He dejado este espacio por algunas semanas pero ha sido por un pequeño problema de salud. El retraerme de ciertas actividades laborales fue también la oportunidad de hacer cosas que normalmente hago de forma limitada como ver películas y sobre todo, leer. Al estar en reposo, estaba «obligado» a realizar actividades más bien pasivas que no demandaran mucho esfuerzo físico, de modo de que el ver y el leer fueron espacios importantes para mi recuperación. Sobre lo que vi, comentaré en otro post, pues ahora me gustaría centrarme en la lectura, que de alguna forma, esconde implícitamente a la escritura.
La lectura ha sido desde mi infancia una actividad que me ha acompañado en una infinidad de momentos. Antes de dormir, al despertar, al almorzar, luego de almorzar, en el metro, en el colectivo, en el avión, en el tren, caminando (sí, aunque es medio complicado), esperando a alguien. Incluso he llegado a soñarme leyendo. Recuerdo haber leído en alguna entrevista a Borges donde decía que podía prescindir de la escritura, pero jamás de la lectura, cosa que en su momento me llamó la atención viniendo de alguien con una literatura potente pero que ahora, con el paso del tiempo, no puedo estar más que de acuerdo.
Hemingway seguramente pensaba parecido a Borges. En una entrevista la preguntaron qué debía leer un joven escritor y respondió que debía leer todo. A la pregunta de su interlocutor alegando que era imposible leerlo todo, Hemingway había replicado: «No digo lo que puede, digo lo que debe».
Los libros para mí son una especie de manto protector. Me aíslo y al mismo tiempo, me introduzco en el mundo, veo la vida pasar a través de un autor, autora que ha tamizado su cosmovisión a través de las letras. Navego en otros espacios y tiempos posibles, me desafío en la rítmica que impone su creador, subrayo las frases, pasajes que más me golpean (no hay otro verbo mejor) y luego al terminar el libro, siento la acuciosa necesidad de empezar otro camino, esto es, otro libro. Es una adicción que no cesa.
El tiempo de lectura puede ser breve o largo, aunque reconozco que soy más de breves lapsos. Me gusta disfrutar de la lectura a cuentagotas, con derecho a repetir ciertas frases en la siguiente sesión a modo de «escenas del capítulo anterior» tan de moda en las series actuales.
En esos espacios breves de lectura también incluyo los libros que no he leído en su
totalidad. Cuando voy a una librería, lo que más odio es cuando el dependiente se me acerca y me pregunta si busco algo. Sé que hace parte de su protocolo pero no quiero explicarle que no lo necesito, que lo que busco será producto de los libros que se presenten ante mí, que serán ellos quienes me escojan aun cuando muchas veces tenga una idea vaga de qué quiero leer. Usualmente sólo sonrío y saludo, suponiendo que mi no respuesta es un pedido humilde de no querer ser interrumpido en mi búsqueda literaria.
Luego de eso empieza la aventura. Recorro los estantes, saco varios libros, los ojeo, los huelo y si hay algo que me conecte, me quedo con ese libro en la mano hasta tomar una decisión final. Al salir de la librería, con uno o varios libros a la cuenta, los diferentes fragmentos leídos revolotean en mi cabeza, del mismo modo que cuando uno ve un trailer a medias y a veces quisiera saber el nombre de la película.
La lectura además de extraerme por instantes de la realidad, me resulta un combustible para mi propia escritura. García Márquez, en ocasión de un taller de guion que dictaba en San Antonio de los Baños, dijo que los escritores leíamos mucho sólo para saber cómo los otros han logrado escribir esos libros, como si se tratara de descubrir la alquimia, la magia que envuelve a la carpintería de esos textos. En cierto punto, estoy de acuerdo, pero también es verdad que muchas veces me abandono a esa magia, sin importarme cómo logró «embrujarme». Quizás esto de la magia se vuelve más evidente, cuando salto de un autor a otro y percibo inmediatamente que utiliza otra «caja de herramientas». Me ha sucedido hace poco luego de leer varios libros de Mariana Enríquez y pasar a Alan Pauls. Y de Pauls a Andrés Neuman. Comparando la escritura de los tres percibo el arsenal del que cada uno dispone y me he encontrado varias veces releyendo fragmentos en busca de «sus técnicas».
A propósito de Neuman, estoy leyendo su reciente novela Fractura. Es un trabajo de largo aliento pero no puedo parar de leerlo. La prosa con la que escribe tiene una melodía que el tiempo parece quedarse suspendido ante los acontecimientos mínimos que atraviesan la historia. Leyéndolo, me sucede algo parecido a lo que decía George Steiner: «En cada acto de lectura completo late el deseo de escribir un libro en respuesta». No es que pretenda «competir» con la novela de Neuman sino que me inspira a continuar su trabajo, no como una segunda parte, sino como una siguiente jugada, como si fuera un tiro de esquina en el universo de la creatividad, con mi propia «caja de herramientas». Algo de eso produce la lectura de las grandes obras, ese deseo implícito de aportar con la escritura y así seguir saboreando esa telaraña de novelas y relatos que luego viven en comunión en una librería o biblioteca para elegir a sus lectores.

de agua y también de días soleados con humedad de 60-70%, pero también de compartir con seres queridos. Este año mi hermana ha venido de Buenos Aires a pasar las fiestas y hoy fue el día para armar el árbol. Es un momento muy esperado especialmente por mi hermana y mi mamá. Fue bonito compartir ese momento con música y tomando rompope. Al rompope le agregué bolón. Una mezcla extraña pero deliciosa. Lo líquido con lo sólido, lo dulce con lo salado. Alternamos las luces, los lazos navideños con algunas fotos. Había que dejar el registro de este año.





Trasplantarse en un viaje es mirarse. Darse la oportunidad de caminar, de impregnarse del aroma de otra ciudad, de escuchar a la gente en las calles, implica siempre cuestionarse y no siempre es agradable. Especialmente cuando se viaja solo, se toma conciencia de la propia fortaleza. Es necesario soltar lo que no sirve y atesorar una imagen, un aliento, un sabor. Llenarse quizás de cosas «menores» en un mundo donde cada vez nos miramos menos. Y claro que puede ser doloroso darse cuenta de quién es uno en determinado momento, lejos de casa. Recuerdo en unos de mis viajes a New York, haberme sentido desolado en medio de la gente en Times Square. Fueron apenas unos cuantos minutos en lo que no paré de preguntarme qué me pasaba. Estaba en la capital del mundo, rodeado de gente de nacionalidades infinitas, con música por todas partes y flashes por segundo. En ese escenario me sentí abrumado no tanto por ese exterior apabullante y sí porque estaba pasando por una crisis sentimental, una ruptura y de alguna manera Times Square me hizo mirarme en su espejo.
Tres noches en Quito fueron suficientes para mirarme, escucharme en el silencio y conectarme con los personajes de una obra de teatro que estoy escribiendo. Sólo salí la mañana del segundo día para comprar provisiones, caminar un poco y volver a mi encierro. Al tercer día me vi con un amigo a tomar una cerveza y volví a mi encierro creativo. La verdad fue maravilloso dormir, escribir, salir un poco, volver y seguir escribiendo. Tenía la sensación de estar en mi propia película y sólo salía a la ciudad para tomar aire. Aunque estaba solo físicamente, tenía a todo un ramillete de personajes a mi alrededor que se iban dibujando en la pantalla mientras me mostraban el camino de su historia. A veces esto puede asustar un poco, pero cuando me pasa, recuerdo las palabras de una amiga actriz a propósito de la creación de un personaje: «A veces no es mucho lo que tienes que hacer, debes aflojar y dejar que la magia haga su trabajo de creación. El problema es que a veces asusta, pones resistencia y todo se diluye».
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