Prefiero la palabra en portugués para los cambios que he venido haciendo en estas últimas semanas que implican movimientos físicos, trasladar cosas, reciclar otras, sacar, desaparecer. Por eso es más apropiado «mudanças», sin pensar en «mudanzas», ya que no me mudo ni me traslado a otro lado o quizás sí, pero en planos más sutiles que el denso plano terrenal.
Me explico: en mi búsqueda por sentirme cómodo para dormir, escribir, ver pelis y más cosas comencé un proceso de cambios radicales en mi propio cuarto. Desde hace años no me sentía a gusto ni con los colores ni con los muebles ni con nada ahí. Luego me fui a vivir a Argentina y las prioridades fueron otras. Al regresar, mi cabeza todavía no terminaba de aterrizar y aunque mi cuarto seguía siendo un lugar incómodo me lo «bancaba», pues me estresaba sólo pensar en remover cosas, carpetas, libros, muebles. Sabía que un caos me vendría encima.

Y así fue: desempolvé recuerdos, cartas, tarjetas, camisetas firmadas por amigos del colegio, cuadernos de la universidad, libros viejísimos de aprendizaje de idiomas, papeles, muchos papeles, guiones luego grabados, cuentos a medio a camino, fotos en diferentes momentos de mi vida, casetes, discos, películas que creía perdidas. En medio de todo ese caos que levantó polvo y emociones, pensaba en el gran peso no dimensionado que llevaba sobre los hombros. A nivel energético y emocional me refiero. Ir sacando las repisas, desarmar el armario, vaciar cajones fue un ejercicio de desahogo, de desapego. Porque aun cuando muchas cosas se mantengan, regresarán renovadas, ubicadas en otros lugares, respirando otro ambiente. Y fue así como a lo largo de cinco semanas he logrado con ayuda de mis papás, cambiar radicalmente mi cuarto: cambio de armario, nuevo color de paredes, piso nuevo, techo nuevo, una biblioteca y un escritorio a la medida de mis necesidades, una silla confortable para mi espalda que siempre reclama atención, una mejor iluminación y ventilación para descansar y trabajar. Ahora tengo «un cuarto de hotel» como dice mi mamá. Y a nivel energético empiezan a moverse fichas también: siento que logro dormir mejor, me siento más a gusto en mi espacio y aunque todavía no se termina todo de asentar, sé que todo será para bien.
Junto a estas mudanças, vienen también cambios en mi propio cuerpo. Algunos ya los he venido haciendo de una manera un poco desordenada. Estoy dejando las gaseosas (otra vez), estoy tratando de reducir el azúcar (esto me cuesta un montón) y estoy tratando de ser disciplinado con mi rutina de ejercicios. No es que quiera ser musculoso, pero quiero mantenerme en movimiento, en mi peso adecuado.
Creo que las mudanças vienen bien y no vale la pena recriminarse por no haber hecho cambios antes. Todo tiene su tiempo y espacio para hacerse. También hay que pensar que en algún momento muchas de esas cosas o de esos comportamientos fueron buenos hasta que dejaron de cumplir su función para uno mismo. Es ahí cuando llega el momento de hacer mudanças y si además de ser de objetos son también al interior de uno, mucho mejor.
Las mudanças dan nuevos aires y al hacerlo remueven cosas en todos los sentidos y niveles. Es ahí cuando es importante recordar que todo eso hace parte del proceso de cambio y aunque pueda ser fastidioso en el momento, luego se ven los frutos de la paciencia.
También escribo esto para recordarme que si estoy un poco ansioso, mareado, sensible es por esta fase de cambios y luego todo se irá acomodando a este nuevo estado de las cosas, vértebra por vértebra hasta quedar alineado, alargado y listo para los nuevos proyectos venideros.

Mientras los mensajes de otros se acumulaban en la pantalla, la charla con Diego tenía la misma densidad que la de un instante al aire. En breves minutos ya habíamos recorrido el mundo diez veces, repasado novelas decimonónicas, discutido el existencialismo sartriano, chateado en varios idiomas sólo para testear, a modo de juego, la capacidad de flirtear en lenguas ajenas. Recorrí sus fotos varias veces, me metí en sus paisajes, en sus neuronas, quise entender la matemática de sus pensamientos y ver si podía lograr que se quedara un día más, que no dejara la ciudad en busca de nuevos territorios sino que usara y recorriera el mío. Pero sus caminos ya estaban trazados y haría mutis en cualquier momento sin la catarsis aristotélica anunciando el desenlace.
gada de Gabriela (homónima de Alemán) a la casa del fallecido Andrei en Asunción, a quien había conocido años atrás. Gabriela viene a tomar como herencia un sinnúmero de cartas que Andrei le dejó, pero el viaje supone para Gabriela una reconciliación con esa ciudad. Con la misma sutileza y mirada aguda de este primer capítulo, Alemán traslada su acción al pasado, hacia la Europa migrante que veía en el cono sur una tierra de posibilidades. Desde Buenos Aires, Andrei joven emprende camino hacia Paraguay, en donde permanecería el resto de su vida.
Nunca me gustó besar a alguien cuya lengua tuviera sabor de cenicero, pero la mezcla de café pasado con nicotina, alquitrán y menta para intentar opacar los sabores interiores, le dotaba a tus besos de un gusto especial. Había además el resquicio de algún añejo vino mendocino en tu paladar. Bucear en tu boca era mi deporte favorito y así con los ojos cerrados, enredaba mi lengua con la tuya hasta cuando el aliento escaseaba y era preciso respirar ese aire gélido de julio.
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