esos policías colorados.

Luego una mujer policía se encargó de recoger la mochila de la mujer negra y la arrojó afuera del Starbucks. Los dos policías hicieron lo mismo con la mujer quien quedó sentada en la vereda, todavía alterada dando gritos. El señor afroamericano de tercera edad fue el único que observó los acontecimientos con una mezcla de rabia y de pena. Luego del incidente, el hombre fue al baño y al salir, cuando pasó cerca de mí, lo único que atiné a preguntarle fue: “¿Esto es común en San Francisco?”. Me dijo que lamentablemente es cada vez más común, que muchos de los homeless de San Francisco no son originarios de ahí sino que vienen de ciudades pequeñas. En San Francisco encuentran muchas facilidades para drogarse y luego terminan en situación de calle. Por lo que había podido darme cuenta hasta ese momento y que luego seguí confirmando en los días posteriores que estuve allá, es que había todo tipo de homeless. Jóvenes, viejos, hombres, mujeres, negros, blancos, asiáticos. No presencié ningún ataque de los homeless hacia el resto de transeúntes. Todo su rollo era con ellos mismos, sus diálogos incoherentes, los insultos, los golpes. 

Historias de San Francisco #2

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Esto fue en Yerba Buena Gardens. Yerba Buena es uno de los centros culturales más importantes de San Francisco. Fui el domingo a eso de las 9 am y como no había actividades todavía, decidí recorrer los jardines. Me encontré con esta caída de agua en la que por detrás había una exposición de frases pronunciadas por Martin Luther King, con traducción en muchos idiomas. Yo esperaba mi entrada al Museo de Arte Moderno de San Francisco que abría a las 10 am. La visita al museo era el espacio que además necesitaba para que me reubicaran de habitación en el hotel, luego de haber tenido problemas de ruido constantes de las paredes durante la noche. Decidí grabar el sonido para que en recepción no me tomaran por loco. La recepcionista de turno, Mary, una norteamericana rubia, gorda y de voz muy aguda estaba sorprendida y avergonzada por lo sucedido. Enseguida me prometió que hablaría con el gerente para autorizar mi cambio a otra habitación. Me dijo que recorriera la ciudad y que a mi regreso a la hora que fuera me daría la tarjeta de mi nueva habitación. De todas formas tenía pensado volver al hotel, como una parada antes de ir a Japantown.

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IMG_4465A mi regreso del hotel, Mary desplegó una sonrisa y dijo que me habían asignado una habitación en el quinto piso y que podía ir a la cafetería del hotel mientras terminaban la limpieza de la habitación. Aproveché para escribir un poco sobre las primeras impresiones de la ciudad. Las releo días después e identifico mi “síndrome de primer día”, en la que siempre me arrepiento del viaje. Luego Mary me anunció que la habitación estaba lista. Intenté agarrar mi maleta pero Mary dijo que la llevaría ella. Su poder de decisión me hizo no querer contrariarla, de modo que subí al ascensor con ella pero era Mary quien tenía la custodia de mi maleta. Al entrar a la habitación me hizo un tour rápido por la misma y me dijo señalando un estante en la parte superior de la habitación: Acá tienes varios libros si quieres leer. Fue ahí que caí en la cuenta de que le había dejado un bolso con varios libros para que me lo tuviera en recepción. Seguramente se dio cuenta de mi predilección por los libros. 

Historias de San Francisco #1

IMG_4444Esta fue la primera imagen que me regaló San Francisco, a la salida de la estación de Powell Street. Tenía pocas horas de sueño, los ojos enrojecidos pero la ansiedad de hacer el check in en el hotel y salir a conocer los alrededores del Union Square, lugar que ya había explorado por el Google Maps. Me gusta leer esos nombres de calles que me resultan extraños y ajenos desde el celular, para luego apropiármelos cuando los atravieso físicamente.

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Al salir de Powell Street, me encontré con el Cable Car (tranvía). Seguí mi camino por Powell hasta Geary. Escuché varios idiomas y vi gente de diferentes etnias, como también muchos vagabundos drogadictos, con colchones enrollados en sus mochilas remendadas. Así como en Miami o New York, las grandes tiendas de ropa estaban presentes con sus vitrinas brillantes de seducción con falsas ofertas. Aun en ese momento no sabía que estaba en la ciudad más cara de Estados Unidos. 

Hice el check in en el hotel, acomodé mis cosas, me di una ducha y salí hacia Union Square. Ya era de noche y había una leve llovizna. La iluminación mortecina de la plaza le daba a ese sector emblemático de la ciudad, una sensación de novedad y misterio. Saqué algunas fotos antes de irme a Apple Store. 

Saudade de Domingo #111: La lengua que me acoge

En estos últimos meses de introspección y reflexión, han aparecido amigos, situaciones que funcionan como una suerte de espejo. Me permiten «ver» aquello que debo mejorar en mí, cuestionar creencias, trazar nuevos destinos. Claramente no es un proceso fácil, hay mucha ansiedad, sensación de vértigo. A momentos podría decir que no tengo ninguna certeza a pesar de que quizás proyecte una imagen de solidez y decisión. Sin embargo, debo decir que de cierta forma me gusta lo que estoy transitando. Siento que es el camino a algo, el trayecto a ser alguien con madurez. Y en medio de toda esta crisis treintañera me sorprendo, muchas veces, pensando en portugués.

No es algo que me lo propongo, simplemente fluye. No me doy cuenta cuando ya estoy pensando en portugués, haciéndome preguntas en portugués, barajando decisiones en portugués. Como si la lengua portuguesa fuera «meu porto seguro», mi lugar de calidez. En esta época también busco inconscientemente música brasileña, fragmentos de producciones brasileñas, lecturas en portugués. En medio de la crisis, quiero a tener al portugués muy cerca, como si el idioma, sus palabras, su fonética pudieran hacerme el camino más ligero.

Hablo otras lenguas también pero quizás el portugués sea la lengua con la que más recuerdos tengo. Ya he mencionado en otros posts mi amor hacia el portugués. Este idioma me abrió un nuevo universo, me ha acompañado miles de horas de música, de lecturas, de películas, de novelas y a lo largo de la vida, me ha dado muchos amigos brasileños. Estudié portugués en la adolescencia con las mismas ansias con la que un chico buscaría salir a fiestas. Dediqué cientos de horas leyendo textos. Estudié portugués en la época del internet jurásico, de modo que no existían aplicaciones como Duolingo ni vídeos de YouTube ni mucho menos Italki para aprender más sobre un idioma. Me tocaba meterme en las escasas secciones de idiomas de las librerías de mi ciudad, rogar que hubiera algo en portugués, así como cuando iba a la tienda de discos y por casualidad encontraba un disco de Caetano, Simone o la banda sonora de una telenovela de Globo. Así, a retazos y con esfuerzos fui construyendo un yo en portugués. Fueron años divertidos en los que mis compañeros de clases me pedían que les dijera frases en portugués y algunos de ellos se entusiasmaban repitiéndolas hasta que lograban decirlas de forma fluida.

Luego vinieron otros idiomas, a los que también les he dedicado muchas horas y que me han abierto otros caminos. En ese ínterin el portugués siempre estuvo presente, aunque en un segundo plano. Y ahora, a las puertas de los 33 años, el portugués se me presenta como una posibilidad, como si el idioma quisiera hacerme la vida más fácil. Como si la saudade me recordara que ella es mucho más amplia que la nostalgia, que ella (la saudade) puede asfixiar a momentos pero también es un canto de alegría y de impulso para seguir adelante.

Pienso ahora en Fernando Pessoa y en ese texto hermoso «A minha pátria é a língua portuguesa», en la que hace una declaración de amor a su propio idioma. Me da gusto pensar que la lengua portuguesa, esa lengua que acoge mis pensamientos por ahora, es mi patria también.

Saudade de Domingo #110: La vida empieza (o termina) en el Golden Gate

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Viajar siempre me pone en un estado febril horas antes. Me pregunto, me anticipo. 

Soy otro yo cuando viajo, más sensible, más predispuesto al vacío, más errático quizás, con mucha sed de aprender. Puedo llegar a sentirme superpoderoso, capaz de hacer lo que se me cante. No tengo limitaciones, es mi sombra jungiana la que toma las riendas de los recorridos.

Suelo llorar mucho en los viajes. Desde que me subo al avión, cuando las turbinas suenan y la ciudad se vuelve una alfombra. Me acompañan los personajes que escribo, las películas, las series que he visto, las personas cercanas que admiro. No es un llanto de tristeza, sino de alegría y euforia. Mi padre diría que al viajar estoy solo contra el mundo. Yo más bien diría que estoy solo con el mundo, pues en todos mis viajes he tenido la suerte de encontrarme con gente que me hace el camino más agradable.

Para cada viaje, siempre termino eligiendo una canción que repito de forma compulsiva, como si volviera un himno de ese recorrido. Lejos de cansarme la misma melodía, se me vuelve adictiva, necesito escucharla para impregnarme más de lo que veo, de lo que siento mientras camino. A momentos puedo sorprenderme con los ojos llenos de lágrimas invadidos por la música, por el paisaje, por las imágenes que vienen a mi cabeza y que se transforman, eventualmente, en historias para escribir.

Cada viaje me pone también muy reflexivo, encuentro respuestas a preguntas que no sabía como formular, también descarto las respuestas que de alguna manera ya superé. También me pasa de volver a preguntas que creía superadas. Estas duelen mucho, porque me da la sensación de que no aprendo y de que la vida me vuelve a poner las lecciones al frente.

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En este viaje a San Francisco tuve una mezcla de sentimientos muy extraños. Como siempre me pasa el primer día, odio la aventura, me arrepiento de viajar, quisiera mandar todo el carajo y regresar a mi ciudad. Luego el segundo día es mejor y de ahí en adelante me como la ciudad literalmente. Cada esquina, cada calle, cada rostro se vuelve un territorio para descubrir. 

En San Francisco hice uno de los recorridos más importantes hasta ahora en mi vida de viajero. Me tomé el tranvía en Union Square y me bajé en Lombard Street. Saqué algunas fotos, caminé por esas pendientes caprichosas y de ahí me lancé a caminar hasta el Golden Gate. Google Maps calculaba para mí una hora y cuarenta de camino. Era un recorrido largo, hacía frío, había amenaza de lluvia, pero me lancé. Había caminado ya el Brooklyn Bridge en New York, así que decidí equilibrar el juego con San Francisco.

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Llegué casi por accidente al Parque Histórico Nacional Marítimo de San Francisco, con las embarcaciones del siglo XIX de fondo. Algunos arriesgados nadaban en esas aguas pacíficas y heladas, mientras que otros preferían trotar con auriculares. Me llené de ese aire salino frío del invierno húmedo de California. Pensé en la loca generación beat, en sus recitales, en su rebeldía, en esas creaciones atropelladas llenas de desacato, caliente, de estados alterados. Estaba en California, la tierra del arte, de las batallas, de la lucha por los derechos civiles y ahora la tierra de la tecnología. En los viajes, así como suelo llorar mucho, me obsesiono con mi extranjería. En Estados Unidos, por ejemplo pareciera que me esfuerzo en hablar el inglés con mucho acento latino. Se establece en mí una dialéctica entre el amor que tengo por la aventura, pero al mismo quisiera resguardarme de esos “otros” diferentes. Sin embargo, ahí en el muelle, pensando en San Francisco, en California, me sentí en casa, con más puntos en común con sus habitantes que diferencias. 

Seguí el camino con Sale, Amore e Vento, de Tiromancino. Esa melodía italiana, nostálgica y enérgica que Federico Zampaglione escribió de un solo tirón luego de haberse soñado a sí mismo como un narco latino enamorado de una mujer que vivía recluida en una isla. Esa canción eyaculatoria, pasional, acompañaba mis pasos por el Marina District, un sector del San Francisco residencial, geométrico, formal de una clase pudiente muy alejado a la imagen postal de la ciudad. 

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A medida que el camino avanzaba las personas iban desapareciendo hasta encontrarme dentro de un descampado a orillas del mar, en la que eventualmente pasaba algún ciclista. Me sentía agotado, sudando frío pero también estaba la canción, los mensajes que me enviaba con algunos amigos y el deseo de atravesar el Golden Gate. Cualquier cansancio era nimio frente a la fuerza que de pronto parecía salir dentro de mí, a pesar de la poca confianza que me tengo muchas veces.

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12En ese camino largo tuve tiempo suficiente para pensar en lo que quiero de mí en los próximos años. Era enfrentarse a ese demonio cuestionador que me recuerda que este año cumplo 33, que me hace pensar si estoy contento con la vida que llevo, que si no es hora de encontrar a alguien y formar una vida en conjunto o quizás tomar la aventura de viajar hacia algo más extenso e intenso. Lejos de ser un encuentro doloroso como siempre pensaba y que evadía en la tranquilidad de mi ciudad y de mi trabajo, mirar ese demonio-espejo, fue la posibilidad de mirar de frente ese monstruo que suelo ser. La reflexión se hacía más llevadera con ese cielo gris de San Francisco, con la calma de la naturaleza, el vaivén del mar que rozaba la orilla y las fotos que iba tomando a manera de testimonio mudo de la experiencia. 

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Cuando llegué finalmente al Golden Gate, algunas preguntas estaban respondidas. Las respuestas (decisiones) me daban y me dan miedo, pero al entrar al Golden Gate, insuflado por la fortaleza de esa mole de hierro que desafía cualquier desastre natural, me sentí protegido y que cualquier cosa que decidiera iba a estar bien. De pronto no me dolían las piernas, no me sentía cansado. Además hice las respectivas fotos y selfies para capturar el momento, ya que divertirme conmigo es también parte de la aventura. No recuerdo exactamente cuánto tiempo me tomó atravesar el puente. Estaba más emocionado por la música, el mar debajo de mí, el esperpento naranja que se alzaba encima mío y sobre todo, por mi lugar en el mundo. 

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Al emprender el regreso por el puente, me detuve a la mitad a contemplar la isla de Alcatraz y a San Francisco, ecléctica, rebelde, al fondo. A pesar de los turistas que como yo cruzaban el camino, me sentí conectado en soledad con esa naturaleza plomiza invernal. Hice un pacto con el Golden Gate. Con el corazón ardiente (siempre quise usar ese adjetivo), dejé a la suerte, al destino, a la nada, lo que tenga que suceder. Yo ya tengo algunas respuestas así que debería poder detectar las señales y cuando aparezca lo que fuera, sé bien lo que tengo que hacer (ojalá).

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Por alguna razón El Golden Gate (y su trayecto) le ha dado un punto de giro al guion de mi vida hasta ahora. Pienso en mis clases de estructura dramática en la que el personaje luego de un punto de giro experimenta un cambio y también crisis. Me reconozco en ese momento de crisis, pienso en los 33 que cumpliré en menos de un mes y en lo que espero hacer en mi propia película de vida. También recuerdo que en mis clases de estructura dramática le digo a los estudiantes que las crisis llegan a un punto álgido para luego resolver la historia. Me proyecto hacia ese punto en el que haya sido superado lo que tengo que aprender ahora y mientras tanto, recuerdo mi paso por el Golden Gate, amable y protector que me permitió atravesar el umbral hacia un nuevo camino. 

Saudade de Domingo #109: La familia literaria

Hace unos días leí una larga entrevista telefónica que le hizo Liliana Villanueva al escritor Abelardo Castillo, a propósito de su libro sobre maestros de talleres literarios. En un parte de aquella entrevista, quizás una de las más me llamó la atención, estaba la idea que Castillo llama “la familia literaria”. Para él, esta familia consta de aquellos libros que cada autor siente como esenciales para su desarrollo como escritor. Castillo recomienda leer las autobiografías, los diarios de los autores con los que uno siente un diálogo constante para encontrar en ellos cuáles son esos libros que ellos admiran y citan con regularidad. De esa manera, según Castillo, se crea una familia espiritual que probablemente inició con un “padre” o “abuelo” espiritual para luego encontrarse con una parentela literaria que puede ir creciendo -o modificándose- a lo largo del tiempo.

IMG_2990Castillo me ha hecho pensar en mi propia familia literaria, idea sobre la que nunca había reparado ni se me habría ocurrido posible. Es decir, sé a grandes rasgos qué autores y autoras son los que me movilizan pero nunca los vi como “una familia”. De pronto esta idea me parece tierna y pertinente. Me hace recordar que durante mis años de adolescente, sin duda alguna mi padre literario fue García Márquez. Leí toda su obra narrativa, además de su autobiografía Vivir para contarla y los libros que compilan sus textos periodísticos. Era inevitable al leer a García Márquez no pensar en Kafka y en Faulkner, autores que el colombiano consideraba imprescindibles para su propia formación. De hecho, entré a Kafka y Faulkner por García Márquez. La lectura de La Metamorfosis o de Días de agosto, fue fundamental para pensar en esa línea difusa de realismo y fantasía, en el que era narrable cualquier universo posible.

En la misma adolescencia y en los primeros años de la facultad, leí mucho literatura clásica, textos teatrales, pero quien tomó la posta de García Márquez en cuanto a la paternidad literaria fue Roberto Bolaño. A Bolaño no llegué por ningún libro sino por un dramaturgo ecuatoriano, quien declaraba con toda seguridad, que Cortázar estaba sobrevalorado y que quien merecía todos los laureles del mundo era Bolaño. Desde entonces, retuve su nombre en la cabeza hasta que encontré Detectives Salvajes, en una librería de Guayaquil. Luego, no hubo vuelta atrás. Leí todo cuanto pude de Bolaño, incluyendo su obra poética, que en ese entonces, no logré entender.

En los últimos dos años debo decir que me he volcado (sin proponérmelo) hacia la literatura escrita por mujeres. Ahora mis madres y tías literarias son Clarice Lispector, Samanta Schweblin, Mariana Enríquez, María Negroni, Marília Garcia. De ellas he aprendido un nuevo manejo del lenguaje, una capacidad microscópica para ver realidades. Son autoras que se mueven en el terror cotidiano, en la angustia que genera la calma del vacío. Ellas también me han llevado a otros autores como Stephen King, quizás uno de los padres literarios de Enríquez, quien asegura que el autor norteamericano es mucho más que un autor “comercial”. Asimismo entré en Pizarnik gracias a María Negroni. Además de tener el honor de haber sido alumno de Negroni, en clases nos transmitió su pasión y devoción por la obra poética y narrativa de Pizarnik. Siempre vi la poesía como algo sublime a la que no podía tener acceso, pero con Negroni,  ese salvoconducto me llevó a conocer además a Nicanor Parra, Emily Dickinson, Sylvia Plath, William Carlos Williams.

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Como propósito de este año, he decidido leer durante los primeros meses, una serie de libros escritos por autores que he leído poco o nada. Elegí a algunos de ellos por recomendación de conocidos, otros por otros familiares literarios y alguno que otro por instinto. No sé si estos autores y autoras nuevos se volverán parte de mi familia, pero creo que vale la pena intentar conocer otros “primos” posibles. 

Para los que quieran leer la entrevista completa de Villanueva a Castillo y otras que realizó a otros maestros de talleres, les dejo por acá el link.

Claire y Amélie Nothomb en París

Era mi segundo día en París. La ciudad se vestía de un color ámbar con nubarrones dispersos, por lo que parisinos no perdieron la oportunidad de lanzarse a las plazas y recibir un poco de sol. Claire, mi gran amiga de la época universitaria, me explicó que cuando se asomaba aunque fuera un rayo de sol en París, el espíritu colectivo cambiaba. Todos repentinamente eran felices, las amistades se reforzaban, el amor se volvía posible y los largos paseos parecían tener la misma duración desde cualquier punto de la ciudad. No nos sentamos sobre el pasto de ninguna plaza (aunque lo hubiera querido) pero sí recorrimos algunos puntos tal como lo habíamos planificado. Estuvimos en la casa de Víctor Hugo, almorzamos en un pequeño restaurante de Le Marais, nos introducimos en la catedral de Notre Dame. Nos tomamos las fotos respectivas que subimos enseguida a las redes, a la espera de likes. Claro, no se viaja igual si no estás acompañado de comentarios de admiración o de recomendaciones en Facebook o Instagram. 

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Una vez que cruzamos el Pont Saint Michel se podría decir que empezó, sin haberlo buscado, una nueva etapa de lector para mí. Me encontré con la librería Gibert Jeune. Su característico amarillo intenso era una sorpresa dentro de la paleta de colores de París que prefería los colores tierra en contraste con los rojos. Pronto me sumergí en los estantes de libros en rebaja que se ubicaban a la entrada de la librería. Claire era una lectora asidua. Habíamos comentado varios libros en diferentes momentos durante la universidad pero nunca habíamos visitado una librería juntos. Me alegré de tener en ese instante la oportunidad de re-conocernos entre libros. Yo hasta ese momento no sabía que Gibert Jeune era una librería que tenía más de cien años de existencia y que además compartía el mismo origen con otra, Gibert Joseph. Claire me explicó un poco de la historia de cómo se dividieron los dueños, de las diferentes sucursales de Gibert Jeune (casi todas en la zona de Saint Michel) y sus eventuales compras de libros de arte en esa misma tienda, cuando aun cursaba en el Intuit Lab. 

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Ya en el interior, la librería se abría como una casa majestuosa de diferentes pasillos y con gente circulando con varios libros y niños de la mano. Los dependientes de la tienda ofrecían su ayuda a varios clientes desorientados y algunos otros acomodaban los libros que por descuido o pereza, ciertos visitantes colocaban donde mejor podían, en un intento por deshacerse de aquello que ya no querían leer. Algo en su ambiente me recordó a la Strand de Nueva York, por lo que me sentí un poco en casa. IMG_2949Esa primera planta estaba destinada a útiles escolares, stationery y herramientas de arte. Me alegré al
encontrarme con un letrero grande que indicaba la distribución de los libros en todo ese caserón. Sin pensarlo fui al segundo piso, donde se encontraban todos los de literatura. Claire seguía mis pasos con curiosidad. Supongo que le intrigaba saber qué libros escogería. Por unos breves segundos, mientras sentía la mirada entusiasta de Claire, pensé en la responsabilidad que tenía al escoger un primer libro. Decidí jugar a lo seguro y saqué de la estantería L’étranger de Camus. Claire sonrió y me dijo que Camus fue un autor clave para ella en sus primeros años en París, cuando todavía se sentía ajena y orgullosa de su corazón mediterráneo. Le comenté que había leído poco de Camus y más de Sartre. Ella respondió que había leído poco de Sartre y más de Simone de Beauvoir. La breve charla se interrumpió por un mensaje que Claire recibió de su hermana. Yo volví a los libros, me encanté mirando las portadas, recorriendo las páginas de libros de literatura francesa como si los descubriera de nuevo, ahora en su lengua original. A mi alrededor la gente entraba y salía, escuchaba retazos de conversación en las que alguien recomendaba o defenestraba a un autor. Otros, más jóvenes, se sentaban en el piso con audífonos a leer mientras otros como yo, preferían leer de pie, frente a las estanterías. 

Luego del mensaje, Claire recorrió por su cuenta varios estantes. La soledad es buena compañía en pocas dosis cuando se entra a una librería. Yo por mi parte, ya tenía entre manos varios libros que decidí comprar, aunque confieso que la elección estuvo mediada por dos variables: el peso ligero del libro (para no pasarme de lo permitido en la maleta) y el interés que me despertaba el autor. Minutos después apareció Claire con un libro en IMG_2961mano. Debes leerla, me dijo mientras me mostraba la portada de un libro en la que una mujer muy blanca, despeinada y de labios rojos miraba fijamente al lector potencial. Era una suerte de vampiresa moderna cuyo nombre ya había escuchado aunque nunca la había visto: Amélie Nothomb. Recordé haber leído una entrevista que le hicieron alguna vez en el diario El País y recordé también haber tenido la sensación de querer leerla. 

Mientras leía la contraportada, Claire desapareció unos segundos para traerme otros libros de Nothomb: Hygiène de l’assassin, Le sabotage amoureux y Les Catilinaires. Los tres libros eran de la editorial Albin Michel, con la que Nothomb tiene contrato de hace muchos años. Los tres eran livres d’occasion, como se denomina en francés a los libros de segunda mano. Aunque Claire es tranquila y analítica, su alma de diseñadora transgresora se manifiesta en sus lecturas. El universo tragicómico de Nothomb le atrae y casi con orgullo, dice haber leído todas sus novelas publicadas. Por ella supe que Nothomb había vivido gran parte de su vida en Japón y que de alguna manera varias de sus novelas se remiten a esa experiencia, especialmente en Stupeur et Tremblements, que fue el primer libro que me mostró. Ante su entusiasmo, me sentí en la responsabilidad de leerla. No quería desairar a Claire devolviéndole los libros con una sonrisa mientras le decía que ya había elegido mis libros. De modo que me tocó negociar entre Camus, Céline, Reza y Le Clézio para convenir quién se iba conmigo y quién se quedaba en el estante. Por cada libro que dejara, entraría uno de Nothomb. Así fue como abandoné Voyage au bout de la tuit de Céline y Théâtre de Reza y entró Stupeur er Tremblements y Hygiène de l’assassin. Me propuse empezar a leer el primer libro ni bien llegara al departamento de Claire. Quería conocer cómo Nothomb había logrado insertarse como mujer occidental en una empresa japonesa, cómo una belga de habla francesa tan irreverente se insertó en el mundo laboral nipón donde la jerarquía tiene un peso omnipotente. Delante de Claire leí algunos párrafos y sentí que sería amigo de Nothomb. 

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Luego, entusiamada, me hizo leer el inicio de Hygiène de l’assassin, en el que un escritor octogenario, Premio Nobel de Literatura al que le quedaban dos meses de vida, era asediado por periodistas de diferentes partes del mundo en busca de una última entrevista. El escritor había ordenado a su secretaria que hiciera una estricta selección de ese único periodista siguiendo entre otros criterios, que no fuera de lengua extranjera, que no fuera negro, que no fuera de ninguna revista femenina o de algún canal de televisión. La escritura de Nothomb fluía en mí como si fuera música, aunque no soy un francoparlante nativo. Las eventuales palabras desconocidas las deducía por contexto y seguía en la lectura mientras Claire me escuchaba.img_2963.jpg No estaba muy seguro de mi francés pero Claire decía que estaba muy bien y me miraba como si me diera permiso de seguir con la lectura. De repente, me sentía en una clase de idioma del colegio con los ojos esmeralda de Claire, muy abiertos, muy expectantes, como si sintiera que se acercaba algo importante dentro de la novela. Sudé un poco por el compromiso que me puso Claire en ese momento pero también por esa pequeña escena que teníamos en medio de las personas que circulaban en una librería amarilla de la plaza de Saint Michel. La situación me resultaba digna de Nothomb. Terminé las dos primeras páginas y ya sentía que detestaba al escritor anciano. No te imaginas lo que vendrá, me dice Claire con una leve sonrisa como quien guarda un lindo secreto.

La lectura de Nothomb me dejaron un poco alterado. Las palabras retumbaban en la cabeza, así que mientras estábamos en la fila para pagar, no dudé en volver a la lectura. Claire, muy cerca mío, lee conmigo. A los pocos segundos, respirábamos al unísono, con la armonía de un reloj de pedestal. El sonido suave de su respiración me hizo sonreír y ella como respuesta, sonrió también. No supimos en qué momento pasamos de la sonrisa a la risa amplia, en medio de la fila con parisinos callados que se encontraban entre su pantalla de celular y el libro que iban a comprar. Claire era ahora una Nothomb y yo tenía el privilegio de estar con ella. Toqué una de sus manos (no recuerdo cuál) y entrelazada con la mía llegamos a la caja. A la salida de librería, respirando el invierno de París, caminamos por el boulevard Saint Michel y ya en el Jardin de Luxembourg, saqué Stupeur et Tremblements. Leímos a dos voces, casi en susurro, las primeras cinco páginas de la novela.

Regálame un libro, nada más

Intenta adivinar qué me gusta, estúdiame, revisa mis escritos, imagina qué me aceleraría la pulsión en las venas. Apuesta poco o mucho, pero sedúceme con un libro. Quiero saber que has pensado varios días, que has barajado muchos títulos para finalmente elegir uno. Ese que en tu corazón resuena, ese con el que podamos establecer un hilo rojo y recordarnos en una frase cualquiera de la página 74, 98 o 105.

Piensa delicadamente en el olor que tiene ese libro. Que sea un olor amaderado en el que pueda sumergir la nariz en medio de las páginas. Quiero identificar y guardar el perfume que ese libro me deja para que, cuando tenga nostalgia de ese «yo» que leía, pueda evocar su presencia recordando el aroma.

Elige un libro de páginas suaves pero jamás papel biblia. La delicadeza se encuentra en la distancia que hay entre el peso de las letras y la extensión completa del libro. Quiero sentir el sonido breve del recorrer las hojas y de acariciar las palabras, aquellas que intuyo leíste primero y que ahora, has seleccionado para mí.

libro regaloSorpréndeme con un libro de oraciones con incisos, de frases en cursiva en otras lenguas, de líneas irónicas que maldigan el amor y luego se reconcilien con él; que use adjetivos distantes para hablarme del llanto, de la risa, de la saudade. Un libro que no tema ser pequeño y que también esté orgulloso si decido fotografiarlo, compartirlo y ubicarlo en el altar de mis ansiedades.

Arráncalo de la estantería con firmeza pero sin prisa. Siente el ardor en tus manos imaginando ese primer momento cuando, a solas y acompañado de una luz ámbar, lo abra yo por primera vez. Sabrás seguro que lo voy a marcar, que le pondré la fecha, el lugar y las iniciales de tu nombre para que, en código secreto, pueda saber que fue el primer regalo de intimidad que decidiste obsequiarme.

Regálame un libro generoso, que me evoque otros libros y que me ayude a extender ad infinitum una cadena de historias que se preguntan y responden entre sí. De esa manera podré encontrar tu rostro matinal en una frase de final de capítulo, en un título hipotético o en la portada de un libro olvidado en la vitrina de una librería de secretos.

Saudade de Domingo #108: La lectura

He dejado este espacio por algunas semanas pero ha sido por un pequeño problema de salud. El retraerme de ciertas actividades laborales fue también la oportunidad de hacer cosas que normalmente hago de forma limitada como ver películas y sobre todo, leer. Al estar en reposo, estaba «obligado» a realizar actividades más bien pasivas que no demandaran mucho esfuerzo físico, de modo de que el ver y el leer fueron espacios importantes para mi recuperación. Sobre lo que vi, comentaré en otro post, pues ahora me gustaría centrarme en la lectura, que de alguna forma, esconde implícitamente a la escritura.

lecturaLa lectura ha sido desde mi infancia una actividad que me ha acompañado en una infinidad de momentos. Antes de dormir, al despertar, al almorzar, luego de almorzar, en el metro, en el colectivo, en el avión, en el tren, caminando (sí, aunque es medio complicado), esperando a alguien. Incluso he llegado a soñarme leyendo. Recuerdo haber leído en alguna entrevista a Borges donde decía que podía prescindir de la escritura, pero jamás de la lectura, cosa que en su momento me llamó la atención viniendo de alguien con una literatura potente pero que ahora, con el paso del tiempo, no puedo estar más que de acuerdo.

Hemingway seguramente pensaba parecido a Borges. En una entrevista la preguntaron qué debía leer un joven escritor y respondió que debía leer todo. A la pregunta de su interlocutor alegando que era imposible leerlo todo, Hemingway había replicado: «No digo lo que puede, digo lo que debe».

Los libros para mí son una especie de manto protector. Me aíslo y al mismo tiempo, me introduzco en el mundo, veo la vida pasar a través de un autor, autora que ha tamizado su cosmovisión a través de las letras. Navego en otros espacios y tiempos posibles, me desafío en la rítmica que impone su creador, subrayo las frases, pasajes que más me golpean (no hay otro verbo mejor) y luego al terminar el libro, siento la acuciosa necesidad de empezar otro camino, esto es, otro libro. Es una adicción que no cesa.

El tiempo de lectura puede ser breve o largo, aunque reconozco que soy más de breves lapsos. Me gusta disfrutar de la lectura a cuentagotas, con derecho a repetir ciertas frases en la siguiente sesión a modo de «escenas del capítulo anterior» tan de moda en las series actuales.

En esos espacios breves de lectura también incluyo los libros que no he leído en sulectura3 totalidad. Cuando voy a una librería, lo que más odio es cuando el dependiente se me acerca y me pregunta si busco algo. Sé que hace parte de su protocolo pero no quiero explicarle que no lo necesito, que lo que busco será producto de los libros que se presenten ante mí, que serán ellos quienes me escojan aun cuando muchas veces tenga una idea vaga de qué quiero leer. Usualmente sólo sonrío y saludo, suponiendo que mi no respuesta es un pedido humilde de no querer ser interrumpido en mi búsqueda literaria.

Luego de eso empieza la aventura. Recorro los estantes, saco varios libros, los ojeo, los huelo y si hay algo que me conecte, me quedo con ese libro en la mano hasta tomar una decisión final. Al salir de la librería, con uno o varios libros a la cuenta, los diferentes fragmentos leídos revolotean en mi cabeza, del mismo modo que cuando uno ve un trailer a medias y a veces quisiera saber el nombre de la película.

La lectura además de extraerme por instantes de la realidad, me resulta un combustible para mi propia escritura. García Márquez, en ocasión de un taller de guion que dictaba en San Antonio de los Baños, dijo que los escritores leíamos mucho sólo para saber cómo los otros han logrado escribir esos libros, como si se tratara de descubrir la alquimia, la magia que envuelve a la carpintería de esos textos. En cierto punto, estoy de acuerdo, pero también es verdad que muchas veces me abandono a esa magia, sin importarme cómo logró «embrujarme». Quizás esto de la magia se vuelve más evidente, cuando salto de un autor a otro y percibo inmediatamente que utiliza otra «caja de herramientas». Me ha sucedido hace poco luego de leer varios libros de Mariana Enríquez y pasar a Alan Pauls. Y de Pauls a Andrés Neuman. Comparando la escritura de los tres percibo el arsenal del que cada uno dispone y me he encontrado varias veces releyendo fragmentos en busca de «sus técnicas».

A propósito de Neuman, estoy leyendo su reciente novela Fractura. Es un trabajo de largo aliento pero no puedo parar de leerlo. La prosa con la que escribe tiene una melodía que el tiempo parece quedarse suspendido ante los acontecimientos mínimos que atraviesan la historia. Leyéndolo, me sucede algo parecido a lo que decía George Steiner: «En cada acto de lectura completo late el deseo de escribir un libro en respuesta». No es que pretenda «competir» con la novela de Neuman sino que me inspira a continuar  su trabajo, no como una segunda parte, sino como una siguiente jugada, como si fuera un tiro de esquina en el universo de la creatividad, con mi propia «caja de herramientas». Algo de eso produce la lectura de las grandes obras, ese deseo implícito de aportar con la escritura y así seguir saboreando esa telaraña de novelas y relatos que luego viven en comunión en una librería o biblioteca para elegir a sus lectores.