Saudade de Domingo #65: Proyectos que nacen

Como síntoma de estos tiempos agitados, pienso mucho en proyectos a realizar que luego por alguna u otra razón, se transforman, se congelan o se postergan. En cualquiera de los casos aunque me repita que no lo voy a intentar más, que trataré de ser lo más cuadriculado, administrativo posible, nunca lo consigo. Las ideas caen ante mis ojos y me es imposible sacármelas del paso hasta que las escribo (en el formato que sea) o las grabo.

En estas últimas semanas se han modificado ciertos proyectos y también han aparecido otros que me generan expectativa. El nacimiento de un «posible» siempre es motivo de alegría y algunas veces, cuando no se concreta a tiempo, trato de darle una vuelta de tuerca y pensar que cada proyecto tiene su propia maduración y también que las cosas suceden muchas veces sin que uno haga mayor esfuerzo.

Hace unos días se me puso por delante la idea de un proyecto literario. Empecé a organizar algunos asuntos con respecto a este tema y como siempre acelerado quería ya tener un título para ese proyecto. Barajé varios nombres, no me convencía ninguno, taché, hice combinaciones de nombres y terminé por dejar la tarea para no caer en ansiedad. Tampoco tenía mucho tiempo para pensar ya que esta semana tuve tareas importantes en la facultad y teatro leído en la Feria del Libro, actividades que ocuparon la mayor parte de mis horas.

Sin embargo, conversando con mi mejor amiga el viernes por la noche luego de vernos en la feria, el título (o el posible título) cayó sobre la mesa. No fui capaz de darme cuenta en el momento pero algo en mí debió removerse para que hoy a la tarde, mientras descansaba, una frase dicha por mi amiga el viernes me disparara la cabeza. La repetí varias veces hasta que me sonó que podía vincularse al proyecto literario que cocino (que preparo, aun no cocino). No sé si sea el título definitivo pero me gusta cómo suena y el sentido que despierta. Por el momento será el título de este nuevo proyecto, que como muchos otros, no sé dónde ni cuándo terminará.

Así que me lo he tomado como una señal de que debo embarcarme en este nuevo proyecto. Dedicarle horas de trabajo, editar, pulir, reescribir y ver qué pasa. Sin más expectativas por el momento.

It’s a match: Diego y Daniela se gustan

 

La llamé Dani. Había pensado en Daniela a secas, Nela o simplemente Hola, pero buscaba hacerla sentir en confianza (y yo también claro). Así que salió Dani. Me respondió casi enseguida y ahí empezó el ritual de preguntas: Hola, cómo estás, qué haces?, a qué te dedicas, etc. Me resulta bastante aburrida esta parte pero entiendo que las chicas hacen este cuestionario para verificar que no hablan con un psicópata. Nada más alejado en mi caso. Apenas si logro relacionarme con mis compañeros de trabajo.

No suelo recibir muchos mensajes ni matches pero ese día tuve más de diez. (¿Ventaja de ser forastero en la ciudad?) Chateaba simultáneamente con una rubia de Sambo (había conocido esa zona hace unos días), una bailarina churrona, una periodista divorciada y con Dani. Con las demás no llegué a pasar de un hola.

Mientras guardaba mis cosas en la mochila para partir, empecé este encuentro virtual con Dani. No era tan linda como la rubia, ni tan esbelta como la bailarina pero había algo en la circunferencia de sus ojos, en la textura de su piel y en su media sonrisa que me hicieron pensar si no sería mejor aplazar un día el viaje a Bucay y así conocerla, respirarla de cerca y no quedarme solamente con su imagen congelada. Hablamos tantas cosas, mucho más de lo que hubiera esperado en un chat promedio en Tinder. Me emocionó el ritmo de sus frases, la precisión de las palabras que usaba y al mismo tiempo el tono de humor que empleaba para decirme que nos habíamos conocido a destiempo. Llegué a preguntarle (como si ella fuera la culpable): “¿por qué no te vi antes?”. La pantalla permaneció en blanco unos segundos hasta que emergió un emoticón medio triste, medio alegre. No sé qué expresión sería la más adecuada.

Pasaban los minutos y la rubia de Sambo no contestó más. Me había tardado en responderle de dónde era y cuando lo hice la pantalla se quedó en blanco eterno, la bailarina me había hecho unmatch y la periodista me dijo que iba a salir, que luego me escribía. Sólo quedaba Dani y mi inminente partida. Le prometí que trataría de volver a Guayaquil, aunque la verdad la plata ya me empezaba a faltar y aun tenía mucho que recorrer (para hacer que valieran la pena los 4000 kms de viaje en avión). Pensaba proponerle que viniera conmigo a Bucay pero sonaría muy extraño. Hice el checkout del hostel cuando me dijo que esperaba verme en unos días (si es que volvía). Antes de perder los últimos retazos de wifi prometí escribirle apenas enganchara señal. Me sonrió (con emoticon) y sentí como si tocara una de sus mejillas. Pude verla entrecerrando los ojos para percibir mejor mi caricia. Me miró con sus dos circunferencias, quise besarla y entonces se desvaneció su imagen cuando perdí la señal.

Aun con la música de sus palabras, caminé por el malecón con un sol de mierda y agarré un taxi para el terminal terrestre.

 

Si te interesa, la primera parte de este relato: https://escribirconsaudade.com/2017/06/21/its-a-match-daniela-y-diego-se-gustan/

It’s a match: Daniela y Diego se gustan

Me llamó Dani, sin mayor preámbulo, tan diferente a los otros babosos que se creen bacanes diciendo huevadas melosas de entrada. Que me llamara Dani me producía una suerte de cercanía a pesar de las máscaras que envuelven a estas aplicaciones fugaces. No era de acá, estaba de paso. “Ya me lo esperaba. Los babosos son los locales”, pensé. Como también pensé o mejor dicho, caí en cuenta, que los dos teníamos nombres que iniciaban con D. Mi abuela me dijo una vez que cuando dos personas se gustan y tienen la misma inicial, la atracción es más fuerte. Como ella y mi abuelo, como mi papá y mi mamá. Vaya sentencia. No debí visitarla ese verano.

tinderMientras los mensajes de otros se acumulaban en la pantalla, la charla con Diego tenía la misma densidad que la de un instante al aire. En breves minutos ya habíamos recorrido el mundo diez veces, repasado novelas decimonónicas, discutido el existencialismo sartriano, chateado en varios idiomas sólo para testear, a modo de juego, la capacidad de flirtear en lenguas ajenas. Recorrí sus fotos varias veces, me metí en sus paisajes, en sus neuronas, quise entender la matemática de sus pensamientos y ver si podía lograr que se quedara un día más, que no dejara la ciudad en busca de nuevos territorios sino que usara y recorriera el mío. Pero sus caminos ya estaban trazados y haría mutis en cualquier momento sin la catarsis aristotélica anunciando el desenlace.

¿Por qué no te “vi” antes?, su pregunta resonó en mí sin piso aparente. Me recordó mi atracción involuntaria hacia los tiempos cíclicos del subjuntivo y del condicional. Conmigo no funcionan ni el indicativo ni el imperativo. Otro chico que se perdería en los caminos de la virtualidad, que no podría conocer. El tiempo -y la gramática- siempre han sido mis amables enemigos.

Se despidió, prometió volver a la ciudad con un dejo de duda (lo deduje, claro). Aunque estoy cebada para la pérdida (creo), un encuentro siempre gatilla en mí una posibilidad, pero luego quedan las ganas, las promesas, la ausencia del chat, la ruptura de un vínculo extraño entre dos extraños.

Sin más apago el celular, lo dejo caer al abismo de mis memorias en modo potencial. Salgo de casa asfixiada de nostalgia (¿es posible la nostalgia de la nada?), camino, acelero, freno, transpiro.

Es un miércoles soleado.

Saudade de Domingo #60: Ahora en Facebook

Hace ya algún tiempo venía pensando si abrir o no otra ventana de mi casa Saudade. Me parecía interesante, como otro lugar para estar, pero como muchas veces, me invadía la pereza y así se fue posponiendo la idea hasta que por algún alineamiento de astros esta semana me dije que tenía que hacerlo. Y ese «tener que hacerlo» surgió como un fastidio, como una especie de dolor o picazón del que debía desprenderme generando una «sucursal» de mi blog.

En este nuevo paso conté con la ayuda de mi amiga mosquetera Diana Pacheco «Pachukis», quien diseñó el logo de Escribir con Saudade. Como siempre se tomó la misión en serio, leyó mi blog y a partir de ahí generó varias propuestas. De esas, quedó la que actualmente luce en la fan page y ya estamos pensando en otras ideas para lo sucesivo.

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Diseño: Diana Pacheco «Pachukis»

Hoy domingo 11 de junio nace la sucursal Escribir con Saudade en Facebook y esto me ha hecho pensar en los inicios de blog, allá por el 2004 cuando estaba en primer año de universidad y el postear en blogs era realmente una moda. En aquel entonces estaba en Blogger y si bien se llamaba Escribir con Saudade el nombre de la dirección era en portugués: minhasaudade. No recuerdo los primeros escritos pero eran más nostálgicos  que ahora. Del blog salieron esbozos de varios cortometrajes que hice, escribí a modo de diario mis primeros «triunfos», los primeros fracasos, el proceso de titulación de licenciado, los primeros trabajos, los primeros amores, la migración a Argentina, la titulación de master, la vuelta a Ecuador, mis viajes. Me gusta mirar/leer mi blog como un pequeño cofre sin el desgaste físico pero sí con la callosidad literaria del paso del tiempo, identificando los diferentes yoes que me han habitado estos años.

Además de ser mi cofre memorioso, Escribir con Saudade es mi casa de experimentación. Aquello que no termina en guion, cuento o novela viene a parar acá o de acá parte para otra cosa. Con el tiempo he aprendido también a maltratarme menos, a criticarme menos y dejar que los textos simplemente sean. Sigo aprendiendo que los errores y los abordajes narrativos son laberínticos. Que hay que explorar, equivocarse, no tomarse tanto en serio como escritor y dejar que sea la conjunción de tiempo, espacio y voluntad, el que haga el trabajo pertinente. En ese sentido me permito ser un especie de catalizador de «algo» y que vayan apareciendo inquietudes, pulsiones que lleven a alguna clase de texto.

Así que ahora ya está la Fan Page, con el principal objetivo de compartir mis reflexiones, mis escritos. Siempre he sido muy reservado con mi escritura pero con la llegada de los 30 he entendido que el mundo es abundante y que cada uno de nosotros, desde lo que tiene, puede y debe colaborar con esa abundancia.

Ya no hay ninguna molestia física. La Fan Page está creada.

 

 

 

Saudade de Domingo #59: Hipotecarse

«En esta casa se hace lo que yo digo», «Cómo me haces esto después de todo lo que he hecho por ti», estas como muchas otras frases plantean de cierta manera, un poder de alguien sobre un otro. En una primera lectura se podría pensar: «Qué hijo/a de puta autoritario, sacando en cara las cosas», pero en realidad más que el soberbio o soberbia enfermo/a de poder, el verdadero problema radica en el otro/a que ha aceptado las reglas del juego, que ha aceptado «hipotecarse».

Hipotecarse, usando la analogía financiera, sería para mí como obtener algo de alguien sea como regalo, préstamo o ayuda y que luego se puede devolver o no. Normalmente ese alguien serían los padres, familiares cercanos o amigos con quienes se siente más confianza para pedir algo y también más confianza para deber si fuera el caso. Y en ese tiempo en medio, mientras saldamos la deuda, quedamos hipotecados a esa otra persona. Si fuera un hijo/a de puta autoritario/a podrá sacar en cara los favores pero aunque no lo fuera, la deuda igual existiría y en retribución tocaría hacer los favores que nuestro acreedor necesite.

Por mis propias experiencias y la de allegados, siempre en algún momento estamos hipotecados a alguien. En primera instancia lo estamos a nuestros padres hasta cierto momento (o toda la vida algunos). Vivir con ellos, tener los beneficios de un hogar, hace que también se te planteen obligaciones más o menos justas. Y a la menor sublevación, el latigazo hipotecario surge como una suerte de knock out definitivo y de ahí, luego el silencio (o la emancipación).

Con las parejas y las amistades pasa también. En situaciones de escasez monetaria, la pareja resulta el primer gran apoyo cuando no se quiere deber a los padres. La pareja ayudará de forma desinteresada y aunque haya mucho amor (como con los padres) en algún momento quedarán a la vista las costuras de la hipoteca. Tocará hacer cosas que no se quieren hacer debido a la hipoteca existente y es mejor no quejarse para no evidenciar más la deuda.

Hasta acá, todos hemos pasado por situaciones así. El gran problema es cuando estamos hipotecados a muchas personas: Padres, amigos cercanos, parejas, ex parejas, compañeros de trabajo, etc. En los años que viví en Argentina hice terapia de PNL y con mi coach (al que considero mi papá argentino) me di cuenta de lo hipotecado que estaba a muchos personas. Y no todo era de índole monetaria. Había hipotecado afectos, recuerdos, llamadas, encuentros. Lo más evidente era la plata, pero lo más duro era ver que también había hipotecado cosas intangibles. Amor por ejemplo. Hacemos ciertos sacrificios por la pareja en espera de que ella o él haga lo mismo por nosotros y también cuando exigimos ciertos sacrificios estamos queriendo establecer una hipoteca mutua. tuile_20_tuile_gestion_photoQueremos estar embarcados ambos en la deuda, ser deudores y acreedores al mismo tiempo. Con los años de sesiones de PNL aprendí a identificar las situaciones hipotecarias y también a desplazar «la culpa» o mejor dicho «la responsabilidad». El responsable aunque cueste admitirlo, sería aquel que solicita el favor/servicio/afecto/dinero, etc. Hay situaciones de vida o muerte en la que no queda otro remedio, pero cuando a la más mínima dificultad buscamos hipotecarnos como medida de salvación, estamos cayendo en un craso error. Porque más allá de la forma física en la que se presente la carencia, el gran problema está en que inconscientemente no nos sentimos capaces de solucionar nuestros propios problemas. Nos hemos acostumbrado tanto a la hipoteca, que no creemos que podemos solventar nuestros problemas o aflicciones por nosotros mismos. La hipoteca resulta una tabla de salvación, un oasis en el desierto que en realidad sólo funciona a corto plazo, es un paliativo breve, porque luego viene la verdadera deuda: le entregamos a la otra persona las llaves de nuestra libertad y en esa óptica, el acreedor puede usar las llaves como pueda y quiera.

Siendo consciente de eso trato de ser más cauto a la hora de pedir favores como también a la hora de hacerlos. Como ley metafísica (y cristiana también) hay que dar para recibir y creo que ambas condiciones deben darse por igual. El problema de todo esto, que en palabras se oye lindo, es que tenemos en el medio a un gran villano que es el Ego que todo lo filtra y usa a su conveniencia. Entonces con el Ego en medio, la mano que da es la misma que en algún momento va a cobrar con algún favor y la mano que recibe se acostumbra a obtener perdiendo su propia libertad, precio que al momento de pedir puede parecer poco pero que luego irá creciendo. Acá surge entonces una pregunta: ¿Hasta cuándo estamos hipotecados a alguien?

Para eso no hay respuesta exacta. Lo recomendable sería saldar lo que se deba en el plano que sea conveniente y empezar a asentarse en uno mismo. Creerse capaz y convencerse de que cada uno de nosotros tiene la autonomía suficiente para generar sus propios beneficios sin depender de otro. Es necesario empoderarse, estar seguros de las capacidades que se tienen y si acaso toca hipotecarse alguna vez, saber de antemano de qué manera puedo liberarme de esa deuda.

Que no se entienda que no hay que ayudar. Claro que hay que hacerlo y desde el lado de acreedor hay que tratar de olvidarse de la hipoteca que hay en medio. Quizás lo mejor para no crearse ninguna expectativa es establecer las condiciones de retribución de la hipoteca, para no dejar una deuda tácita, ambigua en el aire que pueda llevar a intereses permanentes sin una fecha de caducidad determinada.

Y bueno, acá termina mi cuarto de hora de autoayuda. A veces es necesario para aclararme ciertas cosas que no logro digerir.

La soirée d’Ania

Elle aimait bien le français, le gustaba enredarse en los vericuetos de las erres guturales y la sonoridad que producía hablar el francés en susurro. Pero yo la recuerdo en español, lastimada con la «s» aspirada del infierno guayaquileño y agotada con los adverbios revueltos entre los dientes. Ania se reinventó en el francés, se cobijó en los capullos de los participios y en la incertidumbre de las palabras mutiladas de «s» en la lengua hablada. Pensaba mejor en francés, escribía mejor en francés, masticaba mejor en francés. Quiso traerse la lengua a su departamento y con ella se importó a un galo simplón al que masticaba todas las noches. Primero sus dedos, luego sus brazos y cada tanto, si no quedaba satisfecha, rebanaba un pedazo de espalda. De todas formas el francesito mucha carne no tenía, así que Ania empezó a optar por su sangre, molecularmente merovingia.

Lo desangraba con cuidado cada noche para que pudiera recuperarse durante el día con el empacho de frutas, carnes y verduras que le daba como desayuno. Al francesito le gustaba ser desangrado, jugar cada noche a la ruleta rusa con la mandíbula de Ania succionando sus venas. En ese umbral de vida y muerte llegaba a un orgasmo marchito hasta que, recuperado, se encontraba con una Ania, roja, vibrante, despeinada como ciertos acordes de un jazz de Ray Charles. El repertorio musical (cualquiera que fuese, de la chanson française hasta polka) siempre terminaba luego de la última gota de sangre. La melodía solía acompañar el ritmo de extracción con el que Ania ingería la sangre del francesito. El evento podía durar tres o cuatros canciones dependiendo del ritmo, pero la noche que Ania eligió a Chiara Mastroianni y Benjamin Biolay, algo se estremeció en sus huesos con las voces susurradas de esa ex pareja. Ania sintió en ellos un sabor a ruptura aun cuando todavía estaban juntos al momento de grabar la canción. Sus venas se llenaron de recuerdos, de todas sus rupturas, de todos los adioses. Quiso seguir extrayendo la sangre del francesito pero su lengua estaba ácida y agobiada por la plasticidad de su memoria fue a tomar aire al balcón. Llovía fuerte y la humedad no hizo más que ahogarla, sin prestar oídos al francesito que llegaba a la muerte con su sangre como alfombra de ese piso sin lustrar. Ania seguía pensando en la sangre del francesito a la que sintió ácida y sólo ahí, cuando La chanson de la pluie estaba por terminar, se dio cuenta que la culpa no era de la canción ni tampoco de su lengua. Era la sangre del francesito (mezclada, revuelta con los hematíes de alguna mujer tropical), la que había activado su nostalgia como pathos. «Franchute hijueputa», dijo ella con la sonoridad de guayaca herida.

Luego saltó por la ventana en busca de algún nativo de sangre pura para succionar.

Saudade de domingo #58: Mi mami

No soy el hijo modelo, como tampoco el hombre ideal ni el perfecto profesional. Pero si algo he aprendido gracias a mi mamá, es a no bajar los brazos y arriesgarme, teniendo la seguridad de que todo saldrá bien (ella es muy optimista). Muchos son mis momentos de duda pero ahí está mi mami dándome fuerza, recordándome la importancia del verbo, del peso que tienen las palabras y de estar siempre en movimiento. «El que no arriesga no gana», una de sus frases típicas cuando flaqueo. El año pasado mientras trabajaba en mi monólogo Pa et Blunk, muchos fueron los momentos en los que pensé dejar el proyecto y ahí aparecía mi mamá diciéndome: «…qué aburrida sería la vida si siempre hiciéramos lo que sabemos hacer bien, ¿no? Cuando no sabes algo y lo aprendes, ahí la vida es interesante». No son las palabras exactas de mi mamá, pero sí que estoy bastante cerca a como lo dijo algunas veces. Luego recordé que a pesar de lo menudita y frágil que se pueda ver, mi mamá es el gran soporte emocional de mi familia, el equilibrio, la mujer que en sus veinte dejó su país para vivir su propia historia de amor. Quizás ella misma no se vea como una guerrera, pero lo es. Muchos paralizados de miedo ante la incertidumbre, habrían dejado el amor pasar, se habrían afincado en la seguridad que da la propia tierra y nunca habrían aprendido algo nuevo. Ahí, según la filosofía de mi mamá, la vida sería aburrida.

De mi mamá creo tener muchas cosas (al igual de mi papá), pero no estoy muy seguro de 15589887_10153888398356486_5805331276277806586_ncuántas y cuáles serían a ciencia cierta. Seguro que la búsqueda espiritual viene por ella y por mi abuela (su madre). Y no hablo de esa búsqueda espiritual necesariamente cristiana ni de iglesias. Es la de buscar más allá, de encontrar una metafísica en lo que nos rodea. Le agradezco por nunca haberme inculcado la idea de un Dios castigador, le agradezco por no haberme obligado a ir misa si no lo sentía, le agradezco por respetar que en mi adolescencia y en mis primeros veinte me hubiera autodenominado ateo, le agradezco por enseñarme a no juzgar a nadie que profesara un credo diferente. Mi mamá, quien nunca fue profesora, ha sido mi mejor maestra de las cosas sutiles, de los valores que no se pueden intercambiar.

Como decía no soy el hijo modelo y en eso ella no tiene la culpa. Cada quien es como es, pero en lo que sí tiene culpa (si cabe) es en la honestidad y en la pasión que le pongo a las cosas. Si no me doy entero prefiero no estar, si no me gusta algo prefiero decirlo y borrarme, si no estoy de acuerdo con algo, respeto a los involucrados pero me retiro. Esa transparencia la tengo de ella y también su carácter obstinado. Cuando nos metemos algo en la cabeza, trabajamos en todo para conseguirlo. Y para los momentos de flaqueza, aparece ella como couch, recordando todo lo que hemos leído y las experiencias previas en las que hemos salido exitosos.

Feliz día mami, de tu hijo no modelo.

Saudade de Domingo #57: Sobre los objetos y los afectos

La sincronía y la atracción existen. No quiero teorizar a lo académico sobre esto sino pensar en la energía propia y ajena que suscitan aparentes «casualidades». En los últimos días he estado pensando mucho acerca de objetos que antes usaba y que ahora han sido reemplazados por la cuestión digital. Para estas divagaciones mentales hubo dos acontecimientos que, ahora que escribo, pienso que fueron detonantes: El primero, un trabajo universitario que con una colega redactamos para estudiantes de Audiovisual del último año, con el objetivo de rescatar la memoria perdida -olvidada- de Guayaquil a través de documentales cortos. El segundo, ver a mi papá desempolvando su vieja cámara HI8 para recordar a nuestra perrita que falleció hace algunos años. El recuerdo como recurso siempre me ha interesado en la creación y dar por sincronía o atracción con una obra de teatro que habla sobre esa temática, me ha removido aun más. Y removido sin saber bien qué hacer con esta nueva ansiedad.

Y en este remolino interno de pretéritos inacabados, de objetos que resisten al tiempo, me encuentro con la obra de teatro La máquina de la soledad. Sin saber muy bien de qué se trataba, una amiga la recomendaba a ciegas en Facebook y por la confianza que le tengo, decidí probar suerte con esta obra. La máquina de la soledad es una pieza que hace un homenaje a la carta como objeto y como símbolo. Shaday Larios (México) y Jomi Oligor (España) montan una obra de lo mínimo, encontrando en el detalle de la miniatura, la magia, la partícula de la memoria. La obra se inserta en el espectador de una forma tal que no se sabe bien cuándo empieza ni cuándo termina. Es como la memoria, en la que aparecen fragmentos, retazos con los que componemos una médula del recuerdo. La espina dorsal de la obra son las cartas y ellas arman una historia de amor de una pareja en el San Luis Potosí del 1900. Jomi cuenta el relato con la intimidad que el mismo espacio produce y con la voz en susurro como si nos contara un secreto, respetando la privacidad que se esconde en una correspondencia ajena. La misma que ahora es dramaturgia.

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Y con las cartas de la obra, pensé en las cartas que Milton y Betsy (mis papás) se escribieron entre 1975 y 1981, sosteniendo seis años de amor por correspondencia. Cartas que luchan contra los aguijones del tiempo, papel que resiste a la aridez del espacio. Le doy vueltas a hacer algo con esas cartas, así como con las fotos y los vídeos familiares que reposan en el olvido perenne de los álbumes  y de cajas de casetes. Es mi historia, la de mi familia, aun cuando en una primera lectura pudiera pensar que es sólo la historia directa de mis papás, de mis abuelos o de mis tíos.

Escribiendo en este teclado de MacBook Air me veo a mí mismo, hundiendo con fuerzas las teclas de la máquina Olimpia en la que escribí algunos cuentos. Esa máquina, de las primeras que hubo en casa, fue la que me enseñó a teclear con velocidad, fue mi escuela para competir con la velocidad de mis pensamientos y la que ejercitó mis dedos para enfrentarme al cansancio de la mano ansiosa. Así como en la obra, donde la actriz Shaday Larios se preguntaba cuántas palabras habría escrito la máquina de un escribano, me pregunto por la vieja Olimpia que escribió por mi papá y por mí hace ya tiempo. Sin duda algo debo hacer para aligerar y reubicar a todos estos objetos, obesos de memoria y afectos.

Retorno

Tenía casi veinte horas de viaje cuando abracé casi sin fuerzas a Camila en la sala de llegadas internacionales. Mientras la abrazaba pensaba en el horrible aspecto que debía tener, en la humedad de mi cara y maldecía haber comprado un pasaje barato a cambio de sufrir cuatro escalas inútiles con esas horas de vacío que no se llenaban ni siquiera vitrineando en el Duty Free. No quería verme mal. Después de todo, tenía más de diez años sin verla y uno tiene su amor propio, quiere causar buena impresión, que la otra persona piense -aunque no lo diga- que bien le han sentado los años, se ve mejor que antes y huevadas así por el estilo. Pero el mal ya estaba hecho, no me veía bien y con el jetlag mucho peor. No había caído en cuenta que en Guayaquil eran apenas las dos de la tarde, aun cuando mi hora australiana reclamara mi cama IKEA que había vendido hace dos días -¿o tres?- en Sydney.

Nos separamos, me miró por un rato. Supongo que pensó que el tiempo no me había hecho feo sino que el viaje me había desfigurado. Esbozó una sonrisa y me dio un beso en la mejilla. Sentí nuevamente su perfume frutal de otros años y que nunca más había vuelto a oler en alguien. Seguía igual de linda que antes. Quizás hasta más. Bueno, siempre me han gustado las mujeres treintonas, con esa frontera difusa de lozanía veinteañera y madurez. Camila ahora se encuentra en ese bando de mujeres y si bien la amé, pueril, ingenua, loquita, me resulta más atractiva con el tránsito superado de los veinte.

No estaba entre mis planes que Camila me fuera a buscar al aeropuerto, pero dado que mi hermana estaba en una cobertura periodística en el Congo y mis padres se habían retirado a vivir a la playa, no me quedaba otra opción que tomarme un taxi, algo que Camila por chat me dijo que no era correcto. «Te podrían asaltar, te olvidas que regresas a Guayaquil, no? Hay muchos ladrones haciendo guardia cerca del aeropuerto de ojo seco a ver quién lleva muchas maletas». Intenté minimizar su advertencia pero ella sin más organizó sus horarios para estar puntual a mi hora de llegada.

Reconozco que no pensé mucho en cómo sería el reencuentro sino hasta el momento en que el avión pisó tierra. La fila de migración se me hizo corta recordando los viajes a la sierra, el feriado en Cartagena, el encebollado matutino de la chupa de la noche anterior, las cenas abundantes luego de latiguear con comentarios alguna obra de teatro. Camila más que mi novia de los veinte había sido mi pana, el apoyo en momentos difíciles que prefiero saltarme para no empañar la cápsula de este recuerdo que guardo celoso en papeles varios.

La charla en el auto fue amena pero rara. A momentos tuvimos paréntesis, un silencio suspendido que se asemejaba mucho a lo que duró nuestra relación a distancia. Sí, intentamos ver si funcionaba pero Australia es cruel con su diferencia horaria, Ecuador es cruel con su fragilidad de memoria y así, luchando con la geografía, nos perdimos sin advertir nada. Nunca hubo un término. Quedó una ruptura tácita, flotante, que se evidenciaba ahora en esas pausas breves en el auto. Era como si uno de nosotros esperara que el otro hiciera mención en algo de lo que nos había ocurrido. Sin embargo, ahogados en nuestras propias expectativas, recurríamos a algún tema trivial para aliviar la carga. «¿Cómo están tus papás? ¿Qué es de la vida de Mayra? ¿Fernando sigue filmando ese documental en la selva?» Cualquier pregunta cojuda adquiría de pronto una relevancia estratósferica y todo para realmente evitar lo que realmente nos interesaba saber.

Ya con el auto por la Plaza Dañín, Camila me dijo que antes pasaríamos a ver a Ricky al jardín de infantes. Sonreí y aproveché para preguntarle por él. Tenía tres años, era un niño alto para su edad (algo que luego comprobé) y era el más pilas de su clase. No me atreví a preguntar por Ricardo, pues no quería que eso diera lugar a alguna pregunta sobre nosotros. Así que para efectos de la conversación sólo existían ella y Ricky, sin padre, con su imagen presente pero oculta, como esa astilla que con el tiempo consiguió separar más que la propia geografía.

Camila bajó del auto. Pude verla completa, seguía tan bronceada como todos los abriles y su pelo algo quemado en las puntas cubría parcialmente sus brazos. Aunque fue rápido el movimiento pude al seguir su camino hacia el jardín, la redondez del inicio de sus senos. Habló algo con el que custodiaba la puerta, le sonrió con el mismo despliegue que yo había fotografiado por placer en cualquiera de nuestras salidas. En nuestros años de amor, la cámara era el mal o buen tercio, según quiera mirarse. Y la retraté una, diez, veinte, cien, mil veces. Siempre quise, temiendo un final, empapelarme con ella, registrando cada poro de su cuerpo, cada detalle de sus ojos, el relieve de su nariz y de sus labios. Y ella sonreía tímida, quizás un poco culpable de gustarle ser mi centro de atención. Y siempre tenía que haber, al final de cada sesión improvisada, una última foto de ella con sus manos tratando de tapar el lente de la cámara.

Pocos minutos después Camila regresó con Ricky. En un primer segundo lo odié. No quería ver en un ser de casi un metro, la perfecta combinación de Camila y Ricardo. En Ricky la genética había hecho una jugada maestra y el equilibrio de sus cromosomas maternos y paternos me hizo odiarlo. Pero el niño tenía la dulzura de Camila, me saludó con un beso en la mejilla y terminó de desarmarme (para bien y para mal), cuando me llamó tío Marcelo. En ese momento, me odié a mí mismo.

Ricky hizo su reporte rápido de actividades del día a su madre y yo apenas presté atención en sus palabras. Lo miraba por el retrovisor moviendo sus labios pequeños y haciendo grandes movimientos con sus brazos. Será actor, pensé, como su madre en sus años veinte. Camila me trajo al presente cuando me miró y sonriendo con ese despliegue fotográfico me preguntó cuál era el número de la casa. 111, le dije. Se aparcó unos metros más adelante. Me despedí de Ricky con un apretón de manos y ya bajando las maletas, como si quisiera recuperar el tiempo perdido en esos segundos antes de la despedida, Camila me dijo que debíamos vernos de nuevo. La observé incómoda, su rostro estaba fuera de foco, como aquellas primeras fotos que le sacaba cuando estaba aprendiendo a tomar con la cámara en modo manual y no en automático. Quise besarla, apretarla, enterrar mi nariz en su cuello perfumado y huir con ella. Pero solo atiné en decirle que podíamos vernos al día siguiente en el lugar de siempre.

¿Entendería ella cuál era ese lugar?

Bello recuerdo

La música despierta en mí fibras que muchas veces hecho el cancherito digo «no, ya está todo superado». Y resulta que no, que cuando resuenan las primeras melodías de determinada canción, toda la emoción aparece, el tiempo pierde su línea y estoy ahí viviendo una escena, una despedida, un desengaño y claro, también lindos momentos. Saudade pura.

Mañana cumplo 31 y como si mi cuerpo supiera que tendrá un año más, me ha removido muchas cosas en estas semanas. Recuerdos, metas, sueños, sentimientos. Hoy, el cuerpo «ha pedido» escuchar esta canción. Es como si necesitara de una buena dosis de la voz de Maria Rita. Me encanta especialmente en este video, susurrada, melancólica al inicio; arrebatada, enojada, después. Me remonta a unos ocho años atrás y con esta canción he tenido recuerdos diversos, tristes, alegres, grises, rojos. Curiosamente la primera versión que escuché de esta canción fue de María Rita cantando con su padrino, el genial Milton Nascimento. Dos emociones diferentes. Y hoy no quise la versión a duo, hoy quise a Maria Rita, sola para mis oídos.