Marion

Marion es nívea, delicada, un poco bipolar, excéntrica y con una fascinación por las monedas en desuso. Lleva el cabello corto y su color cobrizo parece brillar en las tardes soleadas con lluvia. Su español bien pronunciado aun tiene una cadencia particular de su francés olvidado. Aquella extraña melodía siempre me deja confundido, usando de pronto verbos en francés o haciendo mía la gramática gala para hablar en mi tibio acento guayaco.
Marion es atrevida y muchas veces hasta cínica. Se equivoca pero siempre soy yo el culpable. Pero hasta en su manera de ofenderme es tan desenfadada. Todo parece hacerlo con naturalidad, sin complicación, incluso en la hora de amar. Se deja llevar, no me prohibe nada, me permite recorrer cada milímetro de su cuerpo llenándome de su aroma, de la textura de sus delicadas venas azuladas. Sabe que la amo y se deja amar.
Marion siempre lleva botas. Las tiene de todos los colores y formas. Negras, amarillas, rojas, marrones, con tacos, sin taco, de terciopelo, de cuero, de caucho. Todas parecen ajustarse de manera mágica a sus largas piernas y a ese caminar que no le permite pasar desapercibida. Cómo me encantas Marion. Y aun así no te celo, te dejo libre, te dejo caminar, te dejo provocar, porque sé que siempre volverás. En ti se sustenta el don de la ubicuidad, ma chère.
Recuerdo aquella noche, aquel sábado después de larga jornada de trabajo, en la que luego de amarnos con cansancio, decidiste que querías cantar Tristesse de Milton Nascimento. Tu portugués precario siempre me daba risa, pero esta noche querías arriesgarte y me hiciste parte de tu juego al proponerme un dúo, como Milton Nascimento y María Rita. Me desarmaste. Sabes que no me resisto a cantar en portugués, aun cuando mi voz sea una desgracia. Agarraste la guitarra y luego de los primeros acordes me miraste para que empezara. Me calentaste las venas y sintiéndome Nascimento me dejé llevar por la letra. Esa noche tu portugués me elevó. Sonabas un poco como una voz de doblaje, muy perfecta, muy articulada. Habías estado practicando a mis espaldas, mientras preparaba las lecturas para mis siguientes clases. Tramposa, nunca te gusta perder y menos conmigo. Sin quererlo muchas veces establecemos una sana competencia en la que no hay premio, sino un deseo egocéntrico de demostrarnos que cada uno está con la persona indicada. Ahora te anotas otra victoria…
Terminamos la canción y guardaste silencio por unos minutos. No quise interrumpir tu ceremonia, mientras me clavabas tus endemoniados ojos celestes. Te me pareciste a Jasmine Trinca en la escena de La Meglio Gioventù cuando empieza a sonar A Chi de Fausto Leali. No sé por qué carajo la recordé, pero ahí estabas, curiosa, distante, como Giorgia. La luz de la lámpara te daba un efecto de soledad y de pronto sentí que debía abrazarte. Sin embargo, no quise interrumpir tu calma. Esbozaste una sonrisa pero te arrepentiste y decidiste agarrarte el cabello para alborotarlo un poco. Supe entonces que algo pasaba. No me diste tiempo a pensar y me lo dijiste: ¨Me voy¨. Otra victoria, ma chère… Tu me quittes…
Te acercaste, me besaste en los labios. Nos fundimos en un largo abrazo. Te sentí sollozar, tu corazón se aceleró y toda aquella fortaleza que me propuse tener se esfumó al sentirte tan frágil, tan dolida. Me miraste y vi tus mejillas coloradas. Tan nívea, tan fantasmagórica y de pronto tu rostro combina con tu cabello. Me volviste a ganar. Siempre imaginé que sería yo quien saldría más afectado con aquel lema de ‘siempre es más duro para quien permanece’. Ahora sé que algo mío se va contigo y un poco de ti se queda en estas líneas. Tu me manques, ma chère. Me mal enseñaste a hablarte en dos idiomas. Ahora no puedo extrañarte más que en francés. De pronto el verbo toucher se magnifica y además de tocar significa que me has llegado al alma, al espírito, como si tu amor tuviera ese poder de tocar aquello intangible. Toi, ma chère, ton amour m’a beaucoup touché.

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