Saudade de Domingo #61: Mudanças

Prefiero la palabra en portugués para los cambios que he venido haciendo en estas últimas semanas que implican movimientos físicos, trasladar cosas, reciclar otras, sacar, desaparecer. Por eso es más apropiado «mudanças», sin pensar en «mudanzas», ya que no me mudo ni me traslado a otro lado o quizás sí, pero en planos más sutiles que el denso plano terrenal.

Me explico: en mi búsqueda por sentirme cómodo para dormir, escribir, ver pelis y más cosas comencé un proceso de cambios radicales en mi propio cuarto. Desde hace años no me sentía a gusto ni con los colores ni con los muebles ni con nada ahí. Luego me fui a vivir a Argentina y las prioridades fueron otras. Al regresar, mi cabeza todavía no terminaba de aterrizar y aunque mi cuarto seguía siendo un lugar incómodo me lo «bancaba», pues me estresaba sólo pensar en remover cosas, carpetas, libros, muebles. Sabía que un caos me vendría encima.

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Nueva biblioteca y nuevo escritorio

Y así fue: desempolvé recuerdos, cartas, tarjetas, camisetas firmadas por amigos del colegio, cuadernos de la universidad, libros viejísimos de aprendizaje de idiomas, papeles, muchos papeles, guiones luego grabados, cuentos a medio a camino, fotos en diferentes momentos de mi vida, casetes, discos, películas que creía perdidas. En medio de todo ese caos que levantó polvo y emociones, pensaba en el gran peso no dimensionado que llevaba sobre los hombros. A nivel energético y emocional me refiero. Ir sacando las repisas, desarmar el armario, vaciar cajones fue un ejercicio de desahogo, de desapego. Porque aun cuando muchas cosas se mantengan, regresarán renovadas, ubicadas en otros lugares, respirando otro ambiente. Y fue así como a lo largo de cinco semanas he logrado con ayuda de mis papás, cambiar radicalmente mi cuarto: cambio de armario, nuevo color de paredes, piso nuevo, techo nuevo, una biblioteca y un escritorio a la medida de mis necesidades, una silla confortable para mi espalda que siempre reclama atención, una mejor iluminación y ventilación para descansar y trabajar. Ahora tengo «un cuarto de hotel» como dice mi mamá. Y a nivel energético empiezan a moverse fichas también: siento que logro dormir mejor, me siento más a gusto en mi espacio y aunque todavía no se termina todo de asentar, sé que todo será para bien.

Junto a estas mudanças, vienen también cambios en mi propio cuerpo. Algunos ya los he venido haciendo de una manera un poco desordenada. Estoy dejando las gaseosas (otra vez), estoy tratando de reducir el azúcar (esto me cuesta un montón) y estoy tratando de ser disciplinado con mi rutina de ejercicios. No es que quiera ser musculoso, pero quiero mantenerme en movimiento, en mi peso adecuado.

Creo que las mudanças vienen bien y no vale la pena recriminarse por no haber hecho cambios antes. Todo tiene su tiempo y espacio para hacerse. También hay que pensar que en algún momento muchas de esas cosas o de esos comportamientos fueron buenos hasta que dejaron de cumplir su función para uno mismo. Es ahí cuando llega el momento de hacer mudanças y si además de ser de objetos son también al interior de uno, mucho mejor.

Las mudanças dan nuevos aires y al hacerlo remueven cosas en todos los sentidos y niveles. Es ahí cuando es importante recordar que todo eso hace parte del proceso de cambio y aunque pueda ser fastidioso en el momento, luego se ven los frutos de la paciencia.

También escribo esto para recordarme que si estoy un poco ansioso, mareado, sensible es por esta fase de cambios y luego todo se irá acomodando a este nuevo estado de las cosas, vértebra por vértebra hasta quedar alineado, alargado y listo para los nuevos proyectos venideros.

It’s a match: Diego y Daniela se gustan

 

La llamé Dani. Había pensado en Daniela a secas, Nela o simplemente Hola, pero buscaba hacerla sentir en confianza (y yo también claro). Así que salió Dani. Me respondió casi enseguida y ahí empezó el ritual de preguntas: Hola, cómo estás, qué haces?, a qué te dedicas, etc. Me resulta bastante aburrida esta parte pero entiendo que las chicas hacen este cuestionario para verificar que no hablan con un psicópata. Nada más alejado en mi caso. Apenas si logro relacionarme con mis compañeros de trabajo.

No suelo recibir muchos mensajes ni matches pero ese día tuve más de diez. (¿Ventaja de ser forastero en la ciudad?) Chateaba simultáneamente con una rubia de Sambo (había conocido esa zona hace unos días), una bailarina churrona, una periodista divorciada y con Dani. Con las demás no llegué a pasar de un hola.

Mientras guardaba mis cosas en la mochila para partir, empecé este encuentro virtual con Dani. No era tan linda como la rubia, ni tan esbelta como la bailarina pero había algo en la circunferencia de sus ojos, en la textura de su piel y en su media sonrisa que me hicieron pensar si no sería mejor aplazar un día el viaje a Bucay y así conocerla, respirarla de cerca y no quedarme solamente con su imagen congelada. Hablamos tantas cosas, mucho más de lo que hubiera esperado en un chat promedio en Tinder. Me emocionó el ritmo de sus frases, la precisión de las palabras que usaba y al mismo tiempo el tono de humor que empleaba para decirme que nos habíamos conocido a destiempo. Llegué a preguntarle (como si ella fuera la culpable): “¿por qué no te vi antes?”. La pantalla permaneció en blanco unos segundos hasta que emergió un emoticón medio triste, medio alegre. No sé qué expresión sería la más adecuada.

Pasaban los minutos y la rubia de Sambo no contestó más. Me había tardado en responderle de dónde era y cuando lo hice la pantalla se quedó en blanco eterno, la bailarina me había hecho unmatch y la periodista me dijo que iba a salir, que luego me escribía. Sólo quedaba Dani y mi inminente partida. Le prometí que trataría de volver a Guayaquil, aunque la verdad la plata ya me empezaba a faltar y aun tenía mucho que recorrer (para hacer que valieran la pena los 4000 kms de viaje en avión). Pensaba proponerle que viniera conmigo a Bucay pero sonaría muy extraño. Hice el checkout del hostel cuando me dijo que esperaba verme en unos días (si es que volvía). Antes de perder los últimos retazos de wifi prometí escribirle apenas enganchara señal. Me sonrió (con emoticon) y sentí como si tocara una de sus mejillas. Pude verla entrecerrando los ojos para percibir mejor mi caricia. Me miró con sus dos circunferencias, quise besarla y entonces se desvaneció su imagen cuando perdí la señal.

Aun con la música de sus palabras, caminé por el malecón con un sol de mierda y agarré un taxi para el terminal terrestre.

 

Si te interesa, la primera parte de este relato: https://escribirconsaudade.com/2017/06/21/its-a-match-daniela-y-diego-se-gustan/

Que dure lo que tenga que durar

ATARDECER EN FRÁNCFORT

Que dure lo que dura un suspiro, un parpadeo,

La decisión de lanzarse o no,

El toque suave de una llama de vela

La espera de un mail,

La llamada que llegó y se cortó

 

Que dure lo que dura un libro

Que persista entre versos y violetas

Que se disipe como las nubes, como las gaviotas

Que dure como el vaivén de un bolero callado.

 

Que dure lo que dura el llanto,

que rompa el agua de los silencios ajenos,

que se haga trizas en el polvo de otros tiempos.

 

Y así vivirá, lo que tenga que durar, en el éter, 

en los pliegues de una foto antigua, 

en los vértices, en los ángulos de las manos enlazadas.

 

Que dure, que perdure con la fuerza extraña de un salto hacia el susurro.

It’s a match: Daniela y Diego se gustan

Me llamó Dani, sin mayor preámbulo, tan diferente a los otros babosos que se creen bacanes diciendo huevadas melosas de entrada. Que me llamara Dani me producía una suerte de cercanía a pesar de las máscaras que envuelven a estas aplicaciones fugaces. No era de acá, estaba de paso. “Ya me lo esperaba. Los babosos son los locales”, pensé. Como también pensé o mejor dicho, caí en cuenta, que los dos teníamos nombres que iniciaban con D. Mi abuela me dijo una vez que cuando dos personas se gustan y tienen la misma inicial, la atracción es más fuerte. Como ella y mi abuelo, como mi papá y mi mamá. Vaya sentencia. No debí visitarla ese verano.

tinderMientras los mensajes de otros se acumulaban en la pantalla, la charla con Diego tenía la misma densidad que la de un instante al aire. En breves minutos ya habíamos recorrido el mundo diez veces, repasado novelas decimonónicas, discutido el existencialismo sartriano, chateado en varios idiomas sólo para testear, a modo de juego, la capacidad de flirtear en lenguas ajenas. Recorrí sus fotos varias veces, me metí en sus paisajes, en sus neuronas, quise entender la matemática de sus pensamientos y ver si podía lograr que se quedara un día más, que no dejara la ciudad en busca de nuevos territorios sino que usara y recorriera el mío. Pero sus caminos ya estaban trazados y haría mutis en cualquier momento sin la catarsis aristotélica anunciando el desenlace.

¿Por qué no te “vi” antes?, su pregunta resonó en mí sin piso aparente. Me recordó mi atracción involuntaria hacia los tiempos cíclicos del subjuntivo y del condicional. Conmigo no funcionan ni el indicativo ni el imperativo. Otro chico que se perdería en los caminos de la virtualidad, que no podría conocer. El tiempo -y la gramática- siempre han sido mis amables enemigos.

Se despidió, prometió volver a la ciudad con un dejo de duda (lo deduje, claro). Aunque estoy cebada para la pérdida (creo), un encuentro siempre gatilla en mí una posibilidad, pero luego quedan las ganas, las promesas, la ausencia del chat, la ruptura de un vínculo extraño entre dos extraños.

Sin más apago el celular, lo dejo caer al abismo de mis memorias en modo potencial. Salgo de casa asfixiada de nostalgia (¿es posible la nostalgia de la nada?), camino, acelero, freno, transpiro.

Es un miércoles soleado.

Al vacío

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Como cuando te levantas sin encontrar lo cotidiano

Como cuando besas sin remedio,

Como cuando te rasgas más por placer que por entendimiento

Y aun a la deriva, te lanzas un poco más, navegas por aguas pútridas

Destruyes las líneas que te santificaban

Y caes pegajoso al evangelio callejero.

Caes, caes, caes

Te pierdes en tu propia geografía,

pintando islas en los cráteres

Arrancando lenguas en las cordilleras sin senda

Te desconoces, tiemblas, la bilis emerge de tus poros

Y en el paredón de tus recuerdos,

te infestas de cromos repetidos.

Como cuando buscas “algo” en el tuétano de la palabra

Como cuando violentas la virginidad del lenguaje.

Así acorrentado caminas convulsionado, ahogado,

despreciando las jugadas definidas,

hasta volverte un verbo transitivo.

 

Beautiful Losers (2008)

Estudiando la filmografía de Harmony Korine (del que hablaré la próxima semana), me encontré con este documental que busca hacer un retrato de arte underground norteamericano de los años 90. Jóvenes que empezaron a tomarse las calles como lienzo para contar las historias que se desbordaban en sus cabezas y que en sus inicios eran considerados como enfants terribles. Así, desde la pintura, la música, el grafitti, el cine, varios artistas (entre ellos el cineasta Harmony Korine) hablan de sus vidas, sus influencias, sus procesos y sus primeros trabajos. Si bien es un documental más del tipo entrevistas «cabezas parlantes», tiene muy buen ritmo y como fuente de información es excelente.

Acá el link para verlo completo en Youtube con subtítulos en español.

Humo, de Gabriela Alemán

Con curiosidad me acerqué al último libro de la ecuatoriana Gabriela Alemán, de quien ya había leído Poso Wells y La muerte silba un blues. Como me suele pasar con otros textos, me dejo seducir por las historias detrás de las historias y Humo con sus doce años de escritura, de idas y vueltas me llevaron hasta Mr. Books con la posterior lectura voraz de la novela ambientada en Paraguay.

En Humo se percibe un ambiente de nostalgia cuyo peso va quedando en evidencia con el recorrer de los capítulos. La novela arranca con la lle9789588979403gada de Gabriela (homónima de Alemán) a la casa del fallecido Andrei en Asunción, a quien había conocido años atrás. Gabriela viene a tomar como herencia un sinnúmero de cartas que Andrei le dejó, pero el viaje supone para Gabriela una reconciliación con esa ciudad. Con la misma sutileza y mirada aguda de este primer capítulo, Alemán traslada su acción al pasado, hacia la Europa migrante que veía en el cono sur una tierra de posibilidades. Desde Buenos Aires, Andrei joven emprende camino hacia Paraguay, en donde permanecería el resto de su vida.

Alemán consigue impregnar a su novela de una atmósfera de silencios, de verdades dichas a medias en un castellano licuado con guaraní de donde emerge una nueva lengua: la de los caídos en la guerra del Chaco, la mutilación injusta del quebracho, los años oscuros de la dictadura de Stroessner.

Un gran acierto de Humo, es la proeza con la que Alemán sitúa a los personajes. La casa de Andrei parece un lugar laberíntico, de pasadizos, de puertas que no pueden abrirse, de gritos callados como si se tratara de una partícula representativa de la Paraguay doblegada en los años de Stroessner. Y en medio de ese ambiente gótico guaraní, Gabriela llega para hacer preguntas incómodas, para desempolvar aquello que era mejor mantener en el olvido, en las profundidades del Chaco, lejos de los problemas actuales.

Gabriela Alemán ha construido una novela sólida, de madurez narrativa pero que ante todo mantiene la experimentación como parte de su juego. Su literatura son la cartas, los diálogos entrecortados, los diarios, las fotografías, todo aquello que suponga un encuentro con la memoria, una lucha con el paso del tiempo.

Saudade de Domingo #60: Ahora en Facebook

Hace ya algún tiempo venía pensando si abrir o no otra ventana de mi casa Saudade. Me parecía interesante, como otro lugar para estar, pero como muchas veces, me invadía la pereza y así se fue posponiendo la idea hasta que por algún alineamiento de astros esta semana me dije que tenía que hacerlo. Y ese «tener que hacerlo» surgió como un fastidio, como una especie de dolor o picazón del que debía desprenderme generando una «sucursal» de mi blog.

En este nuevo paso conté con la ayuda de mi amiga mosquetera Diana Pacheco «Pachukis», quien diseñó el logo de Escribir con Saudade. Como siempre se tomó la misión en serio, leyó mi blog y a partir de ahí generó varias propuestas. De esas, quedó la que actualmente luce en la fan page y ya estamos pensando en otras ideas para lo sucesivo.

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Diseño: Diana Pacheco «Pachukis»

Hoy domingo 11 de junio nace la sucursal Escribir con Saudade en Facebook y esto me ha hecho pensar en los inicios de blog, allá por el 2004 cuando estaba en primer año de universidad y el postear en blogs era realmente una moda. En aquel entonces estaba en Blogger y si bien se llamaba Escribir con Saudade el nombre de la dirección era en portugués: minhasaudade. No recuerdo los primeros escritos pero eran más nostálgicos  que ahora. Del blog salieron esbozos de varios cortometrajes que hice, escribí a modo de diario mis primeros «triunfos», los primeros fracasos, el proceso de titulación de licenciado, los primeros trabajos, los primeros amores, la migración a Argentina, la titulación de master, la vuelta a Ecuador, mis viajes. Me gusta mirar/leer mi blog como un pequeño cofre sin el desgaste físico pero sí con la callosidad literaria del paso del tiempo, identificando los diferentes yoes que me han habitado estos años.

Además de ser mi cofre memorioso, Escribir con Saudade es mi casa de experimentación. Aquello que no termina en guion, cuento o novela viene a parar acá o de acá parte para otra cosa. Con el tiempo he aprendido también a maltratarme menos, a criticarme menos y dejar que los textos simplemente sean. Sigo aprendiendo que los errores y los abordajes narrativos son laberínticos. Que hay que explorar, equivocarse, no tomarse tanto en serio como escritor y dejar que sea la conjunción de tiempo, espacio y voluntad, el que haga el trabajo pertinente. En ese sentido me permito ser un especie de catalizador de «algo» y que vayan apareciendo inquietudes, pulsiones que lleven a alguna clase de texto.

Así que ahora ya está la Fan Page, con el principal objetivo de compartir mis reflexiones, mis escritos. Siempre he sido muy reservado con mi escritura pero con la llegada de los 30 he entendido que el mundo es abundante y que cada uno de nosotros, desde lo que tiene, puede y debe colaborar con esa abundancia.

Ya no hay ninguna molestia física. La Fan Page está creada.

 

 

 

Tu sabor

Tus besos eran especiales. La conjunción de tus papilas, el hiato que se marcaba en las diferentes zonas de tu lengua me provocaba tal adicción que más que sexo lo único que buscaba era besarte. Sí, el mejor sexo que he tenido ha sido degustando tu boca, envuelto en ese sabor que hoy me recuerda a otros tiempos, a los sábados de invierno recorriendo bares, escuchando música que no nos gustaba, comiendo panqueques de sabores raros.

1489173477_873928_1489173694_noticia_normalNunca me gustó besar a alguien cuya lengua tuviera sabor de cenicero, pero la mezcla de café pasado con nicotina, alquitrán y menta para intentar opacar los sabores interiores, le dotaba a tus besos de un gusto especial. Había además el  resquicio de algún añejo vino mendocino en tu paladar. Bucear en tu boca era mi deporte favorito y así con los ojos cerrados, enredaba mi lengua con la tuya hasta cuando el aliento escaseaba y era preciso respirar ese aire gélido de julio.

En la despedida más que extrañar los abrazos, las noches de cama o las salidas de bares, me carcomía más la imposibilidad de volver a marcar el territorio de tu boca. Emprender la retirada de tus labios era más triste que el no escucharte o no tocarte más. Me hice adicto a tu sabor y así cuando en alguna alineación astrológica me fumo un tabaco mientras tomo café, detecto en mi propia lengua ese gusto particular tan tuyo. Regreso de la mano de Proust al pasado y me encuentro ahí, en invierno mirándote, perdido en tus ojos luego de lanzarnos al primer beso enfurecido.

Ya a la vuelta, doy una última pitada y apago el recuerdo en el cenicero.

Necesito azúcar

Soy adicto a la glucosa. Por supuesto esto no debería preocuparme demasiado sino fuera porque necesito tu azúcar. Aquella sacarosa que se apelmaza en tu sangre y que te permite danzar libremente, grabarte, escribirte sin preocuparte mucho del bombeo de tus propias venas.

Quiero tu sangre espesa, bermeja y violácea calmando mi abstinencia de sacarosa. Quiero beber tu sangre tibia, azucarada y viscosa como el jarabe de granadina. Quiero penetrar tu carne, rasgar tus tendones y llegar al manantial de tus glóbulos inquietos. Siempre me gustó el sabor de tus plaquetas, especialmente luego de la ingesta abrupta de brownies y helados. Cuando dejaste la carne de res, el plasma de tu sangre mejoró su consistencia y fue entonces cuando decidí absorberlo cada mañana, en ayunas, justo después del primer rayo de sol. Todo habría sido perfecto sino hubieras aprendido a amar los mariscos. La temperatura azucarada en tus venas se saló y tu sangre con ese remanente de gusto salino, terminó por alejarme de tu aorta.

Te he visto esta noche en un nuevo vídeo de Youtube y el vaivén de tu yugular se me hizo irresistible. Aun te recuerdo con tu diabetes bipolar, subiendo y bajando, mientras trataba de calmar tus picos succionando tu sangre. Perdí la cuenta de los meses de almíbar prendido a tu cuello y tus caderas.

¡Qué nostalgia de esos tiempos azucarados, de noches dulzonas con hematíes y leucocitos a la brasa!