Saudade de Domingo #83: Inspiración

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Inflarse de aire, conectarse con el cosmos, tener la sensación de flotar. La inspiración resulta una palabra común y muchas veces maldita para quien se dedica o quiera dedicarse al acto de crear. Poseídos por la idea romántica de que las musas descenderán para insuflar su sapiencia, a menudo escuchamos decir: «No estoy inspirado» o «He estado inspirado». En realidad en palabras castizas lo que se quiere decir es: «No tengo ganas» o «He tenido muchas ganas». Porque la inspiración no es más que eso tan cercano  y tan íntimo de cada creador: tener ganas de hacer algo con el afán egoico de inmortalizar algo, de congelar un momento, una imagen o un conjunto de frases que merodean en la cabeza de quien escribe.

En varias ocasiones me he dado a la tarea de capturar situaciones, «escenas» de mi vida que creo que podrían convertirse en algo más que una simple anécdota que con el tiempo podría terminar olvidando. Me gusta ser memorioso pero al haber perdido muchos recuerdos por la fragilidad de mis neuronas, cuando intuyo que quiero conservar algo, lo escribo. Lo tamizo claramente, no puedo evitar fabular, adornar, quitar adjetivos, reformular diálogos. Realizo sin quererlo una intervención quirúrgica en mis recuerdos para dar lugar a otros personajes, a otros escenarios y a veces, otros tiempos. A veces la operación resulta tan creativa que el recuerdo sólo queda como una idea primigenia. Me he sorprendido leyendo escritos míos de hace algunos años, sin poder detectar conscientemente cuál fue su origen. Para los efectos sensibles, poco importa, pues el corazón reconoce las aguas subterráneas que se cuecen bajo esas letras y reconoce a ese hijo perdido, a ese recuerdo pulido y se infla de nostalgia al tener a esas líneas de cerca otra vez. El cerebro, el consciente, queda anulado. Es pura emoción lo que brota de esas lecturas.

Hace unos días presencié un ensayo teatral que me gatilló muchas cosas. Más allá de las cosas que pudieron gustarme o no de lo que vi de ese proceso artístico, ese aroma de viernes tropical, encerrado en una noche asfixiante, escuchando textos sentidos y actores dejando los huesos en cada escena, me hizo sentir esa «inspiración», esas ganas locas de capturar ese momento, de sentarme a escribir un relato no a modo de diario o bitácora, sino como cuando un cocinero decide reinventar los platos que ha aprendido a ver qué sale. Tenía ganas de contar sobre esa noche, sobre esos espectadores invitados a ese ensayo, sobre el director que veía de cerca el desarrollo de esa historia, sobre esa casa oscura que ha servido de escenarios para otras historias. Me llené de ganas sí, de contar, de fabular, de mirarme enajenado en una ciudad de la que cada vez menos me siento parte. Y así, con el transcurso de las horas se fue dibujando un cuento sobre ese momento y mientras «la inspiración» trabajaba, sólo atinaba a agradecerme por haberme lanzado a esa noche calurosa y haber encontrado en medio de mis penurias, un motivo para volver a creer y crear.

Saudade de Domingo #82: Viajar y escribir

Un claro síntoma que emerge cuando viajo es que no escribo (o muy poco). Contrariamente a lo que sucede con otros colegas, mientras viajo me es imposible armar más de tres frases seguidas. Es como si mi cabeza necesitara sumergirse completo en la aventura de observar, de palpar, de vivir y la soledad de la escritura le resulta una feroz enemiga. Es por ello mi ausencia del blog en estas semanas. Acabo de terminar un viaje académico por Europa y aunque es verdad que escribí poco, es verdad también que tomé muchas anotaciones, capturé frases escuchadas en la calle, me dejé llevar por las historias que me contaban los restaurantes, los rostros, los cielos que observé. No suelo escribir en viajes, pero sí que me nutro de lo que veo para luego volcarlo en “algo”. Un guion, quizás, un cuento, o un retazo de historia que probablemente encontrará su cauce en alguna futura novela.

Me encantaría compaginar la escritura con el hecho de viajar. En este viaje en algunas ocasiones me forcé a entrar a un café para que al estilo Borges o Cortázar pudiera sumergirme en personajes mientras bebía una taza de café. No logré tal hazaña. En pocos minutos estaba absorto observando el movimiento del café, la gestualidad de los meseros, los diálogos fragmentados de parejas de mesas vecinas. Todo aquel escenario me resultaba más atractivo que mis propias palabras ancladas en el papel. De modo que terminaba por cerrar la libreta y observar. Pero tampoco se me dio bien eso de sólo observar porque enseguida mi mente empezaba a generar microrelatos y tenía que abrir la libreta y anotar ideas. Eso sí que lo pude hacer. Anotar ideas, frases sueltas, algunas (muchas) incoherentes con el objetivo de bajarlas a tierra en una lectura posterior.

F996888B-E1B0-4BBC-91C2-74AC4A88E2BELuego de los viajes y en especial en este viaje, suelo quedar un poco agobiado. Me resulta difícil de manejar y procesar tanta información. En algunas ocasiones, como ahora, termino enfermándome y la única salida que me queda es escribir. Lo que sea y en el formato que sea, pero escribir a modo de curación, de sanar el cuerpo ante tantos impactos recibidos. Son las consecuencias de abrirme y convertirme en esponja cada vez que viajo. Me gusta absorberlo todo y esto como contrapartida me deja extenuado. En estos días luego del regreso de Madrid, por ejemplo, tengo la extraña sensación estar y no estar. Mi cuerpo no se habitúa del todo a la rutina y mi cabeza sigue pensando en las ciudades que visité como si fuera tiempo presente. Se niega a la idea de final. Aun con los horarios cruzados, en estos días he dormido más de lo habitual y aun persiste un cansancio constante. Lo único que atino a hacer bien es leer. Estoy sumergido en la lectura de Mandíbula, el último libro de Mónica Ojeda y creo que leerlo me ha salvado del tedio que produce el síndrome post viaje. Con el tiempo he aprendido a manejar mejor el impacto del regreso. Sé que en buena parte, escribir hace bien para amainar el peso la vuelta. Son los estragos de abrazar otras fronteras, de vivir diferentes «yoes» en ciudades distantes.

Después de todo, vale la pena viajar, vale la pena escribir.

Saudade de Domingo #81: Usarnos en las redes

Después de varias idas y venidas, he terminado Escritura no-creativa de Kenneth Goldsmith. Fruto de los primeros capítulos me di cuenta del potencial «creativo» que tenían mis chats de Whatsapp y que  ya había utilizado inconscientemente para generar cuentos, guiones y demás. Ahora que ya terminé todo el libro y con la cabeza en ebullición ante tantos autores citados, descripción de proyectos que desafían la creatividad, casos de fusión tecnológica en la literatura, me siento con muchas ganas de poner en práctica varios ejercicios de escritura no-creativa.

Para Goldsmith, la cantidad de textos que se han generado en esta contemporaneidad nos ha puesto en un problema: ya no es necesario escribir más sino más bien aprender a manejar la vasta cantidad de textos ya existentes. Si recordamos que ya todo está escrito y que la idea de la originalidad resulta caduca y utópica, con mucha más razón aquellos que sintamos el llamado a la escritura deberíamos pensar qué podemos hacer con tantos textos escritos, fotográficos circulando, cuyo destino final es caer en el olvido dentro de la enorme biosfera que es el internet.

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Así, las redes sociales se transforman en gigantes procesadores de textos que están ahí al alcance de un clic para ser utilizados. ¿Por qué no transformar un tuit en un texto poético? ¿Por qué no utilizar nuevamente los estados que Facebook nos devuelve en forma de aniversario para generar un fragmento de una novela o un diálogo de personaje? Los memes son pruebas actuales de genios no-creativos que han sabido utilizar fotografías o capturas de películas y series para acompañarlas de ciertos textos mordaces. No son autores originales, son autores no-creativos que han asumido la tarea de mezclar lenguajes, de hacerse cargo de textos bastardos, así como la cultura del grafitti, donde una pared servía de lienzo para pintar y para escribir declaraciones de amor, para protestar escribiendo frases de Marx en un contexto muy alejado del que su autor se habría imaginado.

Como ejercicio lúdico esta semana empecé a utilizar ciertas fotos para practicar un intento de escritura no-creativa. Son fotografías que tomé esta semana en eventos diversos y que podían ser unas más dentro de las miles que cada segundo se suben a las redes. Decidí que cada una de esas fotos podía ser un relato, una minihistoria que podía estar o no apegada al contexto de la foto. En ese juego decidí jugar con los adjetivos, si eran ridículos y sonaban a textos cursis preexistentes, mejor. La idea era desprenderme de cierta solemnidad a la que se suele ubicar a la escritura. ¿Por qué ponerla en pedestal si es algo tan humano, algo que hacemos todos los días indiscriminadamente? La escritura no-creativa propone inventariar los textos existentes, utilizar aquel material escrito que parece no decir nada transcendente y convertirlo en otra cosa (un grafiti, un poema, una novela, una película). En ese sentido, la lista de compras en el super, una recordatorio escrito en un post-it, son formas de literatura, considerando eso sí, qué voy a conservar de ese texto en el nuevo formato que vaya a elegir.

La crítica literaria Marjorie Perloff considera que el escritor de hoy más que un genio torturado se asemeja más a un programador que conceptualiza, construye, ejecuta textos como lo hizo, entre algunos otros, Walter Benjamin en El libro de los pasajes. ¿Por qué entonces no usar nuestros textos en las redes y darles nueva vida en otras plataformas? Quizás mi próximo comentario en el estado de Facebook de un amigo sea la frase introductoria de un nuevo cuento. Quizás el tuit visceral político de un influencer pueda ser el título de una nueva historia. Nunca se sabe cuáles son los caminos sorpresivos que puede darnos el lenguaje. La escritura no-creativa propone encontrar en los textos nuevas mutaciones, engendros quizás, que alguien los lea como hermosos y decida a lo mejor alterarlos y remixearlos también. Yo por lo pronto seguiré con mi fotonovela virtual en Instagram hacia donde la red (o mis ganas) me permitan llegar.

Saudade de Domingo #77: Cuando no escribo

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Alguna vez escuché decir a algún autor cuyo nombre ya no recuerdo, que se es escritor aun cuando no se escriba. Recuerdo haberme quedado pensando en esa frase, dándole vueltas. En aquel entonces era un adolescente, etapa en la que escribía de forma compulsiva, todos los días por varias horas y se me hacía imposible la idea de imaginarme escritor sin estar escribiendo.

Pasaron los años, llegó la universidad, el trabajo, la maestría y demás. El tiempo para escribir se vio mermado. Pasaba (y a veces paso) días o semanas sin escribir una sola línea. Mientras realizaba mis otras actividades me preguntaba: ¿seguiré siendo escritor? Y ante esa pregunta emergía ese recuerdo de antaño respondiéndome: Se es escritor aun cuando no se escriba.

Luego vi y leí muchas entrevistas a escritores que amo y más o menos cada uno desde su mística de trabajo, coincidían en ese aspecto. Hay otras cosas que se pueden hacer mientras no se escribe pero que sin duda son material para la escritura. La más importante de todas ellas: Vivir.

Aun cuando no escriba un cuento, una novela, un guion, mi cabeza siempre martillea con situaciones, con personajes que dicen frases sueltas, con escenarios potenciales para una historia, con noticias que de alguna manera me mueven y se conectan con poco esfuerzo a ciudades, épocas en las que me gustaría trabajar. Creo que la clave es siempre estar atento, escuchar afuera y escuchar adentro. De las dos me parece que la escucha interna va en primer lugar ya que de esta depende de cuán sintonizado puedo estar para darme cuenta de lo que sucede a mi alrededor.

Ya mencioné que el tiempo era responsable de que no pueda escribir todos los días. Eso en parte es verdad pero también es cierto que aparece otra variable: El propio cuerpo.

El cuerpo, o al menos mi cuerpo, tiene su propia gramática. A veces me dice no, no quiero escribir, necesito descansar, dame cariño, aliméntame, báñame pero no me obligues a sentarme, a hundir las teclas y mirar una pantalla en blanco. No quiero ahora, dame una película o una serie para pensar menos. Reconozco que lo complazco con culpa. Quiero escribir, agitar la cabeza y que salgan las palabras pero mi cuerpo se opone, me sabotea. Eso hasta que ocurre algo “mágico”. Mi cuerpo sin avisarme, se sienta y empiezo a teclear. Mi cabeza se despierta y ve que está todo “listo” para trabajar. Y en esa armonía de cuerpo y espíritu que puede durar segundos, horas o días, van apareciendo atisbos de historias y personajes. Se acercan como quien ha sido invitado a última hora a una reunión. Al principio recelosos, dubitativos, poco expresivos, hasta que luego se toman la cancha, debaten, discuten, plantean sus propias reglas.

Después, en algún momento, la fiesta se termina, los personajes toman vuelo y el cuerpo vuelve a pedir descanso, quiere nutrirse, hibernar un tiempo para sentarse después, cuando él quiera y donde quiera.

Aun cuando podría parecer que el tiempo y mi cuerpo son dos enemigos de la escritura, en realidad son dos aliados a los que necesito comprender. Gracias a ellos, puedo también vivir, viajar, leer, conocer, sentir, elementos claves para una escritura libre y sobre todo, sana.

Saudade de Domingo #75: La vida como un planning

El tiempo es el mismo para todos, pero algunos pueden hacer mucho y otros casi nada. La clave, según dicen, es la organización, planificar las actividades en orden de prioridad y facilidad para resolver. Varios son los gurúes, especialmente norteamericanos, que dan una serie de recetas infalibles para cumplir las metas semanales, mensuales y anuales. ¿Son efectivas realmente? ¿Son tan rígidas como parecen? Me parece que depende de cada uno hasta dónde dejamos que la planificación gobierne nuestra vida y cuándo damos paso a lo imprevisto, a lo sorpresivo. Sí, la vida está llena de sorpresas que no pueden predecirse en un calendario.

IMG_0691 2De cualquier manera, este año me he propuesto estructurar un poco mi vida a modo de planning. Cuando hice el balance del 2017, me di cuenta de la cantidad de cosas que había hecho pero al recordarlas, las veía como actividades dispersas, intermitentes, y tediosas. A pesar de que tuvieron buenos desenlaces me dejaron extenuado. Al final de muchas de esas actividades pensaba que si me hubiera organizado con mayor antelación, no habría sufrido tanto en el proceso. De modo que en las últimas semanas del 2017, me di a la tarea de buscar las mejores maneras de encarar el 2018. Y entre esas horas de búsqueda llegué a un libro muy conocido Getting things done, que es básicamente un manual de acción para llevar una vida más organizada y menos agitada y Your Best Year 2018, que se edita cada año y que es una agenda de trabajo pensada tanto para la parte de negocios como para la vida personal.

Lisa Jacobs, la autora de Your Best Year…, viene trabajando en estos manuales desde el 2015. Si bien empezaron con un sesgo más hacia los negocios, en las últimas ediciones y en particular en esta del 2018, se puede, si se desea, utilizar la agenda sólo para organizar la vida personal. En la primera parte del libro, la autora insta a responder una serie de preguntas para hacer un balance de lo que fue el año anterior (2017), con las fortalezas y debilidades. A partir de eso se elaboran las metas para el 2018, que luego se van desglosando en actividades más pequeñas para realizar de forma mensual o semanal.

A primera vista me dio un poco de susto ver los calendarios mensuales acompañados de un Check List de las actividades realizadas, pero ya hilando fino, me parece genial llevar una bitácora de todo lo que iré haciendo en el año. Pienso en el progreso de mis clases, de los guiones y de los cuentos que me he propuesto escribir este año. En este plan también quiero incluir las series, películas y libros que leo. No con el afán de leer más o ver más, simplemente para llevar un registro de mis consumos.

No pretendo ser un esclavo del planning, daré un poco de espacio para aquello imprevisto que surja, pero sí me gustaría tener hacia el final del año un listado fehaciente de la mayor parte de las cosas que hice en este 2018. Preveo un año bastante movido así que prefiero anticiparme en la organización.

Saudade de Domingo #74: Adiós 2017

Hace unos meses una amiga me hizo un estudio de numerología a partir de mi fecha de nacimiento y salió como resultado que el 2017 era un año de siembra. Más que proyectos concretos era el año de gestar, de elaborar, trabajar con calma y esperar los frutos para el año siguiente. Aunque escuchar eso podía haberme bajoneado (pues tenía muchas expectativas en proyectos para este 2017), me dio una cierta calma. Si algo siento que he aprendido en esta tercera década es a tener más paciencia, a entender la importancia del proceso más que del resultado final. Así que pensando en eso, siento que el 2017 ha sido un año muy activo, productivo en cuanto a sembrar, a plantar, a generar procesos de los que me enorgullezco.

No puedo sintetizar todas las actividades por acá, pero sin duda una de las cosas más lindas de este 2017, fue haber realizado el Taller de Escritura y Ciudad en Nueva York.  Fue mi primera vez en la ciudad y amé conocerla a través de la escritura y la lectura. Conocí también ahí gente maravillosa y Nueva York se ganó un lindo lugar en mi corazón. A nivel académico fue también un año movido, cargado de actividades, de riesgos también. Pude dar mi primer taller de escritura a un grupo de estudiantes de Redacción de la facultad, chicos muy motivados que creyeron en mí y con quienes me siento muy afín en muchas búsquedas. Como siempre digo y pienso, el más afortunado en estas dinámicas de aprendizaje, soy yo.

Este 2017 también tuve la suerte de viajar tres veces a Buenos Aires y dos a New York. En la parte financiera sobre esto prefiero no pensar, la preocupación queda en las tarjetas de crédito. Lo importante ha sido reencontrarme con amigos, disfrutar de la oferta de las ciudades, saciar mi apetito aventurero de salir y no quedarme en casa.

También en este 2017 terminé de escribir (al fin) el guion de largometraje de una película que me rondaba la cabeza desde hacía varios años. En la cabeza todos tenemos el guion perfecto y el esfuerzo que demanda apagar a la voz crítica, para dejar que la escritura fluya, fue muy desafiante. Siento que hay que trabajar mucho ese guion pero me siento ganador (modestia aparte) por el hecho de haberlo materializado.

Este 2017 volví al teatro (y ahora ya no pienso dejarlo) con una obra en la que ya había actuado año atrás. Ahora el desafío fue interpretar al protagonista. Una hermosa experiencia que demandó mucho esfuerzo, muchos ensayos pero cuyo resultado valió la pena. A pesar del cansancio y de las dudas, haber estado en esta escena otra vez, me reafirmó mi deseo por seguir en las tablas.

nieuwjaar-keep-calm-2018-otEste año también hice conciencia sobre mi cuerpo. No es que no la tuviera antes, pero este 2017 decidí tomar acciones concretas. Por primera vez me metí a un gimnasio para entrenar y decidí hacer un cambio leve en mi alimentación: abandoné las gaseosas y empecé a comer mucho menos en la hora de cena. Como resultado me siento más dispuesto, más ágil y me siento más contento con la imagen que veo proyectada en el espejo.

También entre mis locuras de este año, se me dio por comenzar a estudiar ruso. Me sumergí en el alfabeto, hice amigos rusos, me pasé horas leyendo las letras cirílicas, practiqué la fonética para hacer mío esos sonidos tan lejanos a mi lengua castellana. Es un recorrido largo que estoy feliz de empezar y continuar en el 2018.

Mi amiga que analizó mi numerología me dijo este 2018 será un año de cosechar todo lo sembrado, que muchas cosas verán la luz y que esté abierto a lo que viene. Quiero creerle así que deseo para este 2018 un año de más experiencias, de conocer nuevos lugares, nuevas personas, de amar mucho, de besar mucho, de mucha escritura, de mucho teatro, mucho cine. Como siempre yo, quiero todo en superlativo. Ante todo quiero ser feliz en lo que hago y seguir contando con la suerte de tener a mi lado personas maravillosas que me acompañan en mis locuras. Lo mismo que quiero para mí, lo que quiero para todos, para los que me conocen y para los que me leen en este momento.

Un abrazo desde Buenos Aires.

Saudade de Domingo #72: Volar

Llevo casi un mes sin escribir en este espacio. Fueron semanas agotadoras. Semanas de endiablada escritura de guion, revisión de trabajos de alumnos, mandar proyectos  a convocatorias. Cada domingo me agarraba la culpa de no poder escribir y me consolaba pensando que a pesar de no publicar nada por acá, igual seguía en el ejercicio de la escritura que no necesariamente se traduce en algo para compartir inmediatamente.

En todo caso, ya son vísperas navideñas, el año se esfumó en un soplo y entre todas las cosas que me sucedieron en estos doce meses, creo que la única conclusión que puedo sacar como lección para el 2018 es que siempre hay que volar. En el sentido de alzarse, apartarse un momento de la tierra y mirar desde las alturas, recorrer distancias mayores y vivir la aventura del viaje. Para volar no es imprescindible un avión ni tampoco sustancias psicotrópicas. Lo único necesario es tener las ganas de arriesgarse y permitirse ser sorprendido por el viaje.

Cada proyecto emprendido es una aventura, una invitación a un vuelo doméstico o trasatlántico. Conocer a alguien es un viaje largo, con muchas escalas y muchas esperas, quizás. Comer algo rico -qué viaje- proporciona un recorrido que renueva caminos, genera chispas y es el punto de partida para otros senderos. Escribir, leer, escuchar nueva música, ejercitar el cuerpo son otros tantos vuelos que siempre están ahí, con ticket aéreo disponible, siempre ON TIME.

Así que ahora, con muchas de las tareas laborales concluidas y ya con las fiestas a las puertas, hay que volar, abrazar mucho, expresar con el corazón buenos deseos, comer con placer (luego habrá tiempo para quemarlo todo) y si se puede, viajar físicamente también. Trasladar la materia a otro espacio, impregnarse de otros acentos, de otros aires y recorrer calles ajenamente propias.

Hay que volar, surcar los aires en las alturas y hurgar en los recovecos del espíritu. El mejor acompañante para cada aventura, el más leal, el más entusiasta, es siempre, por supuesto, uno mismo.

Saudade de Domingo #70: Nuevo personaje, nuevo proceso

Subirme al escenario me despoja de muchas certezas y me pone en cuerda floja. No es que sea masoquista pero la sensación que produce vivir un personaje, el cambio en el paso del tiempo, la marcación de los movimientos me enamoran desde el proceso de ensayos. Tiene varios puntos en común con el proceso de escritura. Hay que pensar bien en las líneas que se dicen, encontrarles la intención adecuada, zambullirse en la estructura de la obra, discutir sobre los grandes temas que se tocan y cómo eso impacta en el género que se está trabajando. Pero a diferencia de la escritura, la herramienta principal en la actuación, es el cuerpo. Es una obviedad decir esto, pero trabajar el cuerpo para la escena es imprescindible. Hacerte consciente del peso de las piernas, el movimiento áreos de los brazos, de las manos, de conocer las capacidades vocales y sobre todo, estar atento cómo te dejas afectar por el Otro en escena.

IMG_6451.JPGCon todas estas ideas rondando en mi cabeza y con muchas ganas de volver al escenario, apareció Los que se quedan, una obra que será estrenada en el festival en homenaje al dramaturgo guayaquileño José Martínez Queirolo a fines de este mes. El proceso de ensayo empezó hace dos semanas y aunque por las múltiples ocupaciones de los involucrados no hemos tenido muchas sesiones de trabajo, a nivel personal me está dando un aprendizaje enorme. Si bien hice teatro durante mis años universitarios y el año pasado estrené mi monólogo Pa et Blunk, este nuevo proceso de personaje donde tengo que trabajar con varios actores en escena, me ha hecho comprender mucho sobre la importancia del trabajo en equipo. Tengo la suerte de trabajar en escena con gente a la que aprecio y contar con la dirección de Marina Salvarezza, amiga entrañable que ha confiado en mí para el papel principal. Curiosamente hace muchos años participé de uno de los montajes que hizo Marina de esta obra con un papel pequeño. Mi comprensión del texto en ese momento era otro y ahora tengo la sensación de que son dos obras diferentes. Claramente cambié yo a lo largo de los años y sobre todo cambié mi forma de aproximarme al teatro. He podido ver en todo este tiempo muchas obras, ver muchos procesos de ensayos, trabajar como asistente de dirección, escribir obras, tener grandes amigos dentro de la escena teatral. Todo ese cúmulo de experiencias se ponen en juego ahora, en pleno proceso de ensayos de esta obra que me tiene en un vaivén constante.

Vivir la escena es un riesgo permanente en el que hay que saber jugar, saber cuándo moverse y saber esperar. En el mismo proceso hay fichas que van cayendo de a poco, a medida que se va entrando en el universo de la obra. Lo importante es no desesperarse y sí estar atento a lo que pueda pasar. Parafraseando a David Lynch sería intentar como atrapar al pez dorado.

Y así estoy, repasando el texto mentalmente mientras hago otras actividades, pensando en lo que moviliza a mi personaje, practicando diferentes formas de intención, sin certezas, apenas haciendo ejercicios, a prueba y error.

 

Ideas sueltas sobre mi sesión de hoy 

Escribir sobre esta historia es un buceo sin camino, es lanzarse sin pensar (mejor que pensar sin lanzarse). He hecho una estructura de la historia para saber por dónde debo navegar, pero ahora ya en el guion, todo es incierto, todo suena falso, artificial, forzado, atropellado. Y sin embargo en ese buceo, los personajes se van abriendo, se liberan de la estructura y simplemente son. Saltan de la pantalla, juegan con darme información, ocultándome otra. Son ellos y yo soy ellos. Escribo lo que ellos me dictan, me vuelvo ese médium de sus voces. Atravieso el mundo con ellos. Me proponen desbaratar la estructura, desestabilizar las bases e improvisar frases jamás pensadas, acciones en reversa.

Y así termina esta noche de escritura.

Saudade de Domingo #69: Dramaturgia

Como autor siempre me gusta participar de talleres donde se estimule la creatividad a través de la escritura. Parto de la idea de que cada instructor tiene su manera de encarar el proceso creativo, ejercicios que les han servido para llevar a cabo sus proyectos y eso es lo que más me motiva para ir a un taller de escritura. Siempre se aprende algo nuevo y así uno va forjando su propio camino, su propia formación.

Taller IgnasiEsta semana estuve en el taller de dramaturgia que impartió Ignasi Vidal (El Plan, Dignidad) en el Estudio Paulsen (Las Peñas, Guayaquil). Aunque no pude asistir a las dos primeras sesiones por asuntos laborales y académicos, los tres días que participé fueron maravillosos. Ignasi fue muy generoso en compartir su experiencia con nosotros, dándonos consejos útiles acerca del proceso creativo y sobre todo muy detallista a la hora de la retroalimentación de los trabajos. El grupo también contribuyó a generar un ambiente distendido, cálido, cosa que no siempre se consigue en los talleres de escritura.

Fue muy grato también escuchar los trabajos de los otros compañeros, cada uno con su estilo particular. Como docente sé lo importante que es escuchar los trabajos de los demás y sobre todo prestar atención a la retroalimentación, ya que es ahí donde reside parte de la riqueza de un taller. Con la lectura de otros trabajos, surgen nuevas ideas, nuevas hipótesis, nuevas inquietudes y se genera un aprendizaje complementario.

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Foto tomada del muro de María de Lourdes Falconí

Del taller además de la buena disposición de Ignasi y de los compañeros, me llevo la convicción de que debo seguir escribiendo sin escuchar mucho a la autocrítica, que la escritura no necesita de largas horas necesariamente, sino de concentración en el tiempo específico en que se hace. Mis tareas para el taller las realicé haciendo malabares con los tiempos en medio del trabajo y creo que logré conectarme muy bien con dichas tareas. Me queda la satisfacción por haber asistido y también las ganas de que en algún momento en el futuro pudiera repetirse un taller así, con la generosidad y la buena onda que tuvo este encuentro con Ignasi. Un taller de escritura desde la praxis, con prueba y error es fundamental para no quedarnos anclados en la teoría. Ignasi lo sabe bien desde su propia experiencia como dramaturgo.