Saudade de domingo #15: Novela a la vista

Cada año suelo fijarme metas. Que no las cumpla todas también suele pasarme cuando hago el repaso rápido al final del año. Una de esas en el 2015, fue escribir una novela de cero que recogiera ciertas vivencias mías de los últimos tres años. La empecé, la avancé pero todavía hay un trayecto por recorrer para terminarla. Son ya siete meses de trabajo en los que me he sumergido nuevamente en las calles de Buenos Aires, en sus bares, en charlas de vino y café que tuvieron otro derrotero en las páginas que escribo.

Aunque la novela surgió como un proyecto casi autobiográfico, las primeras semanas se encargaron de mostrarme que el calco de mis vivencias no era lo que esa historia necesitaba. Esa novela embrionaria precisaba de más aciertos, más fracasos, más calle y por supuesto, más tiempo de distancia entre todo lo vivido en Argentina y lo que vivo actualmente en Guayaquil. Como resultado tengo entre manos una novela que no sabría bien cómo definirla en este momento que me encuentro más a o menos a mitad de camino. No se casa con ningún género específico y la influencia cinematográfica y musical son indiscutibles. Concibo esta novela con una mirada desde el cine europeo, de personajes latinoamericanos con ritmos sureños y tropicales. Es todavía prematuro hablar de certezas, pero me gusta el trayecto que van marcando los personajes en el compás dictado por la misma historia. Tiendo a enamorarme de determinadas situaciones o personajes que ya tienen un tiempo de caducidad y me debato entre darles una segunda oportunidad o cumplir con el esquema planteado. En esos momentos dejo que sea el corazón quien indique qué hacer. Ya luego vendrá una etapa de corrección, de reescritura que afinará las locuras sanguíneas. Por ahora me dejo llevar principalmente por una pulsión que me indica seguir, seguir, seguir.

Sin embargo no todo fluye siempre como me gustaría. Hay días que escribo de manera automática, en un intento desesperado por cumplir con todos los acontecimientos planeados en una escaleta, que además se ha ido modificando con el paso de los meses. Hay otros días en cambio que estoy tan sumergido en la escritura que al igual que el David Bourne de Hemingway en El Jardín del Edén, me cuesta lidiar luego con el “mundo real”. Mientras camino, veo una película o incluso dando una clase, me asalta algún pensamiento sobre la novela o pesco alguna frase que me parece que se ajusta con la escena que debo escribir. Para esos momentos ya suelo estar preparado con una libreta a la mano para no dejar escapar ese “pez dorado” del que habla David Lynch al referirse a atrapar las ideas. A veces sirve, otras veces funciona mejor para otros proyectos, pero el asunto es estar conectado el mayor tiempo posible. Es un desafío, por supuesto.

No sé todavía en qué decantará la novela finalmente, por el momento me gusta tener el deseo y la obligación de escribirla, de diseñar las escenas, de elegir los verbos apropiados para conducir la narración. Puede que en los próximos meses la termine y la condene en un cajón para siempre, la reestructure para otro formato o se cambien sustancialmente ciertos momentos de la trama. Será el mismo universo narrativo quien decida y me imponga el cumplimiento de las leyes que yo mismo le he creado.

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