Tu sabor

Tus besos eran especiales. La conjunción de tus papilas, el hiato que se marcaba en las diferentes zonas de tu lengua me provocaba tal adicción que más que sexo lo único que buscaba era besarte. Sí, el mejor sexo que he tenido ha sido degustando tu boca, envuelto en ese sabor que hoy me recuerda a otros tiempos, a los sábados de invierno recorriendo bares, escuchando música que no nos gustaba, comiendo panqueques de sabores raros.

1489173477_873928_1489173694_noticia_normalNunca me gustó besar a alguien cuya lengua tuviera sabor de cenicero, pero la mezcla de café pasado con nicotina, alquitrán y menta para intentar opacar los sabores interiores, le dotaba a tus besos de un gusto especial. Había además el  resquicio de algún añejo vino mendocino en tu paladar. Bucear en tu boca era mi deporte favorito y así con los ojos cerrados, enredaba mi lengua con la tuya hasta cuando el aliento escaseaba y era preciso respirar ese aire gélido de julio.

En la despedida más que extrañar los abrazos, las noches de cama o las salidas de bares, me carcomía más la imposibilidad de volver a marcar el territorio de tu boca. Emprender la retirada de tus labios era más triste que el no escucharte o no tocarte más. Me hice adicto a tu sabor y así cuando en alguna alineación astrológica me fumo un tabaco mientras tomo café, detecto en mi propia lengua ese gusto particular tan tuyo. Regreso de la mano de Proust al pasado y me encuentro ahí, en invierno mirándote, perdido en tus ojos luego de lanzarnos al primer beso enfurecido.

Ya a la vuelta, doy una última pitada y apago el recuerdo en el cenicero.

Sabor de Despedida

No. Hoy no soy observador omnisciente. Soy yo mismo y no sé nada de mí. Apenas conozco unos cuantos pincelazos de una personalidad siempre tan volátil, que en el fondo se niega a encajar en alguna estructura, a pesar de haber sido forjado en una sociedad cerrada y poco liberal.
Sólo sé que estoy en el umbral. De qué exactamente, no lo sé. Soy yo quien parte ahora. No contemplo, no permanezco. Despego, migro, me desplazo, abandono, corto, cierro, callo. Veremos qué se siente el dejar, el partir. Ya saboreo la despedida y hay una extraña acidez que me lacera los ojos, que quema el paladar. Es una muerte lenta, en el sentido más simbólico y abstracto del concepto. No seré igual. Multiplicaré mis yoes y cada uno tendrá algo de aquel en el que me convertiré. ¿Un monstruo? Quizás.
En el umbral las cosas se ven más claras o por lo menos se toma mayor conciencia de la ignorancia en la que se vive inmerso en el día a día. He conocido la visura, he hecho un scan de mí mismo. Aun hay mucho que hacer antes de partir. No hay tiempo todavía para saudade. Ya llegará, quizás, a pocas horas del trayecto o ya en tierra nueva cuando me encuentre rodeado de personas con acento que no conozco, con música que no he amado.