Rien à dire

El acento delata.

El aire es pétreo.
Incendia los alveolos.
La piel es dura, cobriza, con marcas de días y años vacíos.
El espíritu no se compromete.
Siente, arde, respira, pero solo describe.
Ama mas prefiere espectar.
Sufre pero guarda sus coplas en las frías paredes de sus venas.
Espera, camina, recoge sus pasos, respira,
maldice los años a cuestas, la jeunesse.
Continúa en el pasillo de la incerteza,
callado, mustio,
reproduciendo escenas pasadas y futuras
Sin embargo, nada dice, nada escribe,
nada procesa…
Merde, J’suis fatigué

Vestigio

De pronto te odiaba, pero luego empecé a verte como humano y el rencor se fue diluyendo. Me heriste, pero si lo hiciste fue porque yo lo permití. Quise fantasear y quemé mis sueños al someterlos a los tuyos. Perdí. Te minimicé, te desprecié. Odié tu imagen. Pero el tiempo pasa y vi tu corazón, el ritmo sincopado de la sístole y la diástole, las aurículas susurrando amores frustrados. Me sentí vengado, feliz por tu dolor. Te devolví tu humanidad. Me creí libre…
Volviste a engañarme.

La trampa del recuerdo

Siempre decimos a alguien que se va, que lo/la extrañaremos, que nos veremos pronto, pero en realidad son palabras que pierden su peso una vez enunciadas. Uno se comienza a acostumbrar a la ausencia a tal punto que se vuelve más fuerte que la misma presencia. Uno la va a alimentando, se solaza con la distancia, se embriaga con la nostalgia y al final no sabemos si realmente queremos a esa persona o queremos a la proyección que hemos creado de ella misma. Es convertirnos un poco en el Dr. Frankenstein, suavizando los errores e intentando proyectar lo mejor de aquella creación. Lo interesante y conflictivo es cuando la creación se enfrenta al objeto real y te das cuenta de cómo te percibes en el mundo.

Imágenes de Post-Medianoche

Las máscaras venecianas son escenarios móviles que esconden el horror de unos ojos sin rostro…
Aquellas historias edulcorantes habían terminado por agriarle el corazón. No se volvió hosca, solamente más alerta…
Ese creador ni siquiera podía ser fiel a sus letras. Las mañanas se las dedicaba a Alicia, las tardes a Lucía y por las noches, ya cansado, prefería solazarse escribiendo sobre sí egocéntrico espíritu…

Vivement Dimanche

Los domingos me deprimen. No importa lo que haga en el día, lo feliz que haya pasado, las minúsculas metas que haya logrado cumplir. Siempre termino a una determinada hora de la noche en una especie de trance depresivo, que me lleva a evocar personas (personajes), situaciones que quizás un viernes me arrancarían una sonrisa pero que en domingo me arrancan una lágrima.

No es nostalgia en domingo. Es melancolía y todo aquello que se produce en ese estado es un zombie de creación. Está mutado, es radioactivo. No sirve, pero hay que desechar. Debo vomitar esas letras ácidas que no me dicen nada, que producen náuseas y que se malogran al contacto del papel.

No se puede remediar. Los domingos son dañinos. En especial cuando son húmedos y con un embriagante olor a tierra mojada. Ese vapor me envuelve, hiede mis pensamientos, pixelea mis fotogramas. Un trance que puede durar diez o quince minutos pero con un cansancio que dura hasta las primeros rayos del adormitado lunes.

Acerca de las Despedidas

… Como odio las despedidas, decido ser siempre yo quien se va. Las despedidas siempre duelen más para quien queda. Cuando el sentimiento me embarga, cuando el amor me ata, cuando la rutina me atenaza, una extraña melancolía amarga mis letras y es entonces que decido dejarlo todo, salir, mirar afuera, aunque esa observación me conlleve a más amargura. A esa altura la decisión está casi tomada. Debo salir a buscar. No soy un aventurero, ni me aburro de las cosas. Simplemente tengo miedo de afincarme, de crear raíces, de amar una estabilidad. Le temo a los compromisos, a los contratos, a las ataduras y antes de que ellos terminen por acabarme o quebrándome, decido romper mis nexos, dejar puntos suspensivos. No digo que no sufro, pero prefiero salvaguardarme… Parezco frío y a veces hasta cruel, pero es al contrario. Por sentir demasiado, por dejarme afectar es que prefiero cubrirme y despedirme es una forma de huir…

Hay algo en las despedidas que me atrae. No es que sea masoquista, pero las personas adquieren una cierta postura, una expresión de lontananza. Las palabras suenan a miel, el tacto es mucho más sutil y las miradas son mucho más profundas. Son las últimas escenas de la historia. Las personas se convierten en personajes y la situación deviene teatral, cinematográfica. Aun no he tenido muchas despedidas en mi vida, pero las que tuve siempre me situaron en una especie de escenario, donde siempre he sido el que hace mutis. Cargo conmigo una inmensa nostalgia, pero nunca se compara a aquella para los que se quedan. Por eso parto. Prefiero sorprender antes que ser sorprendido…

Repensando el formato

El final de año me ha agarrado replanteándome ciertas cosas. He realizado un proyecto sobre la importancia de la memoria, entendiendo ésta como parte esencial para la construcción del hombre en tiempo y espacio. El proyecto está enfocado básicamente para teatro pero durante el proceso, me obligué a rememorar mi pasado, desde mi infancia hasta ahora. No fue tan caótico como me lo imaginaba, pero me hizo caer en la cuenta de que siempre fui un apasionado por el registro, por congelar momentos ‘memorables’ pensando en un futuro que luego me permitiría evocar ese presente como pasado (Mezcla de tres tiempos). Mucha carga para un niño de escuela. Obvio que en ese momento no era consciente pero había algo que me impulsaba a registrar con cámara, grabando en el Betamax, luego en el VHS, después en DVD, luego con la videograbadora, el Blackberry y demás. Los formatos han ido mutando pero la obsesión es la misma: La preservación de la memoria.
Es un tema que me apasiona y que al investigarlo académicamente, me he topado con grandes pensadores que estudian este tema. Alrededor del mundo hay innumerables proyectos para salvar la memoria ya sea en forma de tradiciones orales, audiovisual, heráldica, entre otras. Creo que en el campo del arte también lo intento cuando ‘reciclo’ historias y personajes.

Días atrás me topé con una fotografía que llamó mi atención. Un pequeño texto escrito en máquina de escribir. Me agradó tanto su contenido como la tipografía que daba forma a ese texto. Hubo algo particular en ese momento que me hizo volver mi mirada a la herramienta (la máquina de escribir). En alguna etapa de mi vida, entre los 14 y 15 años, por libre voluntad decidí no escribir en computadora y sí en máquina de escribir. Llegué a escribir cuentos enteros ahí. La verdad hay una sensación tan placentera en el hundir las toscas teclas y el sonido vibrante que produce al golpear el papel, que quiero volver a ‘rememorar’ ese deleite. No echaré a un lado la compu. Ese teclado también tiene su placer. Pero sí quiero ver qué me produce entrar en contacto nuevamente con la máquina de escribir. Antes que nada debo buscarla primero y ver si la tinta aun está buena. Espero que sí.

Foto: Sabine Menedotti Costa

Me gusta el reciclaje…

…En el arte en general, pero básicamente en la escritura que es de donde luego surge el cine, el teatro, la literatura.

Me gusta reciclar personajes. Tomarlos prestados de otros ‘colegas’ para darles un nuevo giro, moldearlos a mi mirada, hacerlos recorrer por lugares en los que el colega no pudo o no quiso pensar. Cambiar sus decisiones, angustiarlos un poco, brindarles la oportunidad de experimentar a partir de su elixir de vida.

Me gusta reciclar expresiones, frases dichas por personas con las que convivo de una forma u otra. Desde las que podría decir mi padre en un momento de sabia elocuencia o mi abuela con su humor disparatado, hasta aquellas dichas por las recepcionistas de los lugares donde trabajo. Todas aquellas frases, palabras sueltas, de diferentes seres se mezclan, se licúan y dan origen a los diálogos sufridos, alegres o mortíferos de los personajes que pueblan mis líneas.

Me gusta reciclar historias. Estoy atento a aquello que me cuentan, la historia familiar de un amigo o amiga que si bien se ha vuelto casi un mito por las diferentes versiones que tiene, posee una esencia, una dramaturgia popular que es tierra fértil para los caminos que recorrerán los personas.

Escucho con atención la historia del mensajero que debe arriesgarse en lugares peligrosos por el nombre de la empresa, del compañero de trabajo que discutió con su esposa, de la novia que rompe por enésima con su novio, del amigo que está emprendiendo una nueva vida lejos de Ecuador, de los problemas de la amiga que ha dejado a su novia de años por emprender un romance con una mujer de provincia. Escucho, me alimento cada día de historias. Algunas no ‘me tocan’, pasan por el tamiz y se quedan en la nada. Pero en un momento aparece alguna menos elaborada, menos ‘interesante’. Entonces la escribo en mi viejo cuaderno de notas esperando por el momento en que los personajes reclamen espacios, situaciones, frases para empezar a moverse libremente por el papel o en este caso en la blanca pantalla del ordenador.

Sí, me gusta reciclar. Confieso que me gustan los remakes como propuesta de rearmar, de repensar lo ya escrito y vivido. Me gustan los covers, cuando un artista agarra una canción de otro artista y hace una versión a la altura. En contrapartida, me enoja mucho cuando el remake es una vil copia, cuando no pasa por el proceso de reciclaje, cuando no se contextualiza o cuando se ‘manosea’ su valor.

Reciclar es todo un arte dentro del arte.

Marion

Marion es nívea, delicada, un poco bipolar, excéntrica y con una fascinación por las monedas en desuso. Lleva el cabello corto y su color cobrizo parece brillar en las tardes soleadas con lluvia. Su español bien pronunciado aun tiene una cadencia particular de su francés olvidado. Aquella extraña melodía siempre me deja confundido, usando de pronto verbos en francés o haciendo mía la gramática gala para hablar en mi tibio acento guayaco.
Marion es atrevida y muchas veces hasta cínica. Se equivoca pero siempre soy yo el culpable. Pero hasta en su manera de ofenderme es tan desenfadada. Todo parece hacerlo con naturalidad, sin complicación, incluso en la hora de amar. Se deja llevar, no me prohibe nada, me permite recorrer cada milímetro de su cuerpo llenándome de su aroma, de la textura de sus delicadas venas azuladas. Sabe que la amo y se deja amar.
Marion siempre lleva botas. Las tiene de todos los colores y formas. Negras, amarillas, rojas, marrones, con tacos, sin taco, de terciopelo, de cuero, de caucho. Todas parecen ajustarse de manera mágica a sus largas piernas y a ese caminar que no le permite pasar desapercibida. Cómo me encantas Marion. Y aun así no te celo, te dejo libre, te dejo caminar, te dejo provocar, porque sé que siempre volverás. En ti se sustenta el don de la ubicuidad, ma chère.
Recuerdo aquella noche, aquel sábado después de larga jornada de trabajo, en la que luego de amarnos con cansancio, decidiste que querías cantar Tristesse de Milton Nascimento. Tu portugués precario siempre me daba risa, pero esta noche querías arriesgarte y me hiciste parte de tu juego al proponerme un dúo, como Milton Nascimento y María Rita. Me desarmaste. Sabes que no me resisto a cantar en portugués, aun cuando mi voz sea una desgracia. Agarraste la guitarra y luego de los primeros acordes me miraste para que empezara. Me calentaste las venas y sintiéndome Nascimento me dejé llevar por la letra. Esa noche tu portugués me elevó. Sonabas un poco como una voz de doblaje, muy perfecta, muy articulada. Habías estado practicando a mis espaldas, mientras preparaba las lecturas para mis siguientes clases. Tramposa, nunca te gusta perder y menos conmigo. Sin quererlo muchas veces establecemos una sana competencia en la que no hay premio, sino un deseo egocéntrico de demostrarnos que cada uno está con la persona indicada. Ahora te anotas otra victoria…
Terminamos la canción y guardaste silencio por unos minutos. No quise interrumpir tu ceremonia, mientras me clavabas tus endemoniados ojos celestes. Te me pareciste a Jasmine Trinca en la escena de La Meglio Gioventù cuando empieza a sonar A Chi de Fausto Leali. No sé por qué carajo la recordé, pero ahí estabas, curiosa, distante, como Giorgia. La luz de la lámpara te daba un efecto de soledad y de pronto sentí que debía abrazarte. Sin embargo, no quise interrumpir tu calma. Esbozaste una sonrisa pero te arrepentiste y decidiste agarrarte el cabello para alborotarlo un poco. Supe entonces que algo pasaba. No me diste tiempo a pensar y me lo dijiste: ¨Me voy¨. Otra victoria, ma chère… Tu me quittes…
Te acercaste, me besaste en los labios. Nos fundimos en un largo abrazo. Te sentí sollozar, tu corazón se aceleró y toda aquella fortaleza que me propuse tener se esfumó al sentirte tan frágil, tan dolida. Me miraste y vi tus mejillas coloradas. Tan nívea, tan fantasmagórica y de pronto tu rostro combina con tu cabello. Me volviste a ganar. Siempre imaginé que sería yo quien saldría más afectado con aquel lema de ‘siempre es más duro para quien permanece’. Ahora sé que algo mío se va contigo y un poco de ti se queda en estas líneas. Tu me manques, ma chère. Me mal enseñaste a hablarte en dos idiomas. Ahora no puedo extrañarte más que en francés. De pronto el verbo toucher se magnifica y además de tocar significa que me has llegado al alma, al espírito, como si tu amor tuviera ese poder de tocar aquello intangible. Toi, ma chère, ton amour m’a beaucoup touché.