Saudade de Domingo #91: La madurez en el viaje

Uno de los recuerdos más vívidos de mi infancia era el trayecto de ir al aeropuerto. Y no necesariamente para viajar, era apenas un deleite mío estar ahí, llegar, ver la cartelera de partidas y arribos, llenarme de la atmósfera de viaje y contemplar desde el bar del antiguo aeropuerto de Guayaquil, los aviones que despegaban y aterrizaban. Durante muchos años esa fue una de nuestras frecuentes salidas familiares.

En otras ocasiones, cuando era mi papá el que viajaba, llegábamos al aeropuerto con mucha anticipación para poder disfrutar de ese ambiente. Lo mismo sucedía cuando teníamos que recibir a algún pariente del extranjero. Yo en mi mente rogaba que hubiera algún retraso para estar más tiempo, escuchando las voces impersonales en los altoparlantes, viendo a la gente llegar apurada con sus maletas, viendo casi de manera teatral las despedidas de familiares justo en la puerta hacia migración. Aunque no viajara, me hacía la experiencia, era un espectador participante de los viajes de los otros.

Cuando viajaba yo, la experiencia se redoblaba. Días previos al viaje a veces me enfermaba, me ponía febril y fue luego de varios viajes que mi papá llegó a la conclusión que todo era producto de la ansiedad/felicidad de viajar. Ya no tan chico, recuerdo que a los 17 años, cuando iba a viajar a Brasil por primera vez, días antes me entró tal angustia que terminé rapándome la cabeza. Fue como que de pronto el pelo me empezó a molestar y decidí que era mejor cortarlo todo. Debo confesar que aunque ya estoy con más 30, aun sigo teniendo esa ansiedad/felicidad, sólo que a veces está más controlada. A veces…

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Uno de mis momentos sublimes en Paris: caminar a orillas del Sena.

Sin embargo desde los últimos viajes que  he realizado siento que ha habido un cambio, un crecimiento en mi forma de viajar. Puedo identificar una primera etapa en la que viajaba con mi familia. Normalmente los lugares de visita eran los puntos turísticos establecidos y alguno que otro lugar que fuera del agrado de mis papás. Era obvio, eran los adultos los que decidían y en teoría sabían que era lo mejor para visitar. En una segunda etapa, ya más crecido, entre mis padres y yo había una “negociación”. Estaba bien visitar lugares turísticos, pero se podía ampliar un poco el radar de visitas. La recuerdo como una etapa linda, pues hace mucho que no viajo con mis papás y era muy agradable compartir fotos, charlas y comidas en lugares distantes de nuestra casa. Lo que no extraño de esta época es que era muy “hijo” todavía. Era incapaz de moverme solo, de decidir que quería ir a cierto lugar en soledad y creo que en esa época ya tenía un poco esa desazón pero no tenía claro por qué en realidad.

1929654_10038406485_495_n.jpgLa tercera etapa se inauguró cuando empecé a viajar solo. El primer lugar fue a Río de Janeiro en el 2005. Como no sabía bien cómo moverme solo, los consejos de papá y mamá estaban muy presentes. Aunque ya conocía Río, seguí las rutas turísticas, las más cuidadas, las más “seguras”. Disfrutaba de esos viajes, pero seguía quedándome en la superficie (aunque esto es una reflexión a posteriori, en esa época me sentía feliz con ese tipo de viaje).

La cuarta etapa fue cuando volví a viajar acompañado pero esta vez con amigos contemporáneos a mí. Con un gran amigo francés recorrimos muchos lugares del Ecuador y me dejé llevar por su forma de explorar. Buscaba siempre los lugares outsiders, los puntos menos comunes. Hacíamos también el turismo “oficial”, pero dedicábamos muchas horas a buscar los museos más chiquitos, los mercadillos, las tiendas de antigüedades. Y sobre todo, caminar mucho. Fue una etapa linda que experimenté luego con otros amigos nacionales y extranjeros. Algunas fueron buenas experiencias y otras no tanto. Ahí fue cuando me di cuenta que no cualquier amigo es un amigo de viaje. Con muchos puedo tener afinidad en muchas cosas, pero cuando se trata de viajar, es necesario tener una filosofía de viaje parecida. Muchas veces me acoplé a los gustos de mis amigos y el viaje me quedaba con un sabor incompleto. Fue entonces que decidí que empezaría a viajar solo, pero con la “experiencia” de conocer lugares no oficialmente turísticos. Encontré un placer en esos viajes. Recorrí varios pueblos y ciudades con mi iPod, un libro y un mapa para no perderme. Amé esta etapa porque fue en la que comencé a probarme que no necesito de nadie para estar feliz (suena un poco emo, pero así lo sentía).

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En la misa de Viernes Santo, afuera del Coliseo Romano. Más que ver al Papa o escuchar la misa, me encantó rodearme de la gente que asistía, algunos muy devotos conectaban con Francisco. Otros, turistas, bastante “oficialistas” empujaban a la gente para sacar una buena foto del papa.

Ahora siento que desde hace unos años estoy en una nueva etapa. Sigo viajando solo pero he empezado a valorar otro tipo de experiencias. Más allá del shopping que me gusta hacer (no lo niego, es my guilty pleasure), disfruto de encontrarme con amigos nativos del lugar si fuera el caso, de comer en lugares típicos muchas veces encontrados por casualidad y visitar lugares “culturales”, “artísticos”. Ahora cada vez que elijo un destino para conocer, me es necesario ver la oferta cultural que hay. Incluso en ciudades más comerciales, mi búsqueda se orienta hacia la oferta artística. En algunos lugares como New York, Madrid o París, la oferta cultural es abrumadora pero también es cierto que otras ciudades como Miami hay una serie de espacios para conocer. Los he descubierto porque es el tipo de visitas que me gusta hacer ahora. En esto el internet ha sido maravilloso porque he podido leer reviews de viajeros que comparten sus propias cartografías de recorridos. Muchos de esos reviews fueron fundamentales para conocer Madrid o Roma desde otra mirada. También los amigos suelen ayudar, como me pasó con una gran amiga en Barcelona, quien me llevó a conocer la ciudad desde sus ojos. Y bueno también una que otra guía que a pesar de ser oficiales, buscan la particularidad o el encanto en pequeños detalles. Aunque suene medio cliché debo decir que las guías de Lonely Planet están muy bien armadas y cada una es escrita por alguien que ha vivido mucho esa ciudad.

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Caminando en Gràcia (Barcelona). Apacible, bohemia, rebelde.

También he aprendido a tomarme los viajes con más calma. Si tengo varios días para vivir la ciudad camino muchísimo para ir descubriendo en el medio, lugares que me llamen la atención y que termino casi siempre retratándolos con el celular. También me gusta tomarme mi tiempo para ir a un café, sentarme y escribir sobre lo que voy viviendo (este proceso lo he ido incorporando en los últimos viajes, ya que me sirve para dimensionar un poco lo que me pasa en ese momento). Por las noches antes de dormir o mientras hago alguna fila, aprovecho para leer. Siempre tengo uno o varios libros que me acompañan. En ocasiones aumentan de forma exponencial, ya que también hace parte de mi turismo, el visitar muchas librerías. No en todas compro pero sí me gusta recorrerlas, ver la decoración del lugar, los estantes, prestarle atención a la música, cuáles son los libros “de moda”, dónde están los clásicos, etc. Esta fascinación por las librerías empezó cuando viví en Buenos Aires, donde creo que hay más librerías que personas por barrio. Cada una con su propia personalidad, cada una encantadora y seductora.

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Vi en Madrid esta obra de teatro que me encantó pero sobre todo amé a Carmen Machi, que es una genia.

Dentro de esta forma de viajar, también tienen lugar los museos, las galerías y obvio, el teatro. Trato de ver por lo menos una obra de teatro en cada lugar al que voy. Es una manera de palpar a la ciudad de otra forma, identificando su cotidianidad, el público que asiste, la infraestructura del espacio. Lo mismo intento hacer aunque a diferente escala con los cines. En Madrid fui a varios para conocer los espacios pero sólo entré a ver una película en el cine Doré que es un lugar maravilloso.

Ahora con esta nueva forma de vivir los viajes, tengo muchas ganas de volver a esos lugares que quedaron en mi memoria como los sitios oficiales. Deseo volver a Río de Janeiro, Bogotá, Rosario, Montevideo, Santa Marta, Cuenca, Riobamba, Ibarra y re-conocerlas con una nueva mirada. Quiero sorprenderme con ellas caminándolas, conociendo a los nativos, disfrutando su teatro, su cine, escribiendo sobre ellas y perderme en sus aromas, en sus calles, en sus acentos. Creo que he madurado un poco como viajero.

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