Saudade de Domingo #23: ¡Feliz cumple Gabo!

«Empecé a escribir por casualidad, quizás sólo para demostrarle a un amigo que mi generación era capaz de producir escritores. Después caí en la trampa de seguir escribiendo por gusto y luego en la otra trampa de que nada me gustaba más en el mundo que escribir», le confesó García Márquez a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza en una de sus tantas charlas que luego se recogieron en el libro El olor de la guayaba (1982). A quienes amamos sus obras, agradecemos que haya caído en esa trampa y haya producido personajes endiablados en la ardiente costa atlántica colombiana.

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García Márquez me ha acompañado de forma casi permanente desde los 12 años. Como niño inquieto que era a nivel intelectual, no se me ocurrió nada mejor que empezar a leer a García Márquez que con Cien años de soledad. Recuerdo que su lectura me tomó casi dos meses pero no tengo consciencia de qué tanto entendí del libro en esa ocasión. Lo que sí recuerdo era esa sensación de estar descubriendo un mundo mágico mucho más cercano a mi realidad. Hasta antes de Cien años de soledad, había leído a Dickens, Twain, D’amicis, Stevenson, Lagerlöff, con historias situadas en lugares tan lejanos, de fonéticas extrañas y de pronto con Gabo, me encontraba en Aracataca en el Magdalena, no muy lejos de Santa Marta, la ciudad de mi mamá que siempre está muy presente en nuestras conversaciones familiares.

No tardé mucho en hacer asociaciones entre lo que leía y lo que me contaba mi tía Silvia acerca de ciertas tradiciones en Santa Marta. De pronto comenzaba a encontrar analogías entre los Buendía y los Reyes (mi familia materna). Las tías de mi mamá se convertían entonces en una especie de Amaranta y Rebeca, mientras que la abuela, ese ser que no llegué a conocer pero que mi mamá idolatra hasta hoy por su fortaleza de carácter y sabiduría, se convertía sin lugar a dudas en Úrsula Iguarán. Como alguna vez dijo García Márquez, la cultura caribeña es una sola. Y yo le creo, porque mi familia materna es sin saberlo, muy garciamarquiana.

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García Márquez recibiendo el Nobel en Suecia (1982)

Pero no todo fue lindo con Cien años de soledad. Sufrí mucho con el final de la novela. Recuerdo no haber podido sacarme las últimas páginas de mi cabeza en un buen tiempo y me quedé con una sensación de vacío al pensar que todo había terminado. Adicto a su escritura, me encontré luego leyendo Crónica de una muerte anunciada, Doce cuentos peregrinos, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, Ojos de perro azul, entre muchos otros. Más adelante volví a leer Cien años de soledad y con mayor edad empecé a hilar mejor los hechos y a entender el laberíntico árbol genealógico de Arcadios, Úrsulas y Aurelianos que se repitían en cada una de las generaciones. Hasta la fecha debo haber leído la novela unas cinco veces. Me viene bien cada cierto tiempo volver al libro para actualizarme en su lectura y también para recordarme a mí mismo mientras lo leía en otras instancias de mi vida.

Le debo a García Márquez el amor a la literatura, a la escritura, al observar con milimétrica precisión, a la búsqueda constante de un adjetivo distante que sirva para crear una metáfora. Al leer mis primeros textos de la adolescencia puedo detectar la gran influencia que la escritura de García Márquez tuvo en mí. Cuando los leo, sonrío porque puedo incluso recordar qué libro o cuento de García Márquez estaba leyendo por esa época. Sin duda alguna no habría entrado a la literatura sin García Márquez y tampoco hubiera entrado a lo audiovisual por consiguiente. Sus historias me mostraron un mundo diferente y en la identificación me hizo preguntarme por mi propia voz, qué es lo que busco narrar y cómo hacerlo.

Hoy Gabo habría cumplido 89 años y aunque desapareció de este plano hace dos, sus obras siguen tan vivas como siempre. En cualquier libro de su autoría Gabo estará vivo cuando un lector recorra sus líneas. Establecerá un diálogo con el colombiano más caribeño del mundo y será como tomar una cerveza con un amigo en una tarde de sol brillante. Una conversación de esas que uno recuerda toda la vida. Así que hoy sacaré del estante algún libro de Gabo al azar, el primero que vea y charlaré por unas horas con mi querido amigo y mentor para celebrar su cumpleaños.

Saudade de Domingo #21: La música como recuerdo

Suelo ser un poco monotemático con la música. Me puedo quedar con una canción varios meses escuchándola una y otra vez sin aburrirme. No es que sea la única canción del playlist, pero sí es la que escucho de forma obligada varias veces mientras camino, mientras voy en el auto o cuando realizo alguna tarea automática en el trabajo. Pasado el tiempo de expiración, se impone otra canción que termina por quitarle el trono y así van pasando varias canciones, algunas de las cuales no vuelvo a escuchar en mucho tiempo hasta que por causalidad, sea porque alguien la mencionó o su melodía me invadió la cabeza, vuelvo a esa canción de tiempo atrás. En ese momento se activan una cadena de reacciones mentales y físicas al evocar a ese yo de aquel período. Puedo recordar caminos, olores, sensaciones, amigos, libros, con el pasar de la letra y la melodía. Dado que las canciones me acompañan por mucho tiempo, terminan siendo testigos callados de un sinnúmero de momentos de mi vida.

Esta semana durante un ejercicio escénico del entrenamiento actoral que estoy haciendo, escribí una frase de una canción que tenía mucho tiempo sin escuchar. «Cecilia tiene muchas fantasías y muchas fantasías tengo yo». La frase surgió espontánea, inconsciente, como se proponía el ejercicio al más puro estilo de la escritura automática dadaísta. Durante el resto del entrenamiento pasé tarareando mentalmente la canción Cecilia, de Fito Páez.

No la escuché entera hasta el día siguiente y recordé mi último año de estudio de universidad, previo a la tesis. El 2007 fue el año de las materias más queridas por mí y las de los profes que hoy considero mis grandes amigos. Fue el año de los primeros trabajos profesionales, de las intuiciones para posibles temas de tesis, de afianzar lazos con los amigos de la facultad con los que ya tenía algunos años de fraternidad. Y en medio de eso aparecía la Cecilia Roth de Fito Paéz, a quien conocía por ser Manuela en la peli Todo sobre mi madre. Un gran amigo mío era fanático de Sabina y me presentó el disco Enemigos Íntimos donde este cantaba con Fito. Y ahí estaba Cecilia, con esa melodía sensual, burdelesca, teatral convertida en una venus en llamas. Recuerdo haber pensado en esa época escribir algún corto con esa canción, pero por alguna razón solo me quedé con algunas imágenes en la cabeza que nunca llevé al papel ni menos a la pantalla.

El baño de recuerdos terminó por darme un masaje afectivo esa tarde y decidí que usaría la canción como un ejercicio para una clase de creatividad que doy ahora en la universidad. Tuve que modificar un ejercicio para incluir este que me parecía mucho más vivo y pertinente para los objetivos de esa clase. Tuve un lindo feedback por parte de los estudiantes y sólo ahí, delante de ellos, caí en la cuenta de que ellos debían tener más o menos la edad en la que yo escuché la canción por primera vez. A diferencia mía, que sólo me quedé en la fantasía visual de la cabeza, el ejercicio los obligaba a escribir y crear algo nuevo a partir de la canción. Creo que así he saldado mi deuda con Cecilia.

El sábado a la mañana me levanté con una melodía sobre la que si llegué a reflexionar por escrito en algún momento: Pourquoi Battait mon Coeur de Alex Beaupain, cantautor francés con el que siempre hago clic con sus canciones. También tenía mucho tiempo sin escuchar esa canción que me transportó al 2011, un año difícil desde lo emocional, pues ya empezaba a molestarme la estabilidad y la línea horizontal en la que se estaba convirtiendo mi vida. Esta canción me hizo pensar en lo que me gustaba, en lo que me hacía feliz, en lo que hacía que mi corazón latiera con fuerza. Y así entre esas reflexiones surgía con fuerza, desde el chakra raíz la decisión de irme de Guayaquil y buscar nuevos horizontes afuera. Escuchar de nuevo esta canción el sábado me hizo volver a pensar por qué latía mi corazón y a recordar por qué estoy acá ahora. Mucha agua pasó por debajo desde el 2011 y el escuchar de nuevo a Beaupain me hizo feliz recordar todos los momentos que han hecho que mi corazón lata fuerte. A diferencia del 2011, ahora puedo decir que estoy satisfecho con todo lo vivido y espero que en unos años más tarde cuando la escuche de nuevo, me vuelva a sacar una sonrisa de satisfacción por seguir poniéndome pruebas, venciendo desafíos, por seguir viviendo.

Saudade de Domingo #20: El amor después del amor

No pensaba ya escribir el día de hoy. Pasaron hechos accidentados en este San Valentín que me hicieron rechazar la idea de escribir y peor todavía sobre el amor. Sin embargo me parece necesario cerrar «con amor» este día, aunque sea sólo para compartir unas cuantas reflexiones.

El amor resulta un sentimiento tan complejo y abarcador que siempre terminamos por darles tintes inconmensurables o trivializarlo en una película, una fecha o en algún producto masivo. No soy un Grinch del San Valentín. Es más, me parece una fecha interesante para expresar algo, salir de la rutina, encontrarle una chispa al amor que a veces termina por almidonarse y convirtiéndose en un accesorio. Encontrar el amor después del amor es la clave. Enamorarse todos los días no sólo de la persona que se ama, sino del trabajo, de los amigos, de los libros, de las películas, de la ciudad, del mundo. El reto es amar siempre, reinventar formas de amar o atreverse a amar a aquello que resulta extraño o prohibido. Porque al amar a la extrañeza, encontramos que es en esencia el mismo amor  que le hubiéramos dado a algo/alguien conocido.

El amor después del amor, más que un sentimiento cálido, erótico (en el sentido griego), efervescente, es una decisión. Yo decido seguir amando a tal persona, a mis padres, a mis amigos, a mi trabajo y decido alimentar ese sentimiento con detalles, cariño, con encuentros fortuitos, con sorpresas. Decido también bancarme los bemoles, las crisis, las dudas porque también esos hiatos hacen parte del amor, porque después de esas convulsiones telúricas, el amor triunfa y se hace más fuerte.

El amor después del amor es también una gran prueba de fuego. Es la instancia o momento clave donde decido si quiero o no continuar amando a esa persona o situación, si ese sentimiento no es más que una máscara de dependencia que sólo trae consigo dolor. Si de la otra orilla no encuentro latidos, no vale la pena pasar el umbral del amor inicial. Es un amor que debe quedar en nivel principiante y no es que sea menos válido por eso. Es apenas un amor minúsculo, parvulario, que tiene su lugar en alguna parte recóndita del corazón y que al evocarlo puede incluso sacar una sonrisa ingenua.

El amor después del amor es una gran enseñanza y una gran prueba de aceptación al otro como legítimo en convivencia, parafraseando a Maturana. Te amo y te acepto con tus virtudes, con tus aciertos y también con tus debilidades y miedos que he aprendido a amar también, entendiendo que hacen parte de ti. Me gustaría que te liberaras (y nos liberáramos) de tus angustias pero sé que atacándote no lograré iluminar tus zonas oscuras. Es con el amor que podremos ambos desvanecer los temores y seguir caminando juntos en el sendero que sea. Porque a final de cuentas no importa el camino que elijamos siempre que estemos con esa persona amada, a aquella que hayamos amado por primera vez y con la que hemos decidido seguir amándonos después. El amor después del amor es el paso largo al reconocimiento de que finalmente tú y yo en realidad somos uno solo.

Dejo por acá un capítulo dedicado al amor en el programa argentino Mentira la Verdad, donde su conductor, Darío Sztajnszrajber (sí, así es el apellido, no lo escribí mal) reflexiona sobre el pensamiento de varios filósofos acerca del amor.

Saudade de Domingo #19: No me gustan los domingos

No recuerdo cuándo empezó mi molestia hacia los domingos pero seguro que fue desde la época de la escuela. Marcaba la antesala de las clases y la muerte del fin de semana. Día híbrido de descanso y preparación para la semana que venía. Conservaba los resquicios alegres del sábado hasta más o menos las cuatro de la tarde. De ahí en adelante, con la agonía del sol, venía también la pesadumbre de las actividades estudiantiles -ahora laborales- y esa hora absurda del atardecer, hacía mella en mí en forma de angustia, de un vacío extraño que aun hoy no logro superar aunque he aprendido a manejarlo mejor.

No en vano estoy casi en los 30 (menos mal). Tengo más conciencia de mí desde hace algunos años, cuando emprendí por espontánea voluntad la ardua tarea de intentar conocerme y preguntarme cómo reacciono, cómo me siento, qué quiero e inexorablemente surgió como interrogante mi aversión a los terribles domingos. Para evitarme la angustia/ansiedad que me producían, busqué mecanismos para ignorarlos: iba al cine, al teatro, pasaba en algún café mientras el domingo fallecía y así disminuir su peso haciendo otras actividades. Sin embargo el mal seguía al acecho. Viendo alguna película, recordaba fugazmente la caída del domingo y me esforzaba por volver a la historia. No siempre lo lograba y me quedaba con esa rara sensación de suspensión, de mutismo en la que no consigo actuar ni hacer nada.

Luego empecé a mirar la muerte de los domingos como algo para estudiar. Empecé a fijarme qué me pasaba corporalmente, qué raras sinapsis hacían mis neuronas mientras el reloj avanzaba hacia las seis de la tarde. La respiración se agitaba un poco, empezaba a pensar en todas las tareas pendientes que juraba hacer desde el viernes por la tarde y me agobiaba con la acumulación de trabajos que se vendrían por el peso de la misma semana. También me fijé que me volvía ridículamente sensible, sobre todo con películas medio lloronas o recordando hechos con amigos, amigas, familiares que ya no están. Son las horas en las que más suelo sentir nostalgia y las horas donde suelo escribir de forma más azucarada. Me retumban en la cabeza las melodías más tristes de las que puedo tener registro y todo mi yo se convierte en un raro personaje de tragedia griega. Ya aprendí a no darme mucha bola en esas circunstancias. Con la tristeza encima ahora soy capaz de decirme como si le hablara el yo del san viernes a eso yo quebradizo dominical: “Es domingo, ya pasará”. Y en efecto pasa. El lunes, aun con todo la fiaca que representa, resulta mi salvación, la prueba de que logré superar al domingo cruel por su carencia.

Con más conciencia de mi súbito cambio de personalidad cuando llega el domingo, me suelo preparar con películas, series, libros o salidas que hagan que mi cerebro olvide la presencia del fatídico día. Cuando lo consigo, me alegro ya en la cama, antes de dormir, de haber pasado un domingo sin melancolía, sin haberme torturado. Quizás por eso decidí escribir esta columna todos los domingos. Para forzarme a estar en mí, sintonizado, pero sin caer al precipicio. Escribir es un poco luchar contra los domingos, ficcionalizar es el arma de combate para aplacar los estragos de esos días. Y cuando no lo consiga hacer, me tocará enfrentarme solo, recordándome que ya pasará y que el lunes me salvará.

Saudade de Domingo #18: ¡Adiós Downton Abbey!

Esta semana terminé de ver la última temporada de Downton Abbey. Me quedé con la misma sensación de vacío que me provoca haber leído un buen libro. Y es que las series son la versión posmoderna de las novelas por entrega del siglo XIX en las que cada semana se imprimía un capítulo que mantenía en vilo a toda una población durante meses o incluso años. No en vano una ejecutiva de la BBC afirmó que si Charles Dickens estuviera vivo, sin duda sería guionista de TV. Matthew Weiner, creador de Mad Men, fue más allá y dijo que Dickens sería showrunner (rol del creador de la serie que además es el productor general).

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Volviendo a Downton Abbey, esta serie británica que ganó varios premios a lo largo de sus temporadas como el BAFTA, Emmy, Globos de Oro, Screen Actors Guild Awards, entre otros, ha desatado legiones de fans alrededor del mundo. El marketing y la publicidad no han sido diferentes a ello y pronto empezaron a circular souvenirs de la serie. El palacio Highclere, donde se grabó la serie ahora es un punto turístico obligatorio para todo fan de Downton Abbey, donde se hacen visitas guiadas aprovechando la fama creada por la serie.

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Downton Abbey no sigue una historia concreta sino que se decanta por una serie de subtramas que giran alrededor de la familia Crawley y descienden hasta las profundidades de la cocina y lavanderías contando las historias de los empleados de la casa. Todas estas tramas se entrecruzan de forma armoniosa dando lugar a un sinfín de personajes que inician su historia con el hundimiento del Titanic en 1912 hasta la navidad de 1926. Siguiendo la serie somos testigos de grandes momentos en la historia del Reino Unido como la Primera Guerra mundial, el conflicto de la guerra de Irlanda, la Pandemia de Gripe Española, la crisis de la posguerra, la reivindicación de los derechos de la mujer, la homosexualidad, entre otros.

El diseño de producción de la serie es de altísima calidad, cuidando cada detalle para la501443-130316-rev-downton1 reproducción fiel de la época. Entramos así en un universo donde ante todo prevalen las tradiciones (en especial con el personaje de Violet, interpretado genialmente por Maggie Smith), los títulos nobiliarios y la obsesión casi enfermiza por las apariencias. La actuación flemática propia de los ingleses queda de manifiesto pero en Downton Abbey tienen un matiz más que justificado. Su creador Julian Fellowes se permite momentos de distensión, de humor y humaniza a los dos mundos opuestos que se muestran en la historia. Ni los nobles son unos tiranos ni los empleados son unos santos. La serie coloca cualidades y defectos en ambos lados, lo que se agradece y el espectador lo mira como humano, verosímil.

mast-004308-da3-hiresMis personajes favoritos de la serie fueron Lady Mary (Michelle Dockery), Violet (Maggie Smith), Carson (Jim Carter) y Barrow (Rob James-Collier). Son muy diferentes uno de otro, pero creo que Fellowes fue muy generoso con sus personajes y los actores tuvieron una gran proeza al interpretarlos. A lo largo de sus seis temporadas estos personajes fueron creciendo, logrando un arco de transformación impresionante. Tuvieron grandes momentos dramáticos y cómicos, donde se los amaba y odiaba al mismo tiempo. Lograr esos sentimientos encontrados es un gran acierto, alejándolos de cualquier posición maniqueísta.

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La princesa Kate Middleton durante su día de visita al rodaje de la sexta temporada de Downton Abbey. Kate es una fan acérrima de la serie.

Dowton Abbey fue mi compañera durante las noches de estos últimos meses. Tuve la suerte de descubrirla ya casi al final de su emisión así que pude mirarla diariamente, un capítulo -o dos- por noche. La sensación de vacío irá pasando como cuando terminé Breaking Bad o Mad Men. Otras series vendrán, conoceré a otros personajes que serán mis nuevos amigos, pero Lady Mary, Carson, Violet, Robert, Daisy o Mrs. Patmore serán los viejos amigos que recordaré en fotos o en alguna noche nostálgica en la que elija al azar algún capítulo de Downton Abbey.

Saudade de Domingo #17: Libretas de Apuntes

Soy un fanático de tomar apuntes a mano. Aun cuando me considero un apasionado por la tecnología, soy un apocalíptico nostálgico con respecto a la toma de apuntes. Me gusta escribir a puño y letra sobre un papel, sentir el olor del mismo y la tinta, poder hacer tachones y que estos luzcan como heridas dentro de un texto-tránsito parchado en busca de su versión final.

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Algunas de mis moleskine

Desde que tengo uso de razón, recuerdo haber tenido libretas de apuntes. Por esos años, las libretas eran las páginas sobrantes de algún cuaderno escolar del año anterior o bien las últimas páginas de un cuaderno de uso en curso. Esas páginas me daban libertad para escribir lo que quisiera, desde imitar alguna letra caligráfica, jugar con la imprenta, transcribir poesía o crear algún relato corto y acorde a lo que podía escribir por esos años.

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Mi primer cuaderno independiente

Con el tiempo, las libretas fueron evolucionando a cuadernos independientes, libres de los contenidos escolares y en algunos de ellos plasmé novelas enteras. Escribí mi primer libro íntegramente a mano cuando tenía 10 años en un cuaderno universitario. Revisando años después ese escrito mi letra se me presenta como un torbellino agitado, una pugna entre lo que mi cabeza/corazón dictaba y la velocidad con la que la mano podía captar todo lo que se le decía. Reconozco en esos primeros escritos la influencia de Dickens y García Márquez, que como ya mencioné acá, fueron mis primeros autores de cabecera.

Seguí con el vicio de escribir a mano, aun cuando después hacía las transcripciones a la compu. Este proceso me gustaba porque me permitía hacer una “edición” de lo que se había escrito primero en el papel. Ahora que lo pienso me parece demasiado laborioso pero yo disfrutaba de ese proceso. Era como volver a escribir, repensar los verbos, modificar diálogos, acciones. Me sumergía en ese universo donde vivía a todos los personajes. Debo haber hecho ese proceso por algunos años hasta que la compu le fue ganado terreno a las libretas de apuntes. Me fui convirtiendo en un experto al tipear y de esa época debo el hecho de que actualmente pueda escribir sobre el teclado con gran rapidez pero con un defecto: sólo escribo con los dos índices. El resto de los dedos se mantienen curvados haciendo de base para los activos índices que danzan por todas las teclas en fracción de segundos. Por ahí a veces el anular o el dedo medio ayudan con la tecla de borrado mientras los índices permanece inmóviles, respirando y cargando energía para continuar con la batalla salvaje del teclear. Ya en compu escribí una serie de relatos, novelas, cuentos, muchas de las cuales quedaron a medio terminar (aunque sabía perfectamente el final de cada personaje) y otras las concluí pero las condené al silencio del cajón. En cualquier caso, todas esas historias aun cuando tuvieran como reservorio principal la pantalla de un monitor, empezaron aunque sea en fase embrionaria, en una libreta de apuntes.

Comprendí mejor mi pasión por la libreta de apuntes cuando leí a los 18 años, un libro de Nathalie Goldberg llamado El Gozo de escribir. En este libro además de dar algunas pautas, tips sobre qué y cómo escribir, la autora proponía que se usara un cuaderno por mes para escribir lo que sea. Goldberg era categórica al decir que debía ser uno por mes y si acaso se encontraba ya por el día 29 y faltaba la mitad del cuaderno, había que apresurar en un día a escribir toda esa mitad que faltaba. Su objetivo era simplemente llenar las páginas, mantener el brazo caliente para escribir lo que sea. Tomé a medias su consejo: Me propuse tener un cuaderno a modo de desahogo pero lo completaba normalmente en dos meses.

Más adelante, ya en el 2009 llegué a las Moleskine, libretas que desde esa fecha no he abandonado. Empecé con las pequeñas de pasta de cartón y luego fui entrando a las de pasta negra delgadas y a las de lomo grueso. Es la libreta hispter por excelente, con su diseño vintage y fácil portabilidad, pero más allá FullSizeRender-4de eso, las Moleskine ejercen en mí un encanto especial: amo el olor que tienen. Soy adicto a la mezcla de olor entre la tinta y sus páginas. A veces escribo en una moleskine sólo para sentir ese encuentro cercano de papel, pluma y yo. En ellas, ya fruto de una escritura un poquito más madura, los apuntes van desde storylines para posibles proyectos audiovisuales, esbozos de cuentos, aprendizaje de palabras nuevas en otros idiomas, guía de calles, colectivos, lista de compras y tareas, perfil de personajes, frases que se me ocurren mientras espero en algún lugar. En Buenos Aires, las moleskine me ayudaron a aprenderme nombres de calles, recorridos de colectivos y subtes, escribí en ellas las primeras sensaciones en la ciudad y también a modo bitácora escribí sobre cómo me iba apropiando de esa capital.

Las moleskine han sido mis compañeras fieles desde entonces. Siempre cargo una conmigo. Durante varios años las usaba en el bolsillo trasero del pantalón hasta que un día regresando a casa, no encontré la que usaba en esa época y caí en cuenta de que en algún momento debió caerse del bolsillo y la perdí para siempre. Me sentí mal por haberla perdido, todavía recuerdo la historia que empecé a desarrollar ahí. Desde ahí decidí que era mejor tenerlas en resguardo en mi mochila y no confiarlas a un bolsillo.

Las moleskine han sido muchas veces mi tabla de salvación en las eternas filas que nunca avanzan o cuando un amigo o amiga me asegura que ya está llegando al encuentro y me deja esperando quince o veinte minutos. Siempre hay un buen pretexto para sacar la moleskine de turno y escribir sobre un proyecto ya pensado o dar espacio a uno nuevo. Al término de la libreta la junto con las otras que guardo con cariño en un cajón que usualmente reviso cuando ando falto de inspiración. Releerlas me recuerda al yo de ese momento, como si pudiera hacer un scan rápido de las canciones que escuchaba en ese momentos, de mis lecturas, de mi estado anímico de ese entonces. Las moleskine con sus borrones, manchas y diferentes colores de tinta son mis semillas, el germen de los proyectos que un día verán la luz.

Saudade de Domingo #10: Agradecer

Siempre es más fácil responder “de nada”, cuando es un otro el que dice gracias. O también puede ser fácil decir gracias cuando se vuelve parte de una formalidad, de una convención de lo que se considera correcto. Sin embargo resulta más complejo encontrar “las gracias” en los aspectos sencillos, en aquellos que surgen espontáneamente y no quizás como respuesta a nuestros propios deseos. Lo que hoy puede ser una mala noticia, mañana se potencia y se convierte en una oportunidad y ese cambio de suerte, es digno de agradecimiento.

El agradecer no es fácil, sobre todo cuando existe la presunción de que nos merecemos aquello que recibimos. Como si dijéramos interiormente “no debo agradecerle, está haciendo su trabajo, es su obligación atenderme”. Obligación o no, el agradecer es un acto de humildad, de ponerse a disposición, de aceptar lo que se recibe, para luego prepararse para dar. Quien no es capaz de agradecer por lo que recibe, nunca será capaz de dar o quizás dará pero con reticencia, con miedo, sintiendo que pierde algo importante de sí mismo. Y en el dar y recibir lo que debe existir es amor en términos de Maturana: la aceptación del otro como legítimo en convivencia. Somos energía y en la palabra gracias acompañada de una convicción interior de agradecimiento, todo lo que tengamos o lo que venga a nosotros se multiplica.

Por ello es necesario ejercitar el agradecimiento aunque cueste al inicio. Agradecer por el día que viene, por los amigos que se tienen, por la familia, por la salud, por el trabajo, por el dinero que llega a las manos, por lo material que se puede comprar para satisfacer ciertas necesidades. El proyecto 365 grateful me parece una linda iniciativa en la búsqueda constante del agradecimiento, en estar atento de los pequeños detalles y expresar desde el corazón hacia la garganta la palabra “gracias” sea a un otro, a la naturaleza, al universo, porque en definitiva, me estoy agradeciendo a mí mismo por darme la oportunidad de estar aquí y ahora.

Para terminar dejo por acá el link de una versión de What a Wonderful World, en voz del brasileño Tiago Iorc. Encuentro en esta interpretación una frescura que con Frank Sinatra no logro encontrar. Cuestión de gustos, quizás, pero es una canción con la que logro establecer un vínculo, que la siento recorrer en la sangre, que me baja las revoluciones y que agradezco también escuchar cuando siento la necesidad de reconectarme conmigo mismo.

Saudade de Domingo #9: Hacer política desde abajo

Hoy se define en Argentina quién será el nuevo mandatario. Luego de varias semanas cargadas de la propaganda de ambos candidatos y de los apasionamientos excesivos que provoca la política, siento que al menos con la definición de quién gane, llevará a una calma en los ánimos especialmente por redes sociales. La política se inserta en todos, aun en quienes dicen ser apolíticos. Considero correcto tomar una postura y ser consecuentes a ella. Admiro a los amigos que tienen una posición ideológica y hacen de ella su acción en todos los ámbitos de su vida. En las últimas semanas, por el balotaje en Argentina y los atentados en París especialmente, se ha producido un resurgimiento del sentir político, que por un lado me parece positivo, pues ha obligado a que la gente lea, se informe y adopte una postura, pero por otro lado ha generado agitadores sin ningún objetivo más que ponerse en contra porque sí, como ya lo hablé en mi artículo de la semana pasada.

Más allá de los comentarios cargados de odio o de amor que generan las tendencias políticas, en las redes se percibe fastidio, desazón y sobre todo mucho miedo. Detrás de todos esos comentarios, los retuits, los artículos que se comparten hay miedo, miedo del otro, miedo del que piensa diferente y amenaza mis principios, aquel que como espejo me muestra que hay otras formas posibles de vida y desestabiliza mis creencias. Como bien dice Maturana, disfrazamos nuestros discursos emocionales con discursos lógicos (números, estadísticas, citas irrefutables), para que de esa manera tenga más valor para nosotros mismos pero sobre todo para convencer a otro. Para que algún “tibio” pueda aceptar nuestra verdad y adoptarla también como suya. ¡Cuánto bien le hace al ego, saber que otro(s) piensa(n) como nosotros!

En momentos de tensión mundial y en las coyunturas propias de nuestros países, es necesario dejar de poner toda la responsabilidad -y las culpas- en manos del jefe de estado, del alcalde, del intendente, del ministro. Ya Guattari observaba este fenómeno y señalaba que los sistemas de culpabilización funcionaban como factor de inhibición de todo aquello que escapaba de las redundancias dominantes. Como solución a eso, el francés proponía estar alerta a todas las formas posibles de culpabilización, pues en esas dinámicas lo único que se consigue es bloquear soluciones, generar separatismos y sobre todo creer que ninguno desde su individualidad es responsable de algo. Otra trampa del ego, para colocar todos los males en el otro corrupto, dañino y peligroso.

Los mecanismos de corrupción y represión no han sido formas exclusivas ni de los grupos de poder relacionados con la burguesía ni con los de izquierda, por tanto no creo que tal o cual línea política vaya a solucionarme la vida, porque eso también sería considerarme un ente desprotegido que necesita de un padre que me diga qué hacer, dónde vivir, qué consumir y qué creer. Creo en las elecciones, en el voto popular, en escoger un representante que se preocupe por la economía, por la salud, la educación, pero no espero tampoco que este representante haga todo por mí y que resuelva además mis problemas cotidianos. Por ello me parece importante tomar las riendas políticas de nuestras acciones en nuestros propios círculos. Mirarnos en el trato con el otro, con la familia, con los amigos, con los compañeros de trabajo. Estar atento en las formas en que nos relacionamos con cada uno de ellos y hacer política desde esos lugares, haciendo micropolítica, dándonos cuenta de cómo operan -y pesan- en nosotros los códigos de nuestra propia sociedad y cómo podemos revertirlos. Es un trabajo de constante observación, de una mirada hacia adentro. ¿Saludo a todos los que me rodean o elijo a unos cuántos para dar un buenos días? ¿Soy honesto con los trabajos que realizo? ¿Soy consecuente con lo que predico y hago en mi día a día? ¿Espero tener algún tipo de privilegio por tener cierta posición laboral?

Desde la micropolítica, cada uno es responsable de su accionar y esa toma de conciencia desde lo molecular es importante en palabras de Deleuze y Guattari, pues refuerza y consolida la democracia en una sociedad. No se puede esperar que el mandatario sea honesto, cuando en el día a día reina la corrupción y cada uno lucha por conseguir sus objetivos con el mínimo esfuerzo, llevándose por delante a todo el que se interponga. Pensar que la ley sólo es buena cuando me conviene y es mala cuando me pone en tela de juicio, es vivir desde la separación, negando a un otro que tiene derecho como yo a la igualdad de condiciones. Hacer micropolítica es también hacer resistencia ante nosotros mismos desde lo cotidiano cuando observamos pequeños actos de corrupción que consideramos nimios e inocuos. Si quiero cooperar con ese líder que elegí, no debo necesariamente militar en un partido, pero sí puedo extender la mano al otro cuando lo necesita, siendo honesto en mis relaciones laborales, familiares, sentimentales. De esa forma, el líder también puede hacer su trabajo desde las grandes estructuras. Antes de colocarnos banderas políticas en lo macro, tendríamos que mirarnos qué tan genuinos somos desde las contiendas de lo cotidiano, desde la micropolítica, aun cuando esa observación pueda resultar en principio dolorosa.

Saudade de Domingo #8: Los evaluadores del sufrimiento

Los atentados de París, más allá del estupor que han causado, también han sido el pretexto para ataques virtuales hacia aquellos que se solidarizan con esta tragedia. Sea en el lugar del planeta que sea, todas las vidas importan, así sea en México, Siria, Palestina o Francia. Ponernos en estos momentos de conmoción mundial, con eso de que «a la gente sólo le importa la tragedia de París», es simplemente una trampa del ego para seguir creando separatismos.

Hay quienes se ponen la corona de ser “los evaluadores del sufrimiento”, en los que aparentemente hay una finalidad noble (abrirles los ojos a los demás ante otras tragedias, quizás peores), pero que siempre están deslegitimando la conmoción o sufrimiento de los otros. Si alguien defiende la caza indiscriminada de ballenas, alguien dirá que cientos de perros son exterminados por día y que los que luchan por las ballenas son frívolos. Si alguien se conmueve de los perros exterminados por día, un evaluador saldrá a decir que diariamente se matan vacas por el consumo masivo de carne. Si alguien se conmueve por las vacas, saldrá un evaluador para decir que más importante son las vidas humanas que se pierden en las guerras. Si alguien se conduele por alguna guerra en particular, alguien saldrá decir que hay una Y guerra peor. Si alguien se conduele por esa Y guerra peor, alguien saldrá a decir que Z es mucho peor y que ese otro es un imbécil aburguesado que no sabe los horrores que pasan en la guerra Z. Si alguien se conmueve por la guerra Z, un evaluador dirá que es un absurdo mirar esa guerra y no condolerse con la hambruna en el mundo… ¿Hay algún medidor de qué hecho es más importante que otro? Quizás la agenda de los medios nos haga creer que hay una jerarquía, pero no, todos esos hechos lamentables son igual de importantes, así que ni los medios ni los evaluadores del sufrimiento están en lo correcto.

La cuestión de fondo para mí, más allá de la tragedia en sí misma, es ver cómo los evaluadores salen de diferentes trincheras a juzgar lo que el otro está sintiendo. No hacen activismo, no buscan generar cambios sociales, no se conduelen de las tragedias en lugares periféricos (ojo que los que sí lo hacen y tienen un compromiso loable por el prójimo no entran en el perfil de evaluadores del sufrimiento). Sólo emergen cuando hay una conmoción masiva y ven el momento oportuno para figurar como diferentes, como si el dolor fuera otro en Beijing o Estocolmo. Los evaluadores del sufrimiento critican a quienes por redes ponen filtro a sus fotos con la bandera de un país determinado, los atacan de hacer sólo militancia en plataformas digitales. Pero ninguno de esos evaluadores del sufrimiento hace otra cosa más que compartir fotos de otras tragedias, siempre recordando que mueren más en otros rincones del mundo. ¡Y sólo recuerdan cuando ha pasado algo de conmoción general! Eso también es un activismo de escritorio que no sirve para nada, que sólo funciona como una cortina de humo para seguir marcando diferencias.

Pero no todo es malo en los evaluadores del sufrimiento. Ayudan en una labor que es igualmente importante: Buscar siempre la tragedia peor, la que los medios intentar ocultar por intereses políticos, económicos, la que se encuentra en un lugar distante y que al igual que cualquier otra tragedia es importante y duele. Habría que mirar al evaluador del sufrimiento como el portador del lado B de todos los medios, pues siempre tendrán la otra cara de una tragedia mediática y desde ese lugar, es válido su accionar. Sirve para hacer el ejercicio de conocer más el mundo que nos rodea y para entender los intereses retorcidos de los grupos de poder. Pero no hay que caer en eso de elegir por qué tragedia conmocionarse.

Los evaluadores del sufrimiento siempre dicen que una tragedia “mediática” (entiéndase aquella que acapara todos los medios tradicionales y digitales) es un “pretexto” para ocultar otras. Como si la pérdida de vidas en un lado fuera más o menos importante que en otros. Los evaluadores del sufrimiento matan con sus frases hechas, con sus repentinos comentarios siempre buscando el lado negativo, usando las redes para disparar sus misiles.

Los evaluadores del sufrimiento son agitadores de humo.

Saudade de Domingo #7: Releyendo a mis autores

Sí, mis autores. Aquellos que escribieron obras que han terminado siendo del mundo. En tal caso sería mejor decir “mis obras” pero prefiero el sentido más humanista de apropiarse de los autores, con quienes dialogo y discuto en sus novelas, cuentos; quienes me recuerdan con la elección quirúrgica de sus palabras exactas, que es ahí donde reside la grandeza de una buena historia, sea en el género que sea.

¿Quiénes son mis autores? Suelo ser un lector voraz pero si tuviera que elegir con cuáles viajar a una isla desierta serían: Charles Dickens, Gabriel García Márquez y Roberto Bolaño. Muchos grandes quedan fuera de la lista pero elijo estos tres porque cada vez que me siento un poco perdido en el marasmo de personajes e historias, termino recurriendo a algunos de sus relatos. El paso del tiempo se encargó de demostrarme que a pesar de las nuevas lecturas y el descubrimiento de nuevos autores, había una conexión especial con la relectura de Grandes esperanzas Cien años de soledad o Los detectives salvajes. En estas obras así como en sus otras mal llamadas obras menores, Dickens, García Márquez y Bolaño convierten historias cotidianas en grandes argumentos, dando una gran lección de escritura para todo aquel que busque dedicar sus días a la construcción de relatos.

Charles Dickens
                 (1812-1870)

Charles Dickens, ya convertido con el tiempo, en un autor clásico e indispensable de las letras inglesas. Sus novelas cubrieron gran parte de mi adolescencia, llevándome a conocer a Oliver Twist, David Copperfield, Ebenezer Scrooge. Dueño de un estilo directo, llano pero cargado de magia, incluso para describir a la durísima Londres victoriana, Dickens termina sometiendo a sus personajes a toda clase de situaciones donde se evidencian sus miserias tanto físicas como de espíritu. Coincido plenamente con el creador de Mad Men, Matthew Weiner, al decir que si Dickens hubiera vivido en nuestro tiempos, sería un showrunner (el sumo creador de una serie de TV).

GabrielGarciaMarquez
                            (1927-2014)

Hace pocas semanas, agobiado por las presiones que me impongo para terminar proyectos de escritura, me sorprendí agarrando el libro Doce cuentos peregrinos, de García Márquez. Necesitaba de forma inconsciente, nutrirme de una lectura fresca, breve, para sopesar el proyecto grande de escritura en el que me metí por motus propio. Devoré la antología de cuentos un fin de semana con los breves paréntesis para retomar la escritura de mi proyecto. Las historias de esos migrantes en Europa contadas por la pluma caribeña de Gabo, me hicieron reflexionar sobre la propia estructura en sí. La manera en que el colombiano presenta a sus personajes y los introduce en situaciones muchas veces surreales hablando un francés masticado o en un italiano doliente, me lleva como lector a un universo donde lo más natural sería cargar con el cadáver de una niña a la espera de una audiencia con el Papa para demostrar que es santa, que una mexicana termine en un psiquiátrico sólo por querer hablar por teléfono o que dos niños latinos elaboren un plan macabro para deshacerse de su institutriz en el mediterráneo italiano.

roberto_bolano
                 (1953-2003)

Otro gran maestro, el señor Roberto Bolaño. Los detectives salvajes es una clase magistral de escritura, en términos de estructura, ritmo, diálogo, construcción de personajes y ambientes. Desde las primeras páginas nos sumerge en la sociedad de poetas infrarrealistas en el México de los 70. Su destreza en el uso de los diálogos, siempre exactos y la construcción musical de su fabular, resulta un oasis para quien está sediento de una buena narrativa. Recuerdo todavía la mezcla tristeza y nostalgia que me produjo leer las últimas páginas de la novela. Casi un cineasta a la hora de escribir, a veces tenía la impresión de estar viendo y no leyendo los capítulos del libro. Cada tanto releo fragmentos de Los detectives salvajes, no sólo por el mero placer de la narración o por la búsqueda de la técnica literaria, sino para recordar las sensaciones que me producía evocar los diferentes estadios de la obra.

Los autores son como esos amigos que aunque no veamos con frecuencia, siempre están ahí cuando los necesitamos y el lazo fraterno permanece intacto. Las coincidencias y las discrepancias son bienvenidas en la misma proporción, podemos festejar, reír o llorar a su lado con una taza de café o una copa de vino. Pueden soportar noches de desvelo o días soleados en la playa y siempre van a recordarnos con sus palabras por qué los hemos elegido como amigos.