«Empecé a escribir por casualidad, quizás sólo para demostrarle a un amigo que mi generación era capaz de producir escritores. Después caí en la trampa de seguir escribiendo por gusto y luego en la otra trampa de que nada me gustaba más en el mundo que escribir», le confesó García Márquez a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza en una de sus tantas charlas que luego se recogieron en el libro El olor de la guayaba (1982). A quienes amamos sus obras, agradecemos que haya caído en esa trampa y haya producido personajes endiablados en la ardiente costa atlántica colombiana.

García Márquez me ha acompañado de forma casi permanente desde los 12 años. Como niño inquieto que era a nivel intelectual, no se me ocurrió nada mejor que empezar a leer a García Márquez que con Cien años de soledad. Recuerdo que su lectura me tomó casi dos meses pero no tengo consciencia de qué tanto entendí del libro en esa ocasión. Lo que sí recuerdo era esa sensación de estar descubriendo un mundo mágico mucho más cercano a mi realidad. Hasta antes de Cien años de soledad, había leído a Dickens, Twain, D’amicis, Stevenson, Lagerlöff, con historias situadas en lugares tan lejanos, de fonéticas extrañas y de pronto con Gabo, me encontraba en Aracataca en el Magdalena, no muy lejos de Santa Marta, la ciudad de mi mamá que siempre está muy presente en nuestras conversaciones familiares.
No tardé mucho en hacer asociaciones entre lo que leía y lo que me contaba mi tía Silvia acerca de ciertas tradiciones en Santa Marta. De pronto comenzaba a encontrar analogías entre los Buendía y los Reyes (mi familia materna). Las tías de mi mamá se convertían entonces en una especie de Amaranta y Rebeca, mientras que la abuela, ese ser que no llegué a conocer pero que mi mamá idolatra hasta hoy por su fortaleza de carácter y sabiduría, se convertía sin lugar a dudas en Úrsula Iguarán. Como alguna vez dijo García Márquez, la cultura caribeña es una sola. Y yo le creo, porque mi familia materna es sin saberlo, muy garciamarquiana.

Pero no todo fue lindo con Cien años de soledad. Sufrí mucho con el final de la novela. Recuerdo no haber podido sacarme las últimas páginas de mi cabeza en un buen tiempo y me quedé con una sensación de vacío al pensar que todo había terminado. Adicto a su escritura, me encontré luego leyendo Crónica de una muerte anunciada, Doce cuentos peregrinos, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, Ojos de perro azul, entre muchos otros. Más adelante volví a leer Cien años de soledad y con mayor edad empecé a hilar mejor los hechos y a entender el laberíntico árbol genealógico de Arcadios, Úrsulas y Aurelianos que se repitían en cada una de las generaciones. Hasta la fecha debo haber leído la novela unas cinco veces. Me viene bien cada cierto tiempo volver al libro para actualizarme en su lectura y también para recordarme a mí mismo mientras lo leía en otras instancias de mi vida.
Le debo a García Márquez el amor a la literatura, a la escritura, al observar con milimétrica precisión, a la búsqueda constante de un adjetivo distante que sirva para crear una metáfora. Al leer mis primeros textos de la adolescencia puedo detectar la gran influencia que la escritura de García Márquez tuvo en mí. Cuando los leo, sonrío porque puedo incluso recordar qué libro o cuento de García Márquez estaba leyendo por esa época. Sin duda alguna no habría entrado a la literatura sin García Márquez y tampoco hubiera entrado a lo audiovisual por consiguiente. Sus historias me mostraron un mundo diferente y en la identificación me hizo preguntarme por mi propia voz, qué es lo que busco narrar y cómo hacerlo.
Hoy Gabo habría cumplido 89 años y aunque desapareció de este plano hace dos, sus obras siguen tan vivas como siempre. En cualquier libro de su autoría Gabo estará vivo cuando un lector recorra sus líneas. Establecerá un diálogo con el colombiano más caribeño del mundo y será como tomar una cerveza con un amigo en una tarde de sol brillante. Una conversación de esas que uno recuerda toda la vida. Así que hoy sacaré del estante algún libro de Gabo al azar, el primero que vea y charlaré por unas horas con mi querido amigo y mentor para celebrar su cumpleaños.

reproducción fiel de la época. Entramos así en un universo donde ante todo prevalen las tradiciones (en especial con el personaje de Violet, interpretado genialmente por Maggie Smith), los títulos nobiliarios y la obsesión casi enfermiza por las apariencias. La actuación flemática propia de los ingleses queda de manifiesto pero en Downton Abbey tienen un matiz más que justificado. Su creador Julian Fellowes se permite momentos de distensión, de humor y humaniza a los dos mundos opuestos que se muestran en la historia. Ni los nobles son unos tiranos ni los empleados son unos santos. La serie coloca cualidades y defectos en ambos lados, lo que se agradece y el espectador lo mira como humano, verosímil.
Mis personajes favoritos de la serie fueron Lady Mary (Michelle Dockery), Violet (Maggie Smith), Carson (Jim Carter) y Barrow (Rob James-Collier). Son muy diferentes uno de otro, pero creo que Fellowes fue muy generoso con sus personajes y los actores tuvieron una gran proeza al interpretarlos. A lo largo de sus seis temporadas estos personajes fueron creciendo, logrando un arco de transformación impresionante. Tuvieron grandes momentos dramáticos y cómicos, donde se los amaba y odiaba al mismo tiempo. Lograr esos sentimientos encontrados es un gran acierto, alejándolos de cualquier posición maniqueísta.


de eso, las Moleskine ejercen en mí un encanto especial: amo el olor que tienen. Soy adicto a la mezcla de olor entre la tinta y sus páginas. A veces escribo en una moleskine sólo para sentir ese encuentro cercano de papel, pluma y yo. En ellas, ya fruto de una escritura un poquito más madura, los apuntes van desde storylines para posibles proyectos audiovisuales, esbozos de cuentos, aprendizaje de palabras nuevas en otros idiomas, guía de calles, colectivos, lista de compras y tareas, perfil de personajes, frases que se me ocurren mientras espero en algún lugar. En Buenos Aires, las moleskine me ayudaron a aprenderme nombres de calles, recorridos de colectivos y subtes, escribí en ellas las primeras sensaciones en la ciudad y también a modo bitácora escribí sobre cómo me iba apropiando de esa capital.


Debe estar conectado para enviar un comentario.