Saudade de Domingo #125: Los mapas de la infancia

Abro el Google Maps, escribo la dirección a la que tengo que ir. Quince minutos caminando a buen ritmo, me pronostica la aplicación. Trazo mi recorrido imaginario por calles que conozco pero que en la vista satelital lucen como venas grises que se interceptan, se cortan o siguen largos tramos en línea recta. Muchas veces me he sorprendido “jugando” con Google Maps. Elijo una ciudad que se me viene a la cabeza y la recorro, fantaseo con sus formas, con el verdor (o la ausencia) de árboles, los tejados de las casas, la aparición repentina de ríos o de playas. Juego por unos cuantos minutos como cuando en la infancia jugaba con los mapas. Con un lápiz trazaba caminos, posibles rutas para ir de una ciudad a otra, también los calcaba y me desafiaba a ubicar ciudades sin la ayuda del mapa original. 

Me parecía fascinante comparar mapas de diferentes libros. Algunos eran más planos, otros pretendían emular el relieve real de las montañas y valles. Los había también de diferentes colores y tipografías. Debo decir que todos me gustaban y ningún atlas estaba de más, todos sumaban, todos me emocionaban. Todos me hacían viajar a lugares distantes.

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Debía tener ocho años cuando mi abuela y mi tía me regalaron un atlas que editó diario El Comercio, a partir de una edición de National Geographic. Su pasta dura, imponente, de color azul y una fotografía de la Tierra, esférica, perfecta, descansando sobre un mapamundi. Lo abrí, exploré sus páginas blancas de papel couché y me encantó ver que cada país tenía una modesta descripción cultural con datos importantes como capital, ciudades importantes, idiomas, moneda. Había además varias fotos de manifestaciones culturales de cada país que me permitían hacerme una idea de cómo eran esos países.

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Otra cosa que me encantaba eran los colores de los mapas. Amaba mi atlas, con él aprendí cómo lucían las personas en Escandinavia, las monedas de los países del Medio Oriente, las impactantes imágenes de Seúl y Tokyo, lo enorme que era Australia y lo solitaria que era al interior del país. Fue uno de los regalos más hermosos que recibí en la vida y recuerdo haber dormido muchas noches junto a mi atlas. Soñaba que visitaba esos lugares, me veía como un explorador que iba tachando el mapa de cada país que  visitaba. Gracias a mi atlas, con ocho años, ya me sabía de memoria todas las capitales del mundo. 

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Además de mi atlas, que se volvió mi libro de cabecera, seguí como detective cazando mapas. Cada año pedía de regalo de navidad el Almanaque Mundial, que me brindaba vasta información de cada país con su respectivo mapa. En la escuela, en el cuarto año de primaria, incluyeron en la lista de útiles escolares, un atlas de América y del Ecuador. Fue ahí cuando me enteré que Ecuador había tenido un territorio vasto y que con el paso del tiempo, luego de varios conflictos con Colombia, Perú e incluso Brasil, quedó del tamaño que tiene actualmente. Recuerdo haberme “cabreado” pensando en cómo nos fuimos empequeñeciendo frente a los otros vecinos invasores. Ahora, obviamente, es historia superada.

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No podría precisarlo bien, pero creo que los mapas influyeron también en mi pasión por los idiomas. De cada idioma que estudiaba, me gustaba calcar los mapas de los países hablantes. Era una manera de apropiarme de esas regiones, de esas provincias. Calqué y pinté muchas veces los mapas de Brasil, Italia, Francia, Portugal, Alemania, Estados Unidos. También el hecho de recorrer los mapas con ciudades de fonéticas extrañas para mí en ese momento, me incitaba a saber más sobre las lenguas. Vi fotografías de Moscú y su alfabeto familiar y distante del latino me hacía pensar en cómo se escucharía hablar a los rusos. Lo mismo me pasaba con el árabe y el mandarín. Las ciudades chinas, por ejemplo, eran las más difíciles de pronunciar y recordar. 

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Llegó luego el internet, podía descargarme los mapas pero no era lo mismo. Llegué a imprimir a algunos pero no me emocionaban de la misma manera. Los mapas fueron quedando en el desván de mi memoria. Cada tanto en algún lugar podía encontrar un mapamundi y atraído como imán lo observaba de cerca, pero nada más. Ya adulto empezaron los viajes y ahí volvieron otra vez los mapas en las guías de Lonely Planet. Las ciudades y sus sitios emblemáticos, sus calles, sus plazas, sus montañas volvían a tener sentido para mí. Me preparaba para vivir esos lugares que había explorado tanto desde los mapas. 

Debo decir que a cada lugar que viajo, sigo comprando atlas de ese país que visito. Me sirven de colección y a la vez como guía durante los recorridos. Es verdad que el Google Maps es una herramienta fabulosa, una guía en tiempo real que ofrece atajos, que anuncia tiempos y que además anticipa con fotos lo que uno se va a encontrar. Pero también es verdad que necesito del mapa en papel y tinta, resistente ante las fallas del wifi e indoloro ante las horas sin batería. Necesito lo imprevisto que me ofrece la representación gráfica del mapa frente al espacio real.  A veces prefiero la incertidumbre de lo que está por descubrirse en un mapa que está diseñado para ser enmarcado, doblado, mojado, estrujado y que aun así seguirá siendo un mapa con historia.

Saudade de Domingo #124: En busca del tiempo «perdido»

Tomo prestado el título de Proust. Lo saco de su contexto para mirar mis primeras semanas del 2020 y llegar a una pequeña conclusión ahora que el mes está por concluir en unos días: quiero recuperar las cosas que me hacían feliz en otras épocas. Cosas que dejé de lado por licuarme en la vida diaria, por creer que nunca encontraría el tiempo perfecto para dedicarme a ellas, por pensar que seguramente habría miles de personas mejores que yo para hacer esas cosas que yo quería hacer. En fin, todas trampas que me ponía para dejar de lado los desafíos y quedarme en el confort que ofrece tener un trabajo asalariado como profesor universitario.

En estas semanas en las que he tenido un horario regular de oficina (todavía las clases no han comenzado), pude destinar tiempo para una pasión que en los últimos años ha tenido altos y bajos: estudiar idiomas. El año pasado coqueteé con el japonés y el polaco pero ambos proyectos de aprendizaje no duraron más de tres meses. Una lengua requiere tiempo, paciencia y entusiasmo, cosas que yo no tenía por esos momentos a nivel emocional. Estaba por una crisis treintañera con mucha ansiedad y fui picoteando en muchas cosas en busca de algo que me abstrajera de esos problemas. Los idiomas cumplieron esa misión sólo por un breve lapso de tiempo.

IMG_0927A fines del año pasado, no sé por cuál razón, me propuse aprender ruso. Con metas pequeñas, me bajé Duolingo para practicar tranquilo, sin exigirme nada más que cinco minutos diarios; luego pasé a Memrise, una plataforma de cursos en línea, especialmente de idiomas, que me permitió aprender el alfabeto cirílico. Comencé a escuchar música en ruso, a leer sobre la historia reciente de Rusia y lo más importante comencé a hacer amigos rusoparlantes en internet. Toda esta combinación ha hecho que estudiar ruso no sea una tortura. Ni siquiera he pensado que es considerada una de las lenguas más difíciles del mundo, que su gramática es caprichosa, que la fonética es complicada. Pienso más bien en lo que voy progresando. Puedo escribir frases completas en ruso a mis nuevos amigos, cosa que hace unas semanas no podía hacer. Puedo leer ciertas frases aunque no sepa qué signifiquen. Hoy ví la película Brat (Hermano) considerada ya un clásico del cine ruso y me emocioné al escuchar palabras que ya me son familiares. Estas pequeñas hazañas, estas «microvictorias» son el combustible para seguir aprendiendo. Ahora he comprado un libro para aprender ruso en el que siguiendo todas las lecciones llegaría al nivel B2.

En paralelo quiero volver a dibujar, algo que me gustaba hacer y a lo que le dedicaba varias horas hace un par de años. Lo dejé de hacer porque me criticaba mucho, quería una prolijidad, una perfección que estaba matando ese espíritu creativo con el que empecé a hacerlo. Hace unos días me ha vuelto el deseo de retomar eso, reabrí un curso de dibujo online que había comprado en aquella época y me he puesto nuevamente a bocetear. Hace dos años compré varios kits de acuarelas, papeles de diferentes formas y gramajes, así que pienso utilizarlos, recuperar esas horas de trabajo y regresar a dibujar, a pintar. Quiero apenas probar y expresarme a través de las manos sobre el papel, escribiendo imágenes.

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También he vuelto a escribir con regularidad en mi diario, siguiendo los consejos de las páginas matutinas de Julia Cameron. Apenas escribir tres páginas sobre lo que sea al despertarse, cuando la mente está más despejada. Ha sido un ejercicio terapéutico volver a esas páginas, reflexionar sobre lo que me pasa y disfrutar de ese viaje de autoconocimiento diario. No hace falta más que despertarse, sentarse a escribir y ver qué sale hasta completar tres páginas.

Y así es como espero recuperar el tiempo perdido, preservando mi área personal, mis actividades de tiempo libre, mi oxígeno en soledad. Sólo así podré encontrar algo de equilibrio en medio de una época en la que se exige rapidez y como dice Byung-Chul Han, acabamos extenuados.

Saudade de Domingo #123: La génesis del 2020

Después de la euforia del fin de año viene el momento de la verdad. Poner las metas y deseos en marcha. Si ya era complicado colocar una lista de prioridades, más desafiante resulta comenzar a trabajar en los objetivos. Hay que aprovechar el envión del nuevo año, las ganas que son un motor importante y ver hacia dónde vamos.

En estas primeras semanas del año he estado trabajando en mi interior, haciendo una  limpieza espiritual, saliendo con mis amigos, practicando mis idiomas, preparando clases para el nuevo ciclo, leyendo mucho, escribiendo poco (lamentablemente). De todo esto me sorprendo de mis ganas de aprender ruso (lo empecé a estudiar a fines de diciembre) y hasta ahora me gusta lo que voy conociendo. Es una lengua difícil, de muchas reglas y de una pronunciación a veces indescifrable, pero es un desafío que me gusta. Me enfrento a palabras que no tienen conexión conmigo, que no lucen ni como parienta lejana de las lenguas que hablo, pero está siendo una oportunidad de abrir otras puertas, de conocer a la familia eslava. El lenguaje es una manera de entrar, por las bases, a otras culturas. En este mes de aprendizaje he aprendido mucho sobre Rusia y los ex países de la Unión Soviética. Estudiar una lengua activa en mí una sed por conocer más que hay en esa cultura, en esas personas que utilizan ese idioma.

Este año he comenzado con los frutos de dos investigaciones que realicé el año pasado y que se han publicado finalmente en revistas académicas. En el mundo de la academia la paciencia es una gran virtud y el único camino, pues los tiempos de las revistas son propios. Toca esperar, reescribir, seguir una serie de procesos burocráticos hasta que finalmente la publicación aparece. Estas dos investigaciones fueron productos de mucho esfuerzo, curiosidad y cariño. Mientras los resultados de estos proyectos ven la luz, he aprovechado para trabajar en el cierre de la investigación realizada el año pasado y que ojalá pueda publicarse este mismo año. Pero como dije, hay que tener paciencia, ya que los tiempos dependen de las revistas.

También han sido semanas para preparar clases. Leer libros, subrayando temas, extrayendo fragmentos que traen a su vez otros textos y a manera de puzzle, he ido armando las clases. Estoy haciendo el ejercicio de reestructurar mis clases habituales casi al 100 por ciento. Me pasa que me suelo aburrir de dar los contenidos de la misma manera y necesito oxígeno, algo que sólo me lo puede dar la revisión de nuevos autores, discusiones recientes y gatillos que permitan que recobre el entusiasmo cuando me toque estar frente a los alumnos otra vez a fin de mes. Asimismo duele desprenderse un poco de ciertos ejercicios, de ciertas citas pero también me recuerdo que ya no soy el que diseñó esas clases y que necesito plasmar mis nuevas inquietudes.

Este fin de semana he tenido un reposo obligatorio ya que tuve extraerme una muela que no daba más. En paralelo he estado leyendo la novela Sistema Nervioso, de Lina Meruane que es un himno tortuoso a la enfermedad y al dolor. Estos días con la encía latiendo a mil, he pensado en unas de las frases que dice el padre de la protagonista de la historia. «Es el dolor el que nos hace estar vivos». Si nos referimos netamente a lo físico (desde una visión espiritual sería diferente) esto es más que cierto. El dolor avisa, resguarda del peligro pero también recuerda. El cuerpo tiene memoria y el dolor ocupa un sitial importante dentro de ese espacio. De modo que pensar en mi dolor de muela extraída, me ha hecho tomar conciencia de aquello que se fue, de lo que me desprendí. Un dolor para evitar otro dolor, el permanente de una muela enferma.

Han sido semanas también de pensar qué quiero hacer con el resto del año. El 2020 me suena a un año clave para plantear nuevos caminos, de mirar las cosas de otra manera y de soltar aquello que ya no funciona.

Agradecer. La clave es siempre agradecer por lo que se deja y por lo que se obtiene. Todo hace parte de la misma experiencia.

 

 

Saudade de Domingo #122: Idiomas que vienen y van

Estudiar idiomas hace parte de mi vida. Es tan importante como escribir en este blog, los cuentos o la novela que escribo. Tan importante como leer, ver películas u obras de teatro. Los idiomas me permiten conocer también otros mundos a través de la gramática, de la manera en que se nombran las cosas, de la fonética que emplea cada lengua y cómo cada una de ellas se reproducen en la literatura, en el cine, en la música.

Cada lengua crea mundo y un sinnúmero de posibilidades filosóficas. Es lo más íntimo que podemos tener como especie, aquello que nos permite colocarnos frente a otros, reconocernos y diferenciarnos. Cuando los regímenes totalitaristas buscaban aniquilar la cultura de un lugar, lo primero que se procedía era a prohibir el uso de la lengua local. Al hacerlo, la gente tenía que apropiarse una lengua ajena con la que no tenían lazos históricos. Era como arrebatarles a la madre, quedándose desprotegidos, débiles, sin el bagaje gramatical, lexical que les daba un lugar en el mundo.

El proceso de aprender un idioma, sobre todo en la etapa inicial, es arduo y requiere de mucha paciencia. Es en esta primera fase donde se adquiere el vocabulario básico, las expresiones esenciales y la gramática general. Es también el momento en que la mayoría tira la toalla con el idioma. «Muchas palabras para memorizar», «las conjugaciones son de terror», «la pronunciación es difícil». Frases recurrentes en las que amigos y conocidos me cuentan, con decepción, que perdieron la batalla con una lengua que al inicio les llamaba la atención.

Hablo cinco idiomas con relativa fluidez y cada uno de ellos ha sido una travesía con muchas alegrías y también frustraciones. Hace parte del viaje. No siempre aprender puede ser entretenido y por eso mismo se valora más cuando hablas con un nativo y la conversación fluye sin que te pregunte cosas que no ha podido entenderte. Los mejores halagos que alguien le puede hacer a un estudiante de idiomas es que su pronunciación es buena, que casi no comete errores y la más seductora, la más orgásmica: «a veces me olvido que no eres nativo».

Usualmente me preguntan para qué estudio idiomas si no soy diplomático, ni trabajo en negocios internaciones ni soy profesor de lenguas. Me lo preguntan con curiosidad, como si hubiera un truco, algún secreto que me niego a revelar. La respuesta corta es siempre la misma: «porque me gustan los idiomas». La respuesta larga sería porque me gusta descifrar cómo se expresa la vida en otros idiomas, cómo palabras que me gustan en mi propia lengua suenan en otra, porque los idiomas ayudan a tender puentes entre las personas, porque los idiomas me permiten acceder a manifestaciones culturales sin la mediación de un traductor, porque los idiomas me hacen más humano.

Mi primer momento de conciencia de que existían idiomas aparece en la infancia, cuando veía el programa de Xuxa y escuchaba sutilmente que debajo de la voz en castellano, se podía escuchar una voz extraña. Era muy delicada y yo tenía que hacer un esfuerzo para poder acceder a esa voz en segundo plano. Le pregunté a mi mamá una vez, qué voz era esa y me dijo que Xuxa hablaba portugués, el idioma de Brasil. Me sonaba raro pero me gustaba cantar Ilariê, Lua de cristal chamuscando un portugués que luego olvidé cuando aparecieron los discos de Xuxa en español.

Luego vino el segundo momento cuando mi tía Manuela vino de visita a Guayaquil. Ella vivía en ese entonces en Fortaleza, estaba casada con un brasileño y algunas veces la escuché a hablar en portugués. Sonaba a Xuxa y eso me llamaba la atención. Imaginaba cómo sería ir a un país en el que no hablaran español.

Después empecé a estudiar inglés en la escuela ya con textos y ejercicios de escritura. Lo asumí como algo natural y normal hasta cuando me encontré con el alemán. Mi tía Silvia, había empezado a estudiar inglés y alemán en la universidad y comenzó a enseñarme un poco de la lengua de Goethe. Me gustó la pronunciación, aprendí muchas palabras, pero en la inquietud de la infancia, no era posible estudiar con disciplina más allá de las materias de la escuela. De modo que el alemán fue un primer encuentro y muy breve.

Ya en la adolescencia aparecieron los idiomas que me acompañaron durante esos años hormonales: portugués, italiano y francés. Disfruté estudiarlos, aprendí mucha historia, geografía y literatura de los países donde se hablan esos idiomas. Me aprendí decenas de canciones, hice cientos de oraciones para practicar. En aquella época no había YouTube de modo que me tocaba grabar en VHS las películas brasileñas y europeas que daban en Cinemax. Fueron años de mucha felicidad estudiando idiomas, años donde me imaginaba cómo sería vivir en Brasil, Italia y Francia.

Es loco pensar que aun sigo «estudiando» estos idiomas. Digo estudiando porque en una lengua nunca se deja de aprender, ni siquiera en la lengua nativa. Ahora mi estudio es más fácil por la tecnología. Escucho podcasts, uso apps para recordar reglas gramaticales, fichas virtuales para memorizar palabras, chateo con amigos de diferentes partes del planeta. Todo en nombre de seguir en contacto con los idiomas que he aprendido.

También con la tecnología han aparecido otros idiomas. He estudiado ruso, griego, latín, noruego, sueco, alemán, japonés, coreano, árabe y polaco. No puedo decir que «hablo» ninguno de estos idiomas. Apenas los he estudiado por un tiempo y luego me he desencantado de ellos. Creo que sucede porque con los idiomas necesito crear un vínculo afectivo que sirva de combustible y construir esos caminos toman tiempo. Estudié varios meses japonés pero al no encontrar muchos productos culturales que me vincularan con el idioma, terminé desistiendo. Lo mismo me pasó con el ruso, el polaco, el árabe, pero tampoco me preocupo. Cada idioma para mí, tiene su momento.

Ahora me encuentro estudiando alemán. Me siento cómodo con el idioma, seguramente por los años de la infancia. Todavía estoy en una fase de construir lazos afectivos con él. Trato de ver películas alemanas, programas alemanes, escuchar canciones en alemán. Todo para tratar de «llenarme» de ese sonoridad y de esa estructura sintáctica compleja.

No sé si seguiré con el alemán, probablemente vuelva al japonés o decida explorar el checo o el húngaro. Todo puede ser. Lo que importa en mi proceso de estudio de idiomas es el camino, la exploración, jugar con las palabras, practicar acentos y seguir buscando. Los idiomas no tienen por qué tener esa aura sagrada de exámenes difíciles, de personas con un talento único y horas de sufrimiento leyendo en una lengua extranjera. Muy por el contrario el ir y venir de las lenguas es como entrar en diferentes casas y visitar, recorrer pasillos, conversar y salir cuando uno quiera.

Y cualquiera puede embarcarse en el viaje de estudiar una lengua extranjera.

 

Saudade de Domingo #121: El último acto del 2019

Dentro de un mes exactamente será Nochebuena. Las tiendas de la ciudad ya se han vestido de navidad, los edificios y centros comerciales han encendido sus árboles navideños, ha comenzado la publicidad de los descuentos. En paralelo, desde el ámbito laboral ya se da por liquidado el 2019 y ha empezado la planificación del 2020. Me suena tan lejano ese número cuando en realidad está a la vuelta de la esquina. Agoniza el 2019, está en la recta final.

Este año ha sido particularmente muy movido, he viajado con mucha regularidad, he leído mucho y también, debo reconocerlo, no he escrito tanto como me hubiera gustado. Ha sido un año de mucho trabajo, de nuevos conocimientos. A diferencia de la trama aristotélica en la que podemos identificar un gran momento de clímax, en este año creo que he tenido varios puntos de giro pero nada catártico. Ayer por la noche se efectuó quizás el último giro del 2019. He comenzado a escribir las primeras líneas de una novela, una que ya tenía en la cabeza desde hace algún tiempo pero que no sabía cómo encararla.

Aun no sé cómo hacerlo pero ayer, luego de conversar con varios amigos que tienen sobre sus hombros proyectos ambiciosos e interesantes, me di cuenta que era el momento para emprender un nuevo desafío personal. Revisé los apuntes que tenía de esa historia y ahí vi que ya tenía «algo». Había marcado algunas directrices de la trama, algunos datos biográficos del personaje principal, anotaciones varias sobre el ambiente de la historia. Lo demás, lo sabía, se iría descubriendo en el mismo camino.

De modo que me animé a crear un nuevo documento de Scrivener (ese momento es siempre una ceremonia, es la iniciación de algo mágico), coloqué el título y empecé a escribir las primeras líneas. Al poco rato vino el Sr. Crítico a hacer de las suyas, a disuadirme de mi nueva tarea. Traté de no escucharlo, interrumpí la escritura para escuchar música un rato y luego regresé. Hice el ejercicio de no leer lo que había escrito y seguí con el flujo de conciencia, escribiendo lo que iba saliendo, continuando la escena.

Puse punto final a la escritura luego de algunas páginas pero mi cabeza siguió maquinando. Ya acostado, listo para dormir, hice unas anotaciones más que fueron apareciendo. Podía sentir como si todo fuera un dictado y las imágenes iban surgiendo como escenas sueltas de una película. Me sentí satisfecho. Al menos ayer.

Así que en medio de planificaciones laborales para el año que viene y la culminación del semestre con los respectivos trabajos finales, he empezado una novela en el tercer acto del 2019. No tendré mucho tiempo por estas semanas, pero es bueno saber que el 2019 reservaba esta sorpresa que me llena de expectativas y también de ansiedad.

Seguiré trabajando para ver cómo llega ese final del 2019.

 

Saudade de Domingo #120: La lectura como origen del todo

Desde que recuerdo mi infancia, mi casa siempre estuvo llena de libros. En el baño, en el cuarto de mis papás, en la sala, en el comedor, incluso, en la cocina. Los había de diferentes clases: enciclopedias (Salvat y Larousse), algún tratado filosófico de Círculo de Lectores, varios de Códigos de Penales, otros tantos de Historia Universal y del Ecuador. Los libros hacían parte de la vida cotidiana, mi padre hablaba de alguno en especial y compartía ciertos pasajes a la hora de almorzar o mientras íbamos en el carro hacia una visita familiar o a la playa. Eventualmente me aburría porque citaba con solemnidad a un Sócrates o a un Platón que me eran desconocidos en ese momento y que dicho de sea paso, para un niño de siete años, resultaban muy aburridos. También me entretenía cuando papá contaba emocionado alguna anécdota de la Antigua Roma o Grecia. Debía tener unos diez años cuando contó que Nerón había asesinado a su madre Agripina, un relato que me llenó de horror. También recuerdo cuando citó con lujo de detalles, el juicio que se le hizo a Sócrates que terminó condenado a morir bajo cicuta. Siendo abogado, para mi papá era importante contar cómo fue el proceso judicial, que obviamente estaba cargado de irregularidades pues la idea era callar a Sócrates. Me gustaba escucharlo contar y también verlo leer acostado en su hamaca. Veía la portada del libro y sus ojos que danzaban de un lado a otro mientras recorría las páginas. Siendo padre y esposo, su lectura se veía interrumpida por múltiples labores, pero siempre volvía a sus libros y yo esperaba el momento en que cerrara el libro y nos contara lo que había sucedido en esas páginas.

A esos relatos orales usualmente se unía el reclamo de mi padre diciéndome que debía leer. Cuando mi hermana fue creciendo, el reclamo era para ambos. El tono era una mezcla de orden pero también de decepción. En múltiples ocasiones entró a mi cuarto con un libro en la mano con la intención de que lo leyera y volvía a sus prácticas habituales no sin antes decirme el beneficio que me traería esa lectura. Algunas veces intenté hacerlo pero la lectura me resultaba aburrida y pesada. Leer La República de Platón en la edición de Austral era lo menos agradable para alguien que a los diez años quería jugar al aire libre. De modo que leer era una actividad pesada y solemne que sólo mi papá podía cumplir sintiendo además un enorme placer.

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El libro, ya desgastado, de La República, de Platón, que aun se encuentra entre los libros de cabecera de mi papá

En vista de que no funcionaba la recomendación, mis papás optaron por comprarme libros más «acordes» a mi edad. Libros de muchas imágenes, de animales marinos, la vida en la selva, textos que habían sido recomendados por un tío mío. Me acerqué a esos libros con curiosidad pero también me alejé. Si Platón era de difícil vocabulario, estos textos eran demasiado didácticos, con datos inútiles sobre la vida de los delfines o los leones en África. Llegué a pensar que la lectura no era para mí.

Las cosas darían un vuelco a mi favor cuando en la escuela tuve una materia llamada Biblioteca. Recuerdo que me llamó la atención ver en el horario de clases, el nombre de esta materia en medio de los largos bloques de Matemáticas, Gramática, Ortografía e Historia. La clase, por supuesto, no sería en el aula habitual sino en «la biblioteca» de la escuela que yo hasta ese momento no conocía. Al entrar vi que las dimensiones eran las mismas que las de un aula normal, pero estaba llena de estantes de hierro en el que reposaban un sinnúmero de libros resguardados en vitrinas con candado. Había dos mesas largas con sillas alrededor en las que los sesenta niños que éramos nos distribuíamos como mejor podíamos. Pensaba que cada uno agarraría a su propia voluntad un libro de los estantes, pero la profesora que debía tener unos treinta años, nos dijo que esa sería una clase de lectura y que ello nos indicaría los libros que leeríamos.

IMG_7871El primer libro de la clase fue Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. Di la orden en casa y al día siguiente ya tenía sobre la mesa, un libro largo y delgado, de portada roja cuya imagen era la de un burro comiendo pasto y en primer plano un hombre de sombrero y barba, que escribía con pluma sobre unas hojas blancas. Empecé a leerlo lentamente, me parecía ridículo en ese momento la extrema sensibilidad del personaje masculino hacia un burro a quien consideraba su gran amigo. Hubiera dejado de leer sino hubiera sido porque la profesora de una semana a la otra nos exigió un resumen de los primeros diez capítulos de la novela. Para mis compañeros la tarea no iba a ser tan compleja porque ellos habían comprado la versión simplificada de Platero, de la colección Clásicos de Siempre mientras que mi papá me había comprado la edición de Antares, que traía la versión íntegra de la novela. Por tanto, mucho más para leer.

Sin embargo, poco a poco me fue seduciendo la historia, por ese extraño vínculo entre el personaje protagonista que además era el mismo autor y el burro Platero. Mientras leía y  hacía un resumen de cada capítulo en mi cuaderno, empecé a sentir que algo me llevaba a leer más allá de la exigencia de la clase. Quería saber cómo avanzaba la historia y sobre todo quería llegar al final.

De pronto la clase de Biblioteca se convirtió en una de mis materias favoritas. LeíamosIMG_7870 los resúmenes, la profesora nos hacía practicar dictado, nos interrogaba sobre lo leído y nos contaba un poco sobre la vida de los autores que leíamos. Cuando terminamos de leer Platero y yo, unas semanas después, la profesora nos hizo una oferta interesante. Nos mostró una lista de los libros de la colección Clásicos de Siempre. Eran alrededor de 26. De esos nos contó brevemente la trama de unos cinco y nos preguntó cuál de esos libros nos gustaría leer. La decisión se tomó levantando la mano y fue así que empezamos a leer Robinson Crusoe. La historia me encantó y recuerdo la sensación de alegría cuando escribía los resúmenes. Tanto me gustó que quise ir más allá y agarré la enciclopedia Larousse para buscar quién era Daniel Defoe. Me impresionó saber que era un escritor del siglo XVII y su imagen de abundante pelo largo rubio y rostro serio. Me parecía que su imagen no se correspondía con la historia de Robinson. Lo imaginé escribiendo con pluma de ave las anécdotas de la novela. Fue ahí que empecé mis primeros intentos de escritura, motivado por los libros que en ese momento sí leía.

Después de Robinson Crusoe, leímos Las minas del Rey Salomón. Este libro no me gustó tanto pero ya en mí se había instalado la necesidad de leer, así que un día fui a la página final del libro de Robinson y leía todos los títulos de Clásicos de Siempre. Pedí orientación a mi tía Silvia, que también leía con avidez y ella hizo las veces de la profesora de Biblioteca en casa contándome un poco la trama de cada libro. Fue ahí cuando decidí que iba a leerme todos los libros de la colección. Sabía que no eran las versiones íntegras pero en ese momento lo único que quería era leer. Había encontrado que lo que más me atrapaba en la lectura (aun hasta ahora), es el hecho de seguir la vida de un personaje que se tiene que enfrentar a diversos obstáculos. Ese recorrido de ciudades de latitudes diversas, de héroes y villanos cuyos nombres cambiaban dependiendo de la nacionalidad del autor o autora, me fascinaba. Era un poco como viajar en el tiempo y en el espacio. Fue así como leí Corazón, Heidi, El libro de la selva, Mujercitas, Hombrecitos, Oliver Twist, Tom SawyerCumandáEl maravilloso viaje de Nils Holgersson, entre muchos otros.

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Los libros de la colección Clásicos de Siempre, que aun conservo. 

Para satisfacer mi nueva adicción, empecé a ahorrar el dinero que me daban diariamente para que comiera en el colegio, así que cuando llegaba el día viernes la mayor alegría era pedirle a mi mamá que me llevara a la librería Científica, del centro de Guayaquil para comprar libros. Y ahí descubrí que había más mundo además de Clásicos de Siempre. Vi los mismos libros que leía en las versiones íntegras que eran mucho más voluminosas. Descubrí en esos recorridos, los nombres de otros autores más contemporáneos como Kafka, Borges, García Márquez, Vargas Llosa. Mi primer gran desafío de lectura por esos años fue leer Cien años de soledad, inducido por mi tía y por mi abuela que también lo habían leído en reiteradas ocasiones. Aunque era un libro grande, me atrapó ese universo mágico al punto que lo terminé de leer en tres semanas. Y en ese momento era también yo y no solo mi papá, quien contaba lo que leía.

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Pude entender entonces el placer que provoca la lectura y sobre todo la pasión que incita el hablar y reflexionar sobre lo leído. En esa época mis primeras grandes oyentes eran mi abuela y mi tía. Nuestras conversaciones largas sobre libros eran estimulantes y siempre aparecían nuevos autores a la lista. Fue necesario que mi papá ideara una biblioteca para mis libros que ya no eran pocos y así fue creciendo durante años hasta que cuando estudiaba en la universidad, mi mamá me dijo un día: «Santi, ya deja de comprar tantos libros, ya no tienes espacio donde ponerlos». Me dio risa su pedido porque ella sabía que era en vano y al mismo tiempo enojo, porque dejar de comprar libros podía tener cualquier justificación menos la falta de espacio. Siempre he encontrado un lugar, un rincón, para ubicar a un nuevo integrante a la familia. Me agrada saber y encontrar en mi nueva biblioteca, libros que no he leído aun y que me recuerdan lo infinitamente pequeño que soy en relación a tanto libro impreso. Es mi manera de recordarme que la lectura es una fuente inagotable, que podría pasar las 24 horas del día leyendo y que nunca terminaría de leer todo lo que se ha escrito en el mundo.

Y qué bueno que así sea.

Qué bueno que la lectura sea ese espacio íntimo que me acerca a mí mismo y que también me acerca a otros.

Qué bueno que los libros me rodeen en mi casa, en mi oficina de trabajo y en las conversaciones con mis amigos y mis alumnos.

Qué bueno es saber que no estoy solo.

Saudade de Domingo #119: La red de los afectos

Ayer por la tarde vi un clip de un experimento social en Dinamarca que buscaba demostrar cuán vinculados estamos los individuos en una comunidad, sin saberlo. Los vínculos que se mostraban iban desde un par de chicos que jugaron en la infancia una vez y no se volvieron a ver más, hasta una chica que conoce a dos refugiados de la II Guerra Mundial y que fueron salvados por el bisabuelo de esta. Más allá de la veracidad de este experimento social, la intención es loable. Buscar que una comunidad deje de mirarse hacia adentro y empiece a mirar los nexos que mantiene con los demás. El video muestra cómo las personas se emocionan al recordar hechos del pasado, cómo se sorprenden al encontrarse delante de alguien que tuvo una pequeña o una gran importancia dentro de sus vidas.

El vídeo activó en mí, mis propias memorias. Recordé personas y momentos minúsculos pero que de alguna manera han tenido una relevancia en mi vida. También pensé en los pequeños encuentros que seguramente sigo ignorando pero que hacen parte de mi historia. De repente me dieron ganas de participar en ese experimento social y dejarme sorprender. Luego pensé en el gran amigo de la universidad que reencontré esta semana, a propósito de su visita a Ecuador luego de varios años de ausencia. En su última visita no coincidimos, ya que yo vivía en Argentina por esa época, así que sacando cálculos teníamos casi diez años sin vernos. Y en el medio pasaron tantas cosas. Se casó, tuvo dos hijos, tuvo varios trabajos, aprendió una nueva lengua. Yo viví varios años en Argentina, regresé a Ecuador, aprendí lenguas, hice maestría, reinicié una carrera de docente. Pero la amistad seguía ahí, entre mensajes ocasionales de WhatsApp o de Twitter a lo largo de los años.

CD211F0A-77FF-4728-8127-DC7F1EEBDC0BEn este reencuentro ambos recordamos cosas que habíamos olvidado o que las pensábamos diferente. Con un whisky en la mano y en compañía de otro gran amigo mío que sí vive en Guayaquil, surgieron anécdotas de la época de la facultad, de los compañeros con los que seguimos en contacto o con los que no nos hemos vuelto a ver. Volvimos a reír como en otros años, de los mismos chistes, de nuestras actitudes aun infantiles de la época. Era como volver atrás en el tiempo y ser nuevamente los estudiantes de Audiovisual del 2006. La saudade de aquellos años se activó y al menos por ese breve espacio, volvimos a ser estudiantes despreocupados, solteros, enamoradizos, que farreaban cada viernes y sábado por la noche.

Y en esa red de afectos que se activó, también se ha ido formando una nueva, extendida, renovada con las parejas y los hijos de mis amigos. Nuevos integrantes que se suman a los afectos, al cariño que seguirá expandiéndose ad infinitum probablemente. Me encanta cuando descubro que alguien a quien quiero mucho es amigo, pareja, conocido de otra persona a la que quiero. Es caer en la cuenta de que todos formamos una gran red, una gran conexión y que estamos más juntos de lo que realmente creemos.

El viernes por la noche, ya en la despedida, con algunos tragos encima, mi amigo me dijo: «Sabes que aunque no hablemos mucho, la amistad siempre está ahí, en el corazón». El momento sensible se tornó luego cómico cuando agregó riendo: «Y anda a visitarnos, loco». Yo correspondiendo al momento le respondí»: «Mira que yo sí voy, me tomo un avión voy a Texas». Reímos, nos dimos un fuerte abrazo. Ese era y sigue siendo el tono de nuestra amistad.

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Ya volviendo a casa, recapitulando el encuentro, vino a mi mente la fiesta del cumpleaños de mi amigo, el martes pasado. Su esposa había invitado a varios amigos para celebrar su cumpleaños. Estábamos ahí, alrededor de la torta iluminados únicamente por las velas. Mi amigo sostenía entre sus brazos a su primogénito, su cuñada y otro amigo tomaban fotos y hacían un vídeo del momento. Todos cantamos «Feliz cumpleaños». Y yo mientras pensaba que nuestras vidas, las de todos, son como extractos de películas, pequeñas escenas encuadradas según los ojos de cada uno. Y yo era el director de esa película en la que veía a mi amigo cumplir 35 años junto a su hijo mayor en los brazos, con su esposa al lado. Y el hijo de mi otro amigo en un momento de la escena, intenta apagar él las velas, lo que provoca unas cuantas risas de todos. Sigo pensando en esta misma escena, aun ahora, cuando mi amigo y su familia ya han vuelto a Texas para continuar con sus vidas, generando y reforzando sus afectos. Sigo pensando en la importancia del vínculo, en la necesidad de reconocernos en los otros y eventualmente compartir esos vínculos con otros, como lo intentó ese clip del experimento social danés.

Sigo pensando en los vínculos.

Sigo pensando que de esta red de afectos yo debería hacer alguna película.

Saudade de Domingo #118: Devaneos, aproximaciones sobre la escritura

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Me propongo escribir hoy a modo de regurgitación, divagando sobre la escritura. En primer lugar para clarificar las lecturas y conversaciones relacionadas que tuve esta semana sobre ese acto creativo que en principio parece solitario aunque en realidad convoca toda una serie de dispositivos. Debo agradecer a mi amiga Bertha Díaz, por su generosidad al compartir sus inquietudes respecto al acto de escribir en su taller sobre el cuerpo como activador de escrituras.

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Habría que encarar el proceso de escritura/creación (llámese una obra de teatro, un cuento, una novela, una canción, etc.) buscando «desautomatizar los sentidos», tratando de percibir el entorno de otra manera. En nuestros espacios, los cincos sentidos han sido formateados para que sean usados iguales. El mirar, el escuchar, el oír, el tocar, el saborear tienen formas tan fijas que cualquier intento de cambio, resulta extraño. De ahí que algunos creadores como Lynch, Lispector, Bergman, Artaud o Dalí, causen extrañeza, ya que claramente se han propuesto subvertir el orden en que perciben el mundo. La propuesta sería, por tanto, poder establecer «otra» relación posible con las cosas.

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La escritura siempre trae al presente una ausencia de «algo». El que escribe a través de la palabras, de las melodías, de las imágenes intenta atrapar, fijar aquello que ya no está y que el lector (en su sentido amplio) percibe como real y presente. Es decir, el que escribe «intenta» ser los ojos, los oídos, la boca, la nariz, la piel del lector.

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En el acto de escribir está implicado el cuerpo del que escribe y su cuerpo trae a otros cuerpos simbólicos y físicos: sus memorias, sus referentes, su genética, sus relaciones con los otros. Por tanto, la escritura es una sinfonía, un concierto en el que intervienen muchas voces. El escribir es un constante desplazamiento.

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Así como hay cuerpos que intervienen e inciden en la escritura como una antesala, en el mismo acto de escribir, surge «algo más». Aparece algo que es nuevo para el que escribe y que no puede controlar. Es un «algo» que aparece fruto de la potencia, de la fuerza de los sentidos. Jean Luc Nancy, a propósito de la escritura crítica diría que es «sacar a la luz un carácter».

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Ese «algo» que emerge luego propicia una forma específica: un guion cinematográfico, una novela, un cuento, una canción, una pintura o híbridos de todo lo anterior. Al cambiar la manera de usar los cinco sentidos, se habilitan nuevas posibilidades, emerge «algo» que luego tendrá un gestus, un formato específico.

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De modo que el cuerpo del escribiente trae otros cuerpos a su antesala y en el acto de escritura surge un carácter, producto de buscar una relación más sensorial con el mundo. Bajo esta visión el que escribe (en el más amplio sentido de escribir), se vuelve un «operario» que permite que emerja «algo» nuevo. Lo importante ya no será pensar en el  artista y su ego creador, sino más pensarlo como un canal que permite la aparición de nuevas fuerzas, de nuevos caracteres.

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La escritura siempre está inscrita en una red de temporalidades, de espacios, de afectos, de cuerpos. Por tanto escribir no es soledad.

Saudade de Domingo #117: La escritura en taller

Lo confieso. Soy un fanático de tomar talleres, especialmente aquellos de escritura creativa. Me gusta encontrar nuevos métodos de encarar el proceso de crear historias, conocer personas que están con la misma búsqueda e instructores que me llenan de referentes para seguir explorando.

Doy muchas clases en la universidad y en ese ejercicio constante de impartir conocimiento tengo la necesidad de seguir alimentándome, de volver a ser estudiante para aprender más. A lo largo de todos estos años he tomando múltiples talleres de diferentes actividades pero si debo destacar los que más me han marcado señalaría tres: Escritura en la ciudad que hice en el 2017 con María Negroni y Guillermo Martínez en Nueva York, La voz propia en septiembre de este año en Barcelona con Esmeralda Berbel y Jordi Amenós, Aquí pasan cosas extrañas que hice también recientemente en Guayaquil con la escritora Solange Rodríguez. Fueron espacios donde conocí nuevas formas de entrar a la escritura, nuevos autores que me iluminaron y compañeros con los que sigo en contacto hasta hoy. Los talleres son pretextos para que las personas se junten, discutan, escriban, lean y finalmente aprendan. Llevo las enseñanzas de estos talleres en mi piel y en clases como la de Storytelling o Guion, que empecé esta semana, siento que a través de mí hablan los profesores de estos talleres, los libros que he leído y así me siento acompañado en la tarea de ser profesor de más de veinte estudiantes.

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Durante la lectura de mi cuento en el taller Aquí pasan cosas extrañas.

Ayer sábado tuvimos la presentación final del taller Aquí pasan cosas extrañas y todos los talleristas leímos un trabajo realizado. Fue una energía muy potente leer un cuento que trabajé con mucho cariño y escuchar los de mis compañeros. En todos había una evolución desde la primera lectura hacía varias semanas a lo que escuché el día de ayer. Reconfirmé la importancia de ese trabajo de hormiga pero necesario que es la reescritura. Distanciarse del texto, mirarlo y ser un poco cruel por el mismo bienestar del texto, cortando frases o incluso párrafos enteros. Las palabras del primer borrador, las divagaciones y las redundancias son necesarias para que el texto cobre vida pero luego hay que extraerlas, con precisión quirúrgica.

Silvia Kohan, reconocida escritora e instructora de talleres de escritura, ve a este espacio como una travesía en la que uno acepta el riesgo de encaminarse en una dirección equivocada para encontrar «algo». El taller de escritura es el estadio ideal para indagar, probar, borrar, mutilar, volver a armar y quizás darse cuenta que lo que uno buscaba era «otra cosa». Pienso también en Pérez Andrújar cuando dijo alguna vez: «Sólo sabré lo que pienso cuando lo escriba y lo lea». La claridad que aparece en la escritura a veces se torna evidente con los comentarios del instructor y de los compañeros. A veces esa claridad repentina asusta y ahí también emerge la contención de grupo para ayudar o simplemente acompañar en ese proceso de búsqueda de la propia voz de autor. De modo que quiero seguir buscando mi voz y encontrar las de otros que resuenen o se contrapongan con la mía.

Los talleres de escritura son espacios de magia.

 

 

Saudade de Domingo #114: La saudade en mi piel

Como suelo decir, cuando viajo, escribo poco en el blog. Estoy más enfocado en sentir, en fotografiar, escribir apuntes de cosas que voy descubriendo. Recientemente estuve en Portugal por un congreso académico que tuvo lugar en Oporto y luego estuve en Lisboa y Madrid. Fueron días intensos ya que además de ser mi primera ponencia de investigación, seguí trabajando a distancia algunos asuntos de la universidad. Ha sido como tener un pie en Guayaquil y otro en Europa. De todas formas el paréntesis vino bien para repensar cosas que «encontré» en San Francisco y en Buenos Aires.

Portugal ya era un sueño de longa data. Como fanático de Brasil y del idioma, conocer al padre Portugal me generaba una curiosidad desde hacía varios años. De hecho, cuando empecé a estudiar portugués por mi cuenta, comencé con un libro que enseñaba el portugués lusitano. Así que Portugal siempre ha estado cerca. En mi primer viaje a Europa el año pasado, pensé en darme un brinco a Lisboa, pero los días eran ajustados y quería disfrutar la ciudad con más tiempo. El sueño siguió siendo entonces un proyecto a futuro.

Este año en febrero, gracias a la insistencia de una colega mandé una propuesta de ponencia sobre una investigación que hice con estudiantes el año pasado y fui seleccionado. La ciudad: Oporto. Confieso que más que la ponencia, me emocionaba ir a Portugal. Se acercaba mi sueño y con eso otro sueño aun más profundo, uno que tenía guardado hace mucho tiempo: tatuarme la palabra Saudade en Lisboa.

No podía ser en otro país, no podía ser en otra ciudad. Si me iba a tatuar Saudade debía ser en Lisboa y debía hacerlo un portugués o portuguesa, alguien que entendiera desde lo profundo de su ser el significado de esa palabra que en español no existe. Una traducción aproximada sería nostalgia o añoranza, pero en portugués uno puede sentir saudade de una película, de una persona, de un lugar. Es mucho más amplio y no necesariamente tiene una connotación negativa. No soy fan de los tatuajes pero sentía que si debía escoger tatuarme algo, debía ser esa palabra.

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Con el plástico, a pocas horas de haberme hecho el tatuaje.

Pedí ayuda a un amigo portugués para que eligiera el lugar. Contactó a una amiga suya que tenía varios tatuajes, así que fuimos a una tienda de Bairro Alto, llamada Bad Bones. Llevé la tipografía que quería, esperamos. Estaba ansioso, trataba de disimular un poco los nervios. Si hasta la fecha no me había hecho ningún tatuaje era porque me daba miedo la eternidad, me aterraba el hecho de que sería algo que llevaría de por vida. Al mismo tiempo sentía que si una palabra tuviera que acompañarme hasta el día de mi muerte, esa palabra debería ser Saudade, ya que en ella estarían simbolizados mis recuerdos, mis amigos, mis amores fugaces, los actuales, los futuros, mis viajes, mis libros, mi familia.

Quien me tatuó fue Telmo, un portugués contemporáneo a mi en edad. Tenía la calidez yIMG_2872 al mismo tiempo la distancia típica de los lisboetas. Hizo una primera prueba de la palabra en tinta sobre mi brazo, para estar seguros del tamaño de la palabra. Me miré al espejo y confirmé que estaba bien. Luego empezó el verdadero trabajo. Pensaba que iba a doler mucho, pero en realidad se sentía como un leve pinchazo muy superficial. Más me asustaba el sonido de la máquina. Decidí quedarme con la mente en blanco, tratando de adivinar qué letra estaba tatuando Telmo sobre mi brazo. Respiraba tranquilo, sintiendo cómo la saudade se escribía sobre mí. Fue como un momento de iniciación, en el que oficialmente era hijo de la saudade, hijo de la lengua portuguesa, hijo de Lisboa.

Al terminar vi el resultado, me impresionó ver la palabra tatuada y la minuciosidad del trabajo de Telmo. Las serifas de cada letra, el grosor de la tinta. Me explicó los cuidados que debía tener durante los primeros días. Mi amigo hizo algunas fotos y un vídeo sobre el momento. Luego, con el brazo aun ardiendo levemente, fuimos a cenar mientras veíamos un show de fados.

En los días sucesivos, tuve el cuidado de lavar e hidratar el tatuaje. Lo hacía con cariño, como si se tratara de una nueva parte de mí. Estoy feliz por la palabra que tengo en la piel y no tengo ninguna intención de tatuarme nada más. No veo a mi cuerpo como un lienzo para tatuar, pues soy muy volátil y me arrepentiría de los tatuajes. Con este primero y único, mi relación es diferente, hay una conexión que va más allá de la piel y que ahora emerge a la superficie, a lo material, a través del tatuaje.