Saudade de Domingo #108: La lectura

He dejado este espacio por algunas semanas pero ha sido por un pequeño problema de salud. El retraerme de ciertas actividades laborales fue también la oportunidad de hacer cosas que normalmente hago de forma limitada como ver películas y sobre todo, leer. Al estar en reposo, estaba «obligado» a realizar actividades más bien pasivas que no demandaran mucho esfuerzo físico, de modo de que el ver y el leer fueron espacios importantes para mi recuperación. Sobre lo que vi, comentaré en otro post, pues ahora me gustaría centrarme en la lectura, que de alguna forma, esconde implícitamente a la escritura.

lecturaLa lectura ha sido desde mi infancia una actividad que me ha acompañado en una infinidad de momentos. Antes de dormir, al despertar, al almorzar, luego de almorzar, en el metro, en el colectivo, en el avión, en el tren, caminando (sí, aunque es medio complicado), esperando a alguien. Incluso he llegado a soñarme leyendo. Recuerdo haber leído en alguna entrevista a Borges donde decía que podía prescindir de la escritura, pero jamás de la lectura, cosa que en su momento me llamó la atención viniendo de alguien con una literatura potente pero que ahora, con el paso del tiempo, no puedo estar más que de acuerdo.

Hemingway seguramente pensaba parecido a Borges. En una entrevista la preguntaron qué debía leer un joven escritor y respondió que debía leer todo. A la pregunta de su interlocutor alegando que era imposible leerlo todo, Hemingway había replicado: «No digo lo que puede, digo lo que debe».

Los libros para mí son una especie de manto protector. Me aíslo y al mismo tiempo, me introduzco en el mundo, veo la vida pasar a través de un autor, autora que ha tamizado su cosmovisión a través de las letras. Navego en otros espacios y tiempos posibles, me desafío en la rítmica que impone su creador, subrayo las frases, pasajes que más me golpean (no hay otro verbo mejor) y luego al terminar el libro, siento la acuciosa necesidad de empezar otro camino, esto es, otro libro. Es una adicción que no cesa.

El tiempo de lectura puede ser breve o largo, aunque reconozco que soy más de breves lapsos. Me gusta disfrutar de la lectura a cuentagotas, con derecho a repetir ciertas frases en la siguiente sesión a modo de «escenas del capítulo anterior» tan de moda en las series actuales.

En esos espacios breves de lectura también incluyo los libros que no he leído en sulectura3 totalidad. Cuando voy a una librería, lo que más odio es cuando el dependiente se me acerca y me pregunta si busco algo. Sé que hace parte de su protocolo pero no quiero explicarle que no lo necesito, que lo que busco será producto de los libros que se presenten ante mí, que serán ellos quienes me escojan aun cuando muchas veces tenga una idea vaga de qué quiero leer. Usualmente sólo sonrío y saludo, suponiendo que mi no respuesta es un pedido humilde de no querer ser interrumpido en mi búsqueda literaria.

Luego de eso empieza la aventura. Recorro los estantes, saco varios libros, los ojeo, los huelo y si hay algo que me conecte, me quedo con ese libro en la mano hasta tomar una decisión final. Al salir de la librería, con uno o varios libros a la cuenta, los diferentes fragmentos leídos revolotean en mi cabeza, del mismo modo que cuando uno ve un trailer a medias y a veces quisiera saber el nombre de la película.

La lectura además de extraerme por instantes de la realidad, me resulta un combustible para mi propia escritura. García Márquez, en ocasión de un taller de guion que dictaba en San Antonio de los Baños, dijo que los escritores leíamos mucho sólo para saber cómo los otros han logrado escribir esos libros, como si se tratara de descubrir la alquimia, la magia que envuelve a la carpintería de esos textos. En cierto punto, estoy de acuerdo, pero también es verdad que muchas veces me abandono a esa magia, sin importarme cómo logró «embrujarme». Quizás esto de la magia se vuelve más evidente, cuando salto de un autor a otro y percibo inmediatamente que utiliza otra «caja de herramientas». Me ha sucedido hace poco luego de leer varios libros de Mariana Enríquez y pasar a Alan Pauls. Y de Pauls a Andrés Neuman. Comparando la escritura de los tres percibo el arsenal del que cada uno dispone y me he encontrado varias veces releyendo fragmentos en busca de «sus técnicas».

A propósito de Neuman, estoy leyendo su reciente novela Fractura. Es un trabajo de largo aliento pero no puedo parar de leerlo. La prosa con la que escribe tiene una melodía que el tiempo parece quedarse suspendido ante los acontecimientos mínimos que atraviesan la historia. Leyéndolo, me sucede algo parecido a lo que decía George Steiner: «En cada acto de lectura completo late el deseo de escribir un libro en respuesta». No es que pretenda «competir» con la novela de Neuman sino que me inspira a continuar  su trabajo, no como una segunda parte, sino como una siguiente jugada, como si fuera un tiro de esquina en el universo de la creatividad, con mi propia «caja de herramientas». Algo de eso produce la lectura de las grandes obras, ese deseo implícito de aportar con la escritura y así seguir saboreando esa telaraña de novelas y relatos que luego viven en comunión en una librería o biblioteca para elegir a sus lectores.

Saudade de Domingo #106: La antibiblioteca

Hace unas horas leí un artículo publicado en la página Fast Company que habla sobre la acumulación indiscriminada de libros en la biblioteca de cada uno. Lejos de hacer una crítica ante la posible cantidad sideral de libros no leídos, el artículo apunta a que vivir rodeado de libros es algo positivo. Nos recuerda nuestra ignorancia, dice una parte del texto y se pone como ejemplo la biblioteca del semiólogo italiano Umberto Eco que tenía más de 30 mil libros. Evidentemente no leyó todos esos libros pero estar entre ellos, respirarlos, caminar en los vericuetos de diferentes clases de textos, recordaba la insignificancia o lo minúsculo de nuestro acervo cultural. Es sano comprender que por más buenos y ávidos lectores que podamos ser, siempre habrá mucho por leer y que acá se cumple el socrático “Sólo sé que nada sé”. 

No se trata de un proyecto narcisista para exhibir un sinnúmero de volúmenes sino de estar consciente de lo mucho que desconocemos. La antilibrary o antibiblioteca, como sugiere el texto citando a Nassim Nicholas Taleb, serían todos aquellos libros no leídos, lo que permite que el lector siempre esté en una constante curiosidad y hambriento de conocimientos. “Más valen los libros no leídos que los leídos”, señala Taleb. 

Pensando en la antibiblioteca, en estos días de víspera navideña, me he sumergido en mi propia biblioteca, llena de libros que no leí aun. Así, he saltado de Jodorowsky a Negroni, de Marília Garcia a Kohan, de García Márquez a Cortázar, de Schweblin a Ocampo, de Puig a Cameron. Todo muy respirado, orgánico, sin presiones.

A primera vista son todas lecturas muy desordenadas pero que ahora que escribo y reflexiono, hay un finísimo hilo conductor desconocido que las sostiene. Me doy cuenta también de ese hilo ahora que escribo un nuevo proyecto y veo cómo esas lecturas me acompañan en ese texto laberinto que estoy trabajando. Es como si los ecos de esos personajes, de estos autores se sentaran a la mesa conmigo. Por ello quizás he sentido esta escritura muy acompañada, atenta, en alerta pero jamás en soledad.

Los libros son para mí, como frase cliché, esos amigos que están ahí, encerrados, apretados entre sí, esperando su turno de abrirse. Cuando leo me da la sensación de que esa energía recluida en el texto se dispara y vive alegremente en mi habitación por varios días. Es así que pese a estar sólo físicamente, hay en realidad en mi cuarto una decena de personajes, de paisajes, de tiempos que se chocan entre sí y van haciendo nuevas conexiones. Algunos quizás se repelen pero en general se amalgaman, sobre todo cuando me toca el momento de escritura y todo ese cúmulo de energías toman su lugar respectivo en la fiesta. Y ayudan como mejor pueden en ese proceso.

Es grato saber que la antibiblioteca es saludable y que entre más crezca, más posibilidad de conocer otros mundos existe. Y que la escritura se beneficia también de esos nuevos referentes.

Saudade de Domingo #105: Olor decembrino

Ya había tardado un poco. El calor decembrino acompañado del olor a tierra mojada, con la humedad cortando el aliento son síntomas certeros que diagnostican la llegada del último mes del año en Guayaquil. Recuerdo ese olorcito de lluvia desde la infancia y para mí era sinónimo de navidad, de regalos y de mucha comida. Aunque ese clima se mantiene hasta abril, la llegada de la primera lluvia siempre me regresa a la infancia, con las tiendas del centro vestidas de navidad, las ofertas en televisión, las canciones navideñas en los centros comerciales, las decenas de Papá Noel recorriendo lugares.

Recuerdo vívidamente los recorridos que hacía con mi mamá por el Unicentro en búsqueda de regalos y también para hacer la fila y tomarme la foto con Papá Noel. En esa época no dudaba de su existencia. Era Papá Noel quien me sentaba en sus piernas, sonreía y me preguntaba si me había portado bien en el año. La charla era muy breve porque había siempre una fila larga de niños esperando su turno. Se me hacía injusto no conversar con él pero también era justo que los otros niños pudieran tener esa charla de breves segundos con él.

Mis navidades siempre fueron muy cálidas en la infancia. Eventualmente (cada dos años o tres) recibíamos la visita de mi abuela desde Colombia. Cuando llegaba, había la garantía de más regalos y eso me emocionaba. Por su sola presencia, la navidad se volvía un acontecimiento más alegre y me hacía muy feliz abrazarla, darle muchos besos, escuchar su acento costeño y hablar sobre libros (sí, ya desde esa época me gustaba mucho leer).

Este año, el clima tardó un poquito en cambiar. Los primeros días de diciembre seguían siendo frescos por las noches. La lluvia no se asomaba desde mayo y aunque las vitrinas ya estaban navideñas, no lograba sentirme parte de la obra. Pero esta semana, no recuerdo si fue martes o miércoles, cayó la primera llovizna. El aroma de tierra húmeda invadió la ciudad, los jardines cambiaron inmediatamente su color y los cerros han empezado a mudar el color cobrizo por el verde selva de esta época del año.

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Mi hermana y mamá armando el arbolito navideño

Este cambio involucra una navidad caliente en todos los sentidos. De días grises cargados IMG_1015de agua y también de días soleados con humedad de 60-70%, pero también de compartir con seres queridos. Este año mi hermana ha venido de Buenos Aires a pasar las fiestas y hoy fue el día para armar el árbol. Es un momento muy esperado especialmente por mi hermana y mi mamá. Fue bonito compartir ese momento con música y tomando rompope. Al rompope le agregué bolón. Una mezcla extraña pero deliciosa. Lo líquido con lo sólido, lo dulce con lo salado. Alternamos las luces, los lazos navideños con algunas fotos. Había que dejar el registro de este año.

Y así nos acercamos a la Nochebuena, con almuerzos, cenas para compartir con amigos, familiares. Más allá de la parafernalia navideña, lo importante es el pretexto para juntarse, recapitular el año y desearse buenos augurios.

 

Saudade de Domingo #104: Gracias, chicos

Esta semana tuvo lugar uno de los momentos más esperados del año universitario: la defensa de tesis de mis estudiantes de grado. Fueron casi siete meses de trabajo arduo, de revisión teórica profunda, ocho semanas de campo, de reuniones semanales. Lo más difícil sin duda fue tener a cargo, cual papá, a nueve estudiantes tan disímiles entre sí.

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Ya más relajados, luego de la defensa.

El viernes 30, día de la sustentación, me desperté a las 5 am (cosa rara en mí). Sólo me pasa eso cuando hay algo apremiante, cuando el corazón rebosa de ansiedad por alguna razón. Esta presentación era importante para mí, era como si fuera yo el que defendiera su tesis. A esa hora de la mañana, con un sol perezoso, recordé mis defensas tesis personales: la de licenciado y la de master. Era la misma ansiedad, aquel temor mezclado con pasión, con ganas de compartir con el jurado mi proyecto. Era también la misma ansiedad que me da cuando estreno una obra, cuando todas las cartas están echadas y hay que seguir adelante. 

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Una noche en Artur’s Café de Las Peñas, reunidos con los chicos por la visita de la asesora de la investigación, Ana Wortman. Además, Marina, gran actriz y una de las fundadoras de la Universidad Casa Grande.

También recordé que me reuní con varios de ellos, al inicio del año, para comentarles que quería investigar sobre los consumos culturales de la gente que acude a los sitios de entretenimiento en el barrio Las Peñas. Algunos de ellos se engancharon inmediatamente, otros creo que no entendían bien de qué se trataba eso de consumos culturales, pero apostaron por mí y por el proyecto. Mi sorpresa fue que el proyecto tuvo mucha acogida en la universidad (más de 80 estudiantes lo habían colocado como primera opción) y del departamento de investigación me pidieron que acogiera a 9 estudiantes (en principio había puesto 6 como máximo). 

Tenía muchas dudas de cómo manejaría a tantos estudiantes. Como profesor y guía de tesis de años anteriores sé bien que en estos procesos no solo se aborda la parte académica sino también la personal. Cada estudiante es un mundo y el desafío es siempre traerlo, enamorarlo del proyecto, explicarle que a través de este proyecto está forjando en cierta medida su futuro. La clave sin duda es la confianza. Yo debo confiar en ellos y ellos deben confiar en mí. Sin eso no hay proyecto que aguante, no hay dedicación, no hay perseverancia, no hay amor.

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Gracias querida, por compartir esta aventura académica

Este proceso no habría sido posible sin mi codirectora, Belén, quien muchas veces tomó el rol de mamá con los chicos. Conciliadora, paciente, estricta a momentos pero más dulce que yo, sin duda alguna. Como en otros proyectos, hemos formado una pareja académica que funciona. Negociamos, conversamos sobre los chicos. Muchas veces creímos que íbamos a fracasar, pero como ya nos ha pasado en otros procesos de la vida, hay que confiar y dar un paso cada vez. Con Belén tenemos el mismo grado de compromiso con el trabajo, cosa que no es habitual en compañeros de trabajo.

El viernes por la tarde, como papá, estuve sentado en el público viendo la defensa de cada uno de los chicos. Había que luchar contra el reloj para que no se extendieran más de la cuenta. Quería estar ahí adelante con ellos para resolver algún trastabilleo producto de los nervios, pero ahí entendí que el amor de profesor, al igual que cualquier otro tipo de amor, es soltar y confiar. Yo debía confiar en ellos, en sus horas de ensayo, en el proceso personal de cada uno. Estuve una hora y treinta y cinco minutos en ascuas, con la respiración retenida, la garganta apretada. Luego vino la ronda de preguntas del jurado. Me emocioné mucho al ver cómo defendieron su proyecto, cómo se apropiaron de la teoría, cómo describieron sus noches de campo en medio de la farra de los guayacos en Las Peñas. Me sentí orgulloso de ellos y también agradecido por haber elegido mi proyecto de investigación para titularse, por confiar, por dejarse “afectar” por el camino. Lo más lindo, además de la defensa, fue verlos seguros, armados como equipo, hermanados. Eran una fortaleza de seres humanos valiosos que atravesaron el umbral del aprendizaje. El jurado, sensible ante el compromiso, dio un feedback positivo, entusiasta. Belén y yo ya podíamos respirar más tranquilos.

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El abrazo fraterno de los chicos, luego de la defensa.

Después vinieron las notas finales, los abrazos, las felicitaciones. Una sala llena de familiares y amigos orgullosos. En medio de las fotos y las charlas recordando anécdotas, pensé en que lo que estaba sucediendo era un poco mi “culpa”. En un arranque de locura decidí que sería chévere investigar los consumos en el barrio Las Peñas y mi asesora Ana Wortman, durante una charla de café en Buenos Aires, me dijo que sería estupendo estudiar ese barrio y me llenó de un montón de referentes en menos de diez minutos. Pensándolo no es que sea mi “culpa” como tal, creo que componentes del tiempo y del espacio se conjugaron para que todos pudiéramos aprender juntos. 

No es un lugar común decir que los estudiantes enseñan a veces más de lo que uno como profesor puede hacerlo. Este grupo me ha aportado mucho, me he visto reflejado en algunos de ellos, he aprendido de sus reflexiones, de sus angustias. Lo más grato de todo esto, es haber superado las dificultades, haber llegado a la hora cero y sentir que he ganado unos nuevos amigos. Siempre guardaremos este proceso en el corazón, como cuando me encuentro con compañeros actores y recordamos los largos ensayos y las presentaciones. Es como si quedara un código cifrado que solo los involucrados podemos identificar y leer. 

Gracias, chicos, por enseñarme tanto.

Saudade de Domingo #102: La memoria es frágil

Esto quizás pueda parecer una obviedad pero vale la pena recordarlo. Con el paso del tiempo, se van desdibujando frases, imágenes, recuerdos de los que muchas veces solo queda una sensación, una emoción. Por ello soy tan fanático de las fotos, de los vídeos, en un intento desesperado de capturar momentos para traerlos al presente cuando ya físicamente mi memoria no pueda recordarlos concretamente. Quizás por ello, decidí estudiar cine: para coleccionar instantes.

Desde hace algunos años he podido palpar la fragilidad de la memoria con películas y libros. Algunas pelis hacen parte de mi cabecera, de modo que las tengo relativamente presentes, pero otras, sobre todo las que vi en mis primeros años en la universidad, las he ido olvidando a tal punto que cuando vuelvo a verlas, me emociono como si fuera la primera vez que las veo.

Lo mismo me sucede con los libros. Soy un lector acérrimo, así que los libros son mis fieles compañeros en diversos momentos del día. Unos los leo por mero placer y otros por ser parte de mi trabajo como profesor de audiovisual y de comunicación social. Cuando me toca preparar clases o algún taller, a veces me quedo con la sensación de que determinado pasaje de un libro me serviría para ilustrar algo. Y también me pasa a veces que no logro precisar en qué libro está o si sé cuál es el libro, me resulta una gran hazaña buscar entre más de doscientas páginas dónde estará aquello que busco.

Navegando por YouTube (bendito sea) hace algún tiempo me encontré con diversas cuentas de Sketchnoting (apuntes visuales). Con cierta curiosidad y también con escepticismo ví varios vídeos en los que mostraban cómo tomar notas, resaltando con tipografías, subrayado, con grosor de letras aquellas palabras claves dentro de un apunte, hacía mucho más fácil de aprender y recordar algo. Además de este juego tipográfico es importante el uso de iconos, símbolos que el mismo «apuntador» dibuja para ayudarse. Lo interesante de esto es que no se necesita ser dibujante ni ilustrador para hacer apuntes visuales aunque si lo eres, mucho mejor.

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Ayer, navegando por otras razones, me encontré en la lista de recomendados un vídeo de Matt Ragland, uno de esos youtubers de Sketchoting que había decidido seguir. Aunque en realidad su trabajo se centra en el Bullet Journal (BuJo), una de sus principales herramientas de trabajo es el sketchnoting, especialmente para libros que ha leído y de los que le interesa tener información rápida a la mano.

Esta mañana YouTube me mostró como vídeo recomendado un «taller» de sketchnoting de Mike Rohde, quien publicó hace unos años un libro y un workbook sobre este tema. Aunque duraba más de media hora, me encantó su manera de abordar la técnica con un estilo claro y haciendo un llamado a la acción para comenzar a trabajar en el sketchnoting. Este video fue decisivo para pensar en los libros que me han marcado y cuyas frases me gustaría tener a la mano. Y el sketchnoting puede ser una herramienta para tenerlas.

De modo que hoy he pasado revisando algunos de esos libros queridos. En muchos de ellos, tengo varios pasajes subrayados que me van a permitir hacer los apuntes con más facilidad. Ha sido un proceso nostálgico rememorar el sabor de esas lecturas. En algunos he podido recordar el estado anímico en el que me encontraba. Ha sido un bonito pretexto para volver a esos libros, tocarlos, olerlos, escuchar el susurro del pasar de las páginas. El sketchnoting me está reencontrando con eses fieles compañeros siempre pacientes en la mesa, en la cama, en la biblioteca a la espera de un nueva sesión.

Saudade de Domingo #101: Que las teclas dicten lo que el corazón quiera decir

No pensaba escribir hoy. En las últimas semanas he pasado por algunos problemas físicos y la verdad mi energía se ha concentrado en sanar mi cuerpo, en mirar no sólo los síntomas “médicos” sino también los emocionales. En estas semanas he hecho una radiografía de mis deseos, de mis fortalezas, de mis debilidades. He sido mi propia investigación. Me he mirado como un objeto de estudio. Y por supuesto no siempre es agradable “leer” los resultados que arroja esa investigación y peor aun, llegar a las conclusiones que siempre llevan a una o varias acciones a concretar.

Crecer es aprender a soltar y sobre todo, a confiar. Entender que las cosas suceden por algo y que no hay que arrepentirse de nada. A veces me dan ganas de tener el poder de borrar recuerdos como en la película Eterno resplandor de una mente sin recuerdos pero a los pocos segundos me retracto. Es necesaria la experiencia, atravesar los fracasos y los aciertos. Sacar en limpio lo que funcionó y lo que no. 

Aun no estoy 100% saludable, pero voy camino a eso. Ha sido un tiempo de altos y bajos emocionales, de cuestionarme cosas en mi vida actual, de elaborar un posible plan de acción para llegar a esa comodidad que cada uno busca. En medio de todo este proceso he retomado lecturas de textos que me fueron reveladores en otras épocas. Por sincronicidad también me he encontrado con personas cercanas y lejanas que también están en su proceso, en una búsqueda de “algo”. La búsqueda para mí, siempre es positiva, aunque en una primera lectura parezca dolorosa. En lugar de esquivar el dolor, hay que atravesarlo, así sea para darnos cuenta que ese monstruo que parece gigante en realidad es un espejismo, que aunque parece atacarnos con todas sus fuerzas, en realidad no tiene ninguna densidad, no significa nada y que somos nosotros quienes le damos “creencia”, “poder” a eso que nos aqueja. Esto cuesta entender, lo sé, aun lo estoy procesando.

Como decía antes, no pensaba escribir hoy, pero en toda esta investigación que he hecho sobre mí, hice un repaso rápido de las cosas que me gustan y me dan felicidad. Y este blog salió entre esos breves instantes en los que soy feliz. No tengo certeza de cuántas personas me leen pero me gusta saber que esto llega a alguien, que puede conocerme un poco y que a través de la lectura, es como si nos sentáramos a charlar en algún café mientras vemos la tarde pasar. Pensando en esto, hoy me di cuenta que no podía faltar un domingo a mi cita, que tenía venir acá así fuera sin plan. Como cuando te encuentras con amigos con la sola idea de estar, de compartir. Así, he dejado que las letras aparezcan y que digan lo que quieran. En realidad le he dado licencia al corazón para que hable y exprese lo que siente. Esta escritura de hoy es también para mí, parte de esa investigación sobre mi propio ser.

Saudade de Domingo #100: Cien saudades

El proyecto más difícil y ambicioso para llevar a cabo es la propia vida. Es un proyecto de reescritura constante, de tomar nuevos rumbos, de alterar puntos de giro planificados, de permitir que personajes se vayan y vengan otros. El guion de la vida es complejo, incierto pero entre más se viva, más se reescriba, mejor serán las secuencias por venir. Esta columna dominical ha servido un poco para ver mi propia vida desde la escritura. He abordado temas que me interesan como la docencia, los idiomas, los viajes, teatro, reflexiones sobre mi familia, mi ciudad. Cada post ha sido escrito con lo mejor que he podido dar y me agrada saber que hay lectores que se toman un momento de sus vida para leerme. Aunque no los conozca, compartimos este espacio y me encanta saber que existe un diálogo a través de estas letras. A quienes me leen esporádicamente, regularmente o cada domingo, gracias por estar y a aquellos que dejan algún comentario, gracias también. Es reconfortante saber que somos varios los que estamos en este mismo barco virtual y que nos nutrimos de experiencias propias y ajenas.

Esta columna ha significado para mí en muchos momentos, como una válvula de escape para expresar lo que siento, lo que pienso sobre algo. También me ha servido para hacer un alto y reflexionar sobre alguna situación. En la escritura se afianzan mejor las cosas y poner en palabras lo que me molesta o lo que me gusta, me ayuda a clarificarme. Como de hecho me pasa ahora reflexionando sobre esta columna. No siempre he querido escribirla cada domingo (de hecho hay varios domingos que no lo hice) pero trato de disciplinarme, de decirme que este es mi espacio personal, mi manera de hablar no con el rótulo de guionista, actor, docente o investigador sino como el de un bloggero que hace todo lo anterior y que comparte sus procesos.

A lo largo de estos cien posts ha quedado plasmada gran parte de mi vida luego de mi regreso a Ecuador. Haber vivido más de tres años en Argentina marcó un antes y un después en mí tanto en lo profesional como en lo laboral. La vuelta a Guayaquil, reencontrarme con mi familia y amigos fue un proceso difícil al inicio porque implicó adaptarme a un entorno que si bien ya conocía, yo lo sentía ajeno. En esta columna ha quedado retratado mi proceso de regreso a Guayaquil, así que procuro no leer posts antiguos para no tener la tentación de editarlos. Cada uno refleja mi estado de ánimo de ese momento y no quisiera traicionarme. En algunos posts fue muy azucarado, en algunos he sido ácido, amargo, soñador. Todas facetas de mi propia saudade.

Por acá les dejo mi primer post de Saudade de Domingo por si les apetece leerlo. Me dio un poco de saudade leerlo de vuelta.

Saudade de Domingo #97: La extrañeza del viaje

Viajar es una adicción. Y no solo en el sentido físico de viajar, sino también en el imaginario: fantaseando con viajes a nuevos destinos o recordando los ya recorridos, que es también otra forma de fantasía. Con cada viaje tengo siempre la sensación de crecer un poco. Me voy llenando de experiencias y por consecuencia, tomo un poco más conciencia de mí mismo. Como ya conté de mi viaje inesperado a Quito, ese fin de semana de desconexión me permitió ahondar en mis propias expectativas. En uno de los pequeños descansos que me tomé mientras escribía, me encontré con una frase de Ítalo Calvino acerca de los viajes de la cuenta brasileña @achadoselidos.

«Al llegar a una nueva ciudad, el viajante reencuentra un pasado que no recordaba que existía: la sorpresa de lo que dejó de ser o dejó de poseer se le revela en los lugares extraños, no en los conocidos». 

No creo que las cosas lleguen por casualidad así que sentí que esta cita de Calvino me hablaba a mí directamente. De alguna forma me interpelaba y mientras meditaba sobre la frase, me fui dando cuenta de su exactitud. De repente, mis pequeños cambios de ánimo en mitad de un viaje o el fastidio que siempre me produce el primer del itinerario a pesar de mi amor por la aventura, empezaban a tener sentido. El sentirme diferente y ajeno a un lugar, me obliga a mirarme, a observar en qué me diferencio o simplemente por qué tengo la sensación de ser un foráneo. Y no basta con pensar solo en la nacionalidad que indica el pasaporte. Tiene que ver con ese yo en el interior que puede sentirse ajeno en su propia tierra y en casa a miles de kilómetros de distancia. IMG_8738Trasplantarse en un viaje es mirarse. Darse la oportunidad de caminar, de impregnarse del aroma de otra ciudad, de escuchar a la gente en las calles, implica siempre cuestionarse y no siempre es agradable. Especialmente cuando se viaja solo, se toma conciencia de la propia fortaleza. Es necesario soltar lo que no sirve y atesorar una imagen, un aliento, un sabor. Llenarse quizás de cosas «menores» en un mundo donde cada vez nos miramos menos. Y claro que puede ser doloroso darse cuenta de quién es uno en determinado momento, lejos de casa. Recuerdo en unos de mis viajes a New York, haberme sentido desolado en medio de la gente en Times Square. Fueron apenas unos cuantos minutos en lo que no paré de preguntarme qué me pasaba. Estaba en la capital del mundo, rodeado de gente de nacionalidades infinitas, con música por todas partes y flashes por segundo. En ese escenario me sentí abrumado no tanto por ese exterior apabullante y sí porque estaba pasando por una crisis sentimental, una ruptura y de alguna manera Times Square me hizo mirarme en su espejo.

En la misma ciudad, en otro viaje, recuerdo haber tenido la sensación de plenitud y felicidad pura al caminar en invierno por la calle 42 hacia la Quinta Avenida. No había nada en particular que me hiciera «feliz» en ese escenario pero fue como si de pronto sintiera que estaba en el lugar indicado y que todo aquello que sucedía no se lo debía a nadie. Era fruto de mi esfuerzo, de mi trabajo, de mis ganas. Quizás dos copas de vino previas ayudaron a despertar esa conciencia del aquí y ahora.

Algo similar me sucedió en Madrid. Desde el primer momento me sentí en casa, como si regresara a un lugar que ya conocía y a pesar de mis recorridos en solitario, siempre me sentí en compañía. Estaba feliz, eufórico y apenado también al pensar que ese viaje iba a terminar.

Viajar siempre me sorprende con recuerdos ocultos en el caché de mi memoria. Alguna canción, alguna frase, calle o persona me activa un recuerdo y del azar depende de que esa memoria sea alegre o dolorosa. De cualquier forma es siempre nostálgica y no siempre quiero mirarla o procesarla. Ahí el shopping funciona como un extintor momentáneo y me llena de una falsa felicidad (aun sabiéndolo, lo hago).

De modo que en ese viaje a Quito, en el que buscaba específicamente reconectarme conmigo, apareció Calvino a través de una cuenta de Instagram, para darme una mano en mi búsqueda. Sigo pensando en la frase, en su densidad, pero bueno, al menos este escrito funciona como un primer acercamiento.

Saudade de Domingo #96: Viajar y el dolce far niente

Uno de mis mayores sueños, de esos que se acarician por las noches antes de dormir con la esperanza de volverlo realidad, es subirme a un avión sólo con una mochila, llegar a una ciudad que conozca y simplemente dejar que las horas pasen. Caminar si quiero, entrar a un café si me da ganas, dormir el día entero si lo necesito.

Normalmente entiendo los viajes como una carrera contra el tiempo en ese deseo voraz de verlo todo, probarlo todo, registrarlo todo. Pareciera que entonces viajar para mí sería un «deber ser», una obligación. Nada más alejado. Lo disfruto mucho y me mentalizo para vivir ese lugar desde sus arterias, aunque luego la energía de la ciudad me deje devastado.

Recientemente viajé a Quito casi de incógnito. Comenté con pocas personas que me iba para allá. Al principio el viaje tenía otro propósito pero por razones externas no pude cumplirlo, así que me quedé con el ticket de avión y un hotel reservado. Debía viajar aunque no quisiera.

Fue una de esas raras ocasiones en las que viajo sin ganas (las otras dos veces, casualmente también fueron a Quito) pero para esta nueva experiencia decidí traer mi sueño a la realidad. Conozco relativamente Quito, de modo que me apetecía más no hacer nada, dejar que las horas pasen y hacer algo que, como comenté en otro post, no suelo hacer cuando viajo: escribir.

IMG_8579Tres noches en Quito fueron suficientes para mirarme, escucharme en el silencio y conectarme con los personajes de una obra de teatro que estoy escribiendo. Sólo salí la mañana del segundo día para comprar provisiones, caminar un poco y volver a mi encierro. Al tercer día me vi con un amigo a tomar una cerveza y volví a mi encierro creativo. La verdad fue maravilloso dormir, escribir, salir un poco, volver y seguir escribiendo. Tenía la sensación de estar en mi propia película y sólo salía a la ciudad para tomar aire. Aunque estaba solo físicamente, tenía a todo un ramillete de personajes a mi alrededor que se iban dibujando en la pantalla mientras me mostraban el camino de su historia. A veces esto puede asustar un poco, pero cuando me pasa, recuerdo las palabras de una amiga actriz a propósito de la creación de un personaje: «A veces no es mucho lo que tienes que hacer, debes aflojar y dejar que la magia haga su trabajo de creación. El problema es que a veces asusta, pones resistencia y todo se diluye».

Qué sabias sus palabras y tan oportunas. Me han servido cuando he tenido que enfrentarme a un proceso creativo complejo y en Quito las recordé con cariño. Dejé que las cosas fluyan mientras tenía al paisaje andino como guardián de mis pensamientos. Las páginas fueron pasando, fui tomando apuntes para recordar acontecimientos que escribiría después, fui seleccionando palabras, entonaciones para cada personaje.

Regresé con la satisfacción de haberme aproximado un poco a ese viaje de desconexión o más bien de mucha conexión conmigo, sumergiéndome en las aguas de mi propio ser. Es otro tipo de viaje que espero repetir pronto, así sin más, de un momento a otro, para darme un encerrón conmigo mismo.

Saudade de Domingo #92: La escritura de los otros

Siempre que conozco a alguien, me da curiosidad saber cómo escribe. No me refiero a si escribe literatura o algo creativo (que también me interesa) sino al simple hecho de ir colocando una palabra adelante de la otra. ¿Tendrá faltas ortográficas? ¿Será un obsesivo de las comas? ¿Un amante del sujeto tácito? ¿Alguien que escribe párrafos de una sola frase? La escritura es un proceso tan íntimo y tan vasto que me siento un poco espía cuando llega a mí algún texto escrito por alguien. Como profesor y eventual analista de guiones, he podido leer muchísimos textos, de diferentes naturaleza y siempre hay algo que me llama la atención…

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