Amor eterno a Sarah Paulson

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Ya me gustaba desde sus otras temporadas en American Horror Story pero en Hotel, me encanta. En cada temporada descubro una faceta nueva de su interpretación y consigo «olvidar» momentáneamente a las Sarah Paulson de las temporadas anteriores. En Hotel es una mujer rota, violenta, decadente, sufrida, una junkie. Amo sus escenas con Kathy Bates (siento nostalgia de las que tenía con Jessica Lange sobre todo en Asylum y Coven) y también sus momentos de soledad, en el que su personaje, carente y perdido se desnuda. La cámara quiere a Sarah Paulson y ella disfruta de ese barniz con que ha pintado a Sally.

Definitivamente amo esta nueva encarnación de Sarah Paulson.

Devaneos

(Sé que debo escribir algo, ¿no?. Al menos eso me exijo, como ejercicio. Quién sabe si encuentro algo, resquicios de novela, pincelazos de película o una miniescena kafkiana. Debería racionalizar menos y escribir más como un acto de salvación, de curación, de placer y principalmente para jugar con la ficción de ese Yo que no entiendo).
El final del personaje A será una sonrisa a medias, con los ojos un poco humedecidos. Se dejará abrazar de forma automática por personaje B. No está involucrado. Las sombras del sol vespertino oscurecerán ciertas partes de su rostro. Agarrará una bocanada de aire. B se irá alejando, sintiendo que no hay más que decirse. Las cicatrices no fueron superadas y la sal aun corroerá ciertos sentimientos no arreglados. (Es una posibilidad pero la verdad, la verdad, no me dice mucho).
(Otra opción). El final del personaje A será una lágrima que brota con dificultad del ojo izquierdo y sigue, por fuerza de gravedad, su caída libre por la mejilla del mismo lado. B se acerca e interrumpe el trayecto de la lágrima con un beso. A y B se miran como si se enfrentaran a un reto visual. A deja pasar apenas unos cuantos segundos. Aprovechando la oscuridad del cielo nublado de esa noche húmeda con el asfalto emanando vapor producto de la tarde infernal, A se desplazará en cámara lenta al otro costado de la acera, donde tomará un bus que la llevará a la confines, donde la tierra termina. B entrará a un bar y beberá una cerveza recorriendo con sus labios el amargor de sus días y el vaivén nostálgico de las nubes en verano cuando acostado sobre la arena las miraba adivinado formas junto a A, quien siempre encontró ese juego un tanto estúpido pero que en compañía parecía interesante o cuando menos, un refugio de soledad.
(Mejor. Una opción más. Debería hacer mínimo diez, pero la cabeza se me agota. Ahí es cuando cuestiono el rigor que tengo con respecto a la escritura). El final del personaje A será con la vista perdida hacia el río que lleva y trae lechuguines con Sigur Rós controlando la corriente. B está a su lado. No se dirán nada. Son dos seres que cargan con los mismos espectros y los alimentan con sus propias angustias. Se mirarán unos cuantos segundos. No se reconocerán. A verá a B con extrañeza. B, con ternura. B se cortará un mechón de cabello que se encargará de dejar en manos de A. B partirá con una maleta de ruedas que al contacto con el piso de granito producirá un sonido intermitente, disonante que se clavará en los oídos de A recordándole la falta y la melancolía que amargará su hígado por el viaje de B. El sonido y la incomodidad irán alejándose. B se irá empequeñeciendo convirtiéndose en una figura más entre las millares del parque. El sonido se habrá marchado, la calma retornará. Sigur Rós seguirá sonando pero el mechón de cabello de B seguirá contenido, apretado en el puño cerrado de A.
(Ejercicio acabado. No sé que es ni de qué va. Los finales se me antojan inicios ambiguos que van en contrario de las manecillas del reloj. A veces aclaran o por el contrario, confunden. ¿A quién? ¿Por qué? A y B son energías, proyecciones de algo. Estuvieron y estarán en el mismo ritmo que borre y dé forma a nuevas líneas, a otros centros de fuga. Devaneo. Noches de Sigur Rós producen estados que es mejor utilizar sólo en dosis desmedidas)

Vivement Dimanche

Los domingos me deprimen. No importa lo que haga en el día, lo feliz que haya pasado, las minúsculas metas que haya logrado cumplir. Siempre termino a una determinada hora de la noche en una especie de trance depresivo, que me lleva a evocar personas (personajes), situaciones que quizás un viernes me arrancarían una sonrisa pero que en domingo me arrancan una lágrima.

No es nostalgia en domingo. Es melancolía y todo aquello que se produce en ese estado es un zombie de creación. Está mutado, es radioactivo. No sirve, pero hay que desechar. Debo vomitar esas letras ácidas que no me dicen nada, que producen náuseas y que se malogran al contacto del papel.

No se puede remediar. Los domingos son dañinos. En especial cuando son húmedos y con un embriagante olor a tierra mojada. Ese vapor me envuelve, hiede mis pensamientos, pixelea mis fotogramas. Un trance que puede durar diez o quince minutos pero con un cansancio que dura hasta las primeros rayos del adormitado lunes.

El olor del teclado


No me resisto. Es un elixir, un estimulante, un afrodisíaco literario. Posee alguna especie de feromona aun no descubierta que me embriaga cuando deslizo los índices de mis dos manos sobre las teclas. Aquel sonido acompasado se mueve al ritmo de los personajes que gritan por expresarse o mis propios demonios que luchan por abandonar mi cuerpo.


El teclado me encandila, mucho más cuando en determinados momentos en los que suelo desconectarme me dejo llevar por el amor genuino que tiene mi teclado. A veces cierro los ojos y me vuelvo etéreo. Puedo tocar mis sentimientos, acariciar mis ideas, tocar las metáforas, las palabras esdrújulas, graves y agudas. Pasado los escasos segundos de trance abro los ojos y me encuentro con una pantalla en blanco con el cursor titilante. Espera mis instrucciones. Ocasionalmente cuando el olor del teclado me embriaga de letras, suelo llenar líneas de alguna cosa lúdica, vacía o fértil que en conjunto forman retratos de momentos hilarantes o de horizontes sin gloria.

Melancolía

A veces siento que las fuerzas se acaban, que la nostalgia da paso a una amarga melancolía, a una negra bilis que nubla mis pensamientos, mis recuerdos… No lo puedo evitar, es una fuerza mayor que viene del exterior o del interior…

Sí, creo que viene de adentro… Tengo el alma cuarteada, resquebrejada… Cargo con muchos personajes a cuestas, con sus propios sueños, deseos, frustraciones. Aun no logro desprenderme de todos. Ahora estoy intentando desembarazarme de unos cuantos.

La creación de un nuevo personaje es algo inevitable y también doloroso. Nuevos estigmas, nuevos dolores deberé cargar… En estos días he estado pensando en ellos, en cuántos tengo, en cuántos deje ir y cuántos pululan en mí esperando su turno de salir… Quisiera vaciarme, abandonarlos a su suerte y descansar un poco, sólo un poco, al menos por unas cuantas horas, hasta que vuelva a generar otras historias y personajes…