Saudade de Domingo #79: New York Again and Again

Los viajes relámpagos sólo tienen dos caminos: O son nefastos o son una delicia. Nueva York podía ser entonces en mi tercer encuentro, una de esas dos opciones y contra todo pronóstico (otros viajes, trabajo, cansancio) me lancé a la aventura.

En septiembre del año pasado, poseído por algún ente explorador poco previsivo, se me puso en la cabeza que quería hacer algo diferente con el feriado de carnaval de este año. Decidí (o el ente decidió) que iría a New York por una tercera ocasión. ¿La razón? Conocer más de los lugares típicos y recónditos que una ciudad tan variopinta como New York puede ofrecer. Algo de shopping audiovisual tampoco vendría mal, así que sin mucho pensar compré un pasaje por cuatro días (sí, muy poco, lo sé, pero no era mi primera vez tampoco) y reservé hotel. En los meses sucesivos fui pagando con la tarjeta los dos rubros y ya para febrero estaba prácticamente todo pagado. Así sentí menos culpa al subirme al avión para vivir un breve paréntesis del trabajo. Era un oasis en medio de la avalancha de trabajo en la facultad, en teatro, en proyectos de escritura y obvio, una pausa necesaria para romper con la rutina.

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Upper East Side

Nuevamente en invierno. No conozco a New York en otra estación que no sea con temperatura en números negativos, con nieve, lluvia y viento. Caminé como en otros viajes con esa paisaje blanco, de árboles pelados, con las manos en el sobretodo y flanqueando las calles con el paraguas. El agua y el frío no se me dan bien pero casi siempre me tocan juntos. Sin embargo esa combinación demencial fue incluso una caricia luego de recorrer el Downtown Abbey Exhibition. Tres pisos para recorrer las escenografías, vestuarios, espacios multimediales sobre la serie. Sin duda, unos de los momentos top e inolvidables de este viaje.

IMG_8752En este tercer recorrido por New York decidí hacerme el turista convencional y el segundo día lo reservé para visitar la Estatua de la Libertad y Ellis Island. Había leído en varias guías que era necesario ir temprano porque suele llenarse. Llegué a Battery Park a eso de las 10 am, compré el ticket relativamente rápido pero lo más engorroso y largo fue la espera para subir al barco. Había mucha gente como advertían las guías pero además el frío era tremendo. Teníamos el río ahí al pie y la brisa era fuerte. Una ligera llovizna con el cielo cubierto hacía la escena un poco londinense. De todas maneras, no me molestaba. Amo el frío y entre más se entierra en los huesos, más lo disfruto. En la espera me distraía escuchando las frases sueltas en inglés, en francés, en portugués que escuchaba de las personas alrededor. Vi parejas, familias, amigos, jubilados. Les creé historias a partir de sus frases. Era como sentirme espectador en una sala de cine pero al mismo tiempo tenía la sensación de ser parte de la escena. En algún momento debo haberme reído de algún chiste que alguien dijo. Pero claramente no era un chiste para compartirlo conmigo. Anyway, la espera de casi una hora se hizo más dulce sintiéndome parte de esos personajes.

Más adelante me di cuenta que me esperaba una tortura habitual: los filtros de detector de metal y esas cosas. Había que quitarse abrigos, cinturón, zapatos, celulares. Era prácticamente desvestirse para luego volverse a arreglar lo más rápido posible.

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Ya en el barco me fui a la parte de arriba, al aire libre. El vaivén del agua y el susurro de las gaviotas que pasaban me hicieron sentir en casa (no sé por qué). A momentos en medio de un viaje, logro disociarme de donde estoy y me observo. ¿Cómo hice para llegar hasta acá?, suele ser mi pregunta. Empiezo entonces a hacer un recorrido rápido de cómo llegué y algunas veces concluyo que estoy loco, que contra viento y marea hago lo que se me canta (eso debería ser positivo). Me veo y me siento satisfecho, estoy en el lugar donde debo estar y vivo mis viajes a mi ritmo, a piacere, la gran parte del tiempo solo porque aun no consigo ser un buen compañero de viajes o quizás no encontré el/la compañero/a ideal para emprender recorridos largos.

Me hice selfies, hice fotos, vídeos en el camino a la Estatua, compré souvenirs, me saqué más fotos, más videos en el parque. Quise vivir la experiencia del turista tipo. Me subí al barco de nuevo, fui a Ellis Island y me conmoví con la majestuosidad del lugar. No pude evitar recordar The Godfather en esa famosa secuencia en la que Vito Corleone, siendo un niño llega a Ellis Island para entrar a Estados Unidos. Sé que es una ficción, pero me sentí muy tocado por esa historia, que a la vez era el espejo de muchos personajes que llegaron a Ellis Island. Fue un privilegio recorrer los diferentes pabellones del lugar, conociendo fragmentos de vida de muchos migrantes que vivieron ahí antes de entrar finalmente a Estados Unidos. Pensé en los bisabuelos, abuelos que llegaron sin nada dejando sus tierras en busca de mejores días, pensé también en los que aun hoy deben migrar. A veces es triste ver cómo las historias ser repiten en ciclos no importa la época.

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Como de costumbre no pudo pasar la visita obligada a B&H Photo Video, la tienda de Apple de la 5th Avenue y la librería Barnes and Noble. Tuve que controlarme para no llevarme toda la librería en peso, en especial los libros relacionados a la escritura, pues muchos autores norteamericanos no se traducen a español. También conocí una hermosa tienda japonesa de la que contaré en un siguiente post.

También en este viaje recorrí el Riverside Park, lugar que había escuchado por una obra de teatro que escribió Woody Allen y cuyo escenario era justamente ahí. No era para nada como me lo había imaginado pero rápidamente pude acostumbrarme al lugar. Un parque lineal, cerca al Hudson, de luces mortecinas y con eventuales sujetos en ropa de gimnasia que pasaban corriendo de ida y vuelta. Fue mi último atardecer en New York del tercer viaje. El río oscuro en el medio mientras el sol anaranjado daba sus últimos garabatos de luz. Aunque estaba en plena ciudad, desde el parque el sonido de los autos era apenas un murmullo, una especie de banda de sonido de fondo.

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A mi regreso a Ecuador, al volver a la facultad y ver a mis amigos, colegas, tuve la sensación de haber estado mucho tiempo afuera. Era como si me hubiera ido un mes. Y es que durmiendo tarde y levantándome temprano las horas vividas del día eran muchas más que en un día convencional. El deseo por comerme la ciudad era tal que en los días que estuve sólo un día almorcé. El desayuno ni siquiera entraba en de la agenda. No es que me maté de hambre, pues por las noches traté de cenar bien. Fui con un amigo a un restaurante suizo de quesos y vinos en Hell’s Kitchen, fui a West Village cenar a un restaurante mexicano, comí también pizza al paso en Koreatown y también los famosos Pretzel, que de verdad, para mí no tienen nada del otro mundo. Pura fama, nada de sabor.

Como decía al inicio, los viajes puedes ser nefastos o una delicia. Este, de largo, fue una delicia. Y como siempre que regreso de New York me quedan las infinitas ganas de volver, de encontrar ese plano corto o largo en una esquina inadvertida en el downtown o en el Upper East Side.

Brooklyn y Queens quedan pendientes para un cuarto viaje.

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