Saudade de Domingo #18: ¡Adiós Downton Abbey!

Esta semana terminé de ver la última temporada de Downton Abbey. Me quedé con la misma sensación de vacío que me provoca haber leído un buen libro. Y es que las series son la versión posmoderna de las novelas por entrega del siglo XIX en las que cada semana se imprimía un capítulo que mantenía en vilo a toda una población durante meses o incluso años. No en vano una ejecutiva de la BBC afirmó que si Charles Dickens estuviera vivo, sin duda sería guionista de TV. Matthew Weiner, creador de Mad Men, fue más allá y dijo que Dickens sería showrunner (rol del creador de la serie que además es el productor general).

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Volviendo a Downton Abbey, esta serie británica que ganó varios premios a lo largo de sus temporadas como el BAFTA, Emmy, Globos de Oro, Screen Actors Guild Awards, entre otros, ha desatado legiones de fans alrededor del mundo. El marketing y la publicidad no han sido diferentes a ello y pronto empezaron a circular souvenirs de la serie. El palacio Highclere, donde se grabó la serie ahora es un punto turístico obligatorio para todo fan de Downton Abbey, donde se hacen visitas guiadas aprovechando la fama creada por la serie.

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Downton Abbey no sigue una historia concreta sino que se decanta por una serie de subtramas que giran alrededor de la familia Crawley y descienden hasta las profundidades de la cocina y lavanderías contando las historias de los empleados de la casa. Todas estas tramas se entrecruzan de forma armoniosa dando lugar a un sinfín de personajes que inician su historia con el hundimiento del Titanic en 1912 hasta la navidad de 1926. Siguiendo la serie somos testigos de grandes momentos en la historia del Reino Unido como la Primera Guerra mundial, el conflicto de la guerra de Irlanda, la Pandemia de Gripe Española, la crisis de la posguerra, la reivindicación de los derechos de la mujer, la homosexualidad, entre otros.

El diseño de producción de la serie es de altísima calidad, cuidando cada detalle para la501443-130316-rev-downton1 reproducción fiel de la época. Entramos así en un universo donde ante todo prevalen las tradiciones (en especial con el personaje de Violet, interpretado genialmente por Maggie Smith), los títulos nobiliarios y la obsesión casi enfermiza por las apariencias. La actuación flemática propia de los ingleses queda de manifiesto pero en Downton Abbey tienen un matiz más que justificado. Su creador Julian Fellowes se permite momentos de distensión, de humor y humaniza a los dos mundos opuestos que se muestran en la historia. Ni los nobles son unos tiranos ni los empleados son unos santos. La serie coloca cualidades y defectos en ambos lados, lo que se agradece y el espectador lo mira como humano, verosímil.

mast-004308-da3-hiresMis personajes favoritos de la serie fueron Lady Mary (Michelle Dockery), Violet (Maggie Smith), Carson (Jim Carter) y Barrow (Rob James-Collier). Son muy diferentes uno de otro, pero creo que Fellowes fue muy generoso con sus personajes y los actores tuvieron una gran proeza al interpretarlos. A lo largo de sus seis temporadas estos personajes fueron creciendo, logrando un arco de transformación impresionante. Tuvieron grandes momentos dramáticos y cómicos, donde se los amaba y odiaba al mismo tiempo. Lograr esos sentimientos encontrados es un gran acierto, alejándolos de cualquier posición maniqueísta.

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La princesa Kate Middleton durante su día de visita al rodaje de la sexta temporada de Downton Abbey. Kate es una fan acérrima de la serie.

Dowton Abbey fue mi compañera durante las noches de estos últimos meses. Tuve la suerte de descubrirla ya casi al final de su emisión así que pude mirarla diariamente, un capítulo -o dos- por noche. La sensación de vacío irá pasando como cuando terminé Breaking Bad o Mad Men. Otras series vendrán, conoceré a otros personajes que serán mis nuevos amigos, pero Lady Mary, Carson, Violet, Robert, Daisy o Mrs. Patmore serán los viejos amigos que recordaré en fotos o en alguna noche nostálgica en la que elija al azar algún capítulo de Downton Abbey.

Peli de Sábado por la noche #8: Carol (2015)

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Todd Haynes regresa al cine con Carol, una cinta basada en la novela de la célebre autora de suspenso Patricia Highsmith, que a su vez estaría inspirada en un caso real vivido por la misma Highsmith durante sus primeros años de esritora.

La trama cuenta la historia de Carol (Cate Blanchett), una mujer de clase acomodada, con 17-carol.w529.h352.jpgun matrimonio ya en ruinas, que decide ir a un gran almacén de la Nueva York de los cincuenta, en busca de un regalo para su hija. Quien la atiende es Therese (Rooney Mara), una de las empleadas de la tienda. Hay una atracción inmediata pero que no puede exponerse abiertamente. Carol deja accidentalmente sus guantes y Therese insiste en devolvérselos. Después de ese encuentro, las dos mujeres vivirán una relación de amistad que va tomando otros tintes con el paso del tiempo. La situación se complica cuando el esposo de Therese, buscando vengarse de Carol al no querer salvar su matrimonio, decide quitarle la custodia de la hija alegando prácticas extrañas que podrían afectar a la crianza de la niña.

cannes2015-carol-poster-350.jpgTodd Haynes muestra la historia sin juzgar. Prefiere enfocar la trama desde dos mujeres que se aman, se desean pero que también dudan y sufren. Deja claro incluso el silencio que existía en la época acerca del tema en la que ni siquiera el esposo de Carol se atrevía a llamar por su nombre a lo que estaba pasando. Tampoco era capaz de decir el nombre de Therese y se limitaba tan solo a “esa chica”. Haynes opta por escenas largas de diálogos cargados de subtexto y miradas, con una fotografía a veces borrosa en la búsqueda de un escenario desolador para los momentos frágiles de los personajes. Como ya lo hizo en Velvet Goldmine (1998) y Far from Heaven (2002), Haynes prefiere buscar el lado humano sin caer en la victimización, donde no hay buenos ni malos sino personajes que actúan bajo los parámetros dominantes y terminan por reproducir un status quo asfixiante.

El tema musical de apertura y la banda sonora en general, compuesta por Carter Burwell es otro gran acierto. Con la armonía de piano, cuerdas y vientos, nos transporta a otra época. De melodía sobria, nostálgica, acompaña bien las escenas de Carol y Therese, con sus momentos de intimidad, y sus escenas de incertidumbre.

Cate Blanchett nos regala nuevamente una actuación magistral. Construye a una CarolCarol - 2015 humana, alejada de la heroína lacrimógena para dar lugar a una mujer que se debate entre los convencionalismos de una época y sus verdaderos deseos como ser humano. Debe decidir entre ser esposa/madre o vivir a plenitud el amor junto a Therese, pues no es una época que permitiera ambos roles sin ser criticada. Blanchett hace con Carol una especie de juego en el que a momentos luce con una frialdad convencional y de pronto la aviva con una pasión propia de una adolescente. Blanchett logra junto a Rooney Mara una pareja armónica en la que además se siente una constante tensión, una densidad que deben quitarse si desean seguir adelante.

Carol además de ser un homenaje a su autora, Patricia Highsmith, es una película que ante todo habla de amor, del peso de una hegemonía social que cataloga en etiquetas lo que está bien y lo que está mal. Claramente en ese contexto Carol y Therese quedan afuera de esta lógica heteronormativa, pero son mujeres que deciden poner por encima sus sentimientos. Desde el amor, ambas son revolucionarias, como lo fueron todos aquellos que se atrevieron a vivir como querían, a pesar de la sociedad en que vivían. También Carol nos recuerda que no vivimos tampoco en una sociedad que acepta totalmente la diferencia. Sin duda Carol es una buena peli para ver un sábado por la noche.

Saudade de Domingo #17: Libretas de Apuntes

Soy un fanático de tomar apuntes a mano. Aun cuando me considero un apasionado por la tecnología, soy un apocalíptico nostálgico con respecto a la toma de apuntes. Me gusta escribir a puño y letra sobre un papel, sentir el olor del mismo y la tinta, poder hacer tachones y que estos luzcan como heridas dentro de un texto-tránsito parchado en busca de su versión final.

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Algunas de mis moleskine

Desde que tengo uso de razón, recuerdo haber tenido libretas de apuntes. Por esos años, las libretas eran las páginas sobrantes de algún cuaderno escolar del año anterior o bien las últimas páginas de un cuaderno de uso en curso. Esas páginas me daban libertad para escribir lo que quisiera, desde imitar alguna letra caligráfica, jugar con la imprenta, transcribir poesía o crear algún relato corto y acorde a lo que podía escribir por esos años.

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Mi primer cuaderno independiente

Con el tiempo, las libretas fueron evolucionando a cuadernos independientes, libres de los contenidos escolares y en algunos de ellos plasmé novelas enteras. Escribí mi primer libro íntegramente a mano cuando tenía 10 años en un cuaderno universitario. Revisando años después ese escrito mi letra se me presenta como un torbellino agitado, una pugna entre lo que mi cabeza/corazón dictaba y la velocidad con la que la mano podía captar todo lo que se le decía. Reconozco en esos primeros escritos la influencia de Dickens y García Márquez, que como ya mencioné acá, fueron mis primeros autores de cabecera.

Seguí con el vicio de escribir a mano, aun cuando después hacía las transcripciones a la compu. Este proceso me gustaba porque me permitía hacer una “edición” de lo que se había escrito primero en el papel. Ahora que lo pienso me parece demasiado laborioso pero yo disfrutaba de ese proceso. Era como volver a escribir, repensar los verbos, modificar diálogos, acciones. Me sumergía en ese universo donde vivía a todos los personajes. Debo haber hecho ese proceso por algunos años hasta que la compu le fue ganado terreno a las libretas de apuntes. Me fui convirtiendo en un experto al tipear y de esa época debo el hecho de que actualmente pueda escribir sobre el teclado con gran rapidez pero con un defecto: sólo escribo con los dos índices. El resto de los dedos se mantienen curvados haciendo de base para los activos índices que danzan por todas las teclas en fracción de segundos. Por ahí a veces el anular o el dedo medio ayudan con la tecla de borrado mientras los índices permanece inmóviles, respirando y cargando energía para continuar con la batalla salvaje del teclear. Ya en compu escribí una serie de relatos, novelas, cuentos, muchas de las cuales quedaron a medio terminar (aunque sabía perfectamente el final de cada personaje) y otras las concluí pero las condené al silencio del cajón. En cualquier caso, todas esas historias aun cuando tuvieran como reservorio principal la pantalla de un monitor, empezaron aunque sea en fase embrionaria, en una libreta de apuntes.

Comprendí mejor mi pasión por la libreta de apuntes cuando leí a los 18 años, un libro de Nathalie Goldberg llamado El Gozo de escribir. En este libro además de dar algunas pautas, tips sobre qué y cómo escribir, la autora proponía que se usara un cuaderno por mes para escribir lo que sea. Goldberg era categórica al decir que debía ser uno por mes y si acaso se encontraba ya por el día 29 y faltaba la mitad del cuaderno, había que apresurar en un día a escribir toda esa mitad que faltaba. Su objetivo era simplemente llenar las páginas, mantener el brazo caliente para escribir lo que sea. Tomé a medias su consejo: Me propuse tener un cuaderno a modo de desahogo pero lo completaba normalmente en dos meses.

Más adelante, ya en el 2009 llegué a las Moleskine, libretas que desde esa fecha no he abandonado. Empecé con las pequeñas de pasta de cartón y luego fui entrando a las de pasta negra delgadas y a las de lomo grueso. Es la libreta hispter por excelente, con su diseño vintage y fácil portabilidad, pero más allá FullSizeRender-4de eso, las Moleskine ejercen en mí un encanto especial: amo el olor que tienen. Soy adicto a la mezcla de olor entre la tinta y sus páginas. A veces escribo en una moleskine sólo para sentir ese encuentro cercano de papel, pluma y yo. En ellas, ya fruto de una escritura un poquito más madura, los apuntes van desde storylines para posibles proyectos audiovisuales, esbozos de cuentos, aprendizaje de palabras nuevas en otros idiomas, guía de calles, colectivos, lista de compras y tareas, perfil de personajes, frases que se me ocurren mientras espero en algún lugar. En Buenos Aires, las moleskine me ayudaron a aprenderme nombres de calles, recorridos de colectivos y subtes, escribí en ellas las primeras sensaciones en la ciudad y también a modo bitácora escribí sobre cómo me iba apropiando de esa capital.

Las moleskine han sido mis compañeras fieles desde entonces. Siempre cargo una conmigo. Durante varios años las usaba en el bolsillo trasero del pantalón hasta que un día regresando a casa, no encontré la que usaba en esa época y caí en cuenta de que en algún momento debió caerse del bolsillo y la perdí para siempre. Me sentí mal por haberla perdido, todavía recuerdo la historia que empecé a desarrollar ahí. Desde ahí decidí que era mejor tenerlas en resguardo en mi mochila y no confiarlas a un bolsillo.

Las moleskine han sido muchas veces mi tabla de salvación en las eternas filas que nunca avanzan o cuando un amigo o amiga me asegura que ya está llegando al encuentro y me deja esperando quince o veinte minutos. Siempre hay un buen pretexto para sacar la moleskine de turno y escribir sobre un proyecto ya pensado o dar espacio a uno nuevo. Al término de la libreta la junto con las otras que guardo con cariño en un cajón que usualmente reviso cuando ando falto de inspiración. Releerlas me recuerda al yo de ese momento, como si pudiera hacer un scan rápido de las canciones que escuchaba en ese momentos, de mis lecturas, de mi estado anímico de ese entonces. Las moleskine con sus borrones, manchas y diferentes colores de tinta son mis semillas, el germen de los proyectos que un día verán la luz.

Peli de Sábado por la noche #7: The Danish Girl (2015)

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Después de muchos años de intentos de producción, cambio de director, de actrices, finalmente The Danish Girl llegó a la pantalla grande. Basada en la historia real del artista danés Einar Wegener, la película cuenta el proceso de transformación del personaje de hombre a transgénero, siempre acompañado de su esposa, la pintora Gerda Wegener.

einargerda3-xlargeEddie Redmayne hace un trabajo impecable al meterse en la piel de Einar/Lili, debiendo construir dos personajes en uno. En su caracterización se percibe la incomodidad de la dualidad, el duro proceso de enfrentarse a sus propios deseos en la sociedad danesa de los años 20 y 30. Es un trabajo logrado desde la honestidad de Redmayne como actor, sin embargo su actuación no es superior a la que hizo de Stephen Hawkins en La teoría del todo. Alicia Vikander se convierte así en la base de la película al ser la mujer divertida, tenaz del inicio que con la transformación del esposo, saca una fuerza interior que la catapulta en las escenas de confrontación con Einar/Lili. Su personaje es clave para entender a Wegener y Alicia Vikander hace suya a Gerda con una gran destreza, trabajando muy bien los silencios, las miradas y los gestos.

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Tom Hooper (El discurso del Rey, Los Miserables) logra un buen manejo de la puesta de cámara, una fotografía y un arte que captura el ambiente nórdico que la historia necesita. El guión por su parte lo encuentro un poco monótono a partir del momento en que Einar se asume como Lili. Es como si desde ahí la historia no tuviera puntos de giro y sólo retoma el vuelo ya hacia el tercer acto.

En un inicio de la producción, Nicole Kidman interpretaría a Einar/Lili mientras que Charlize Theron sería Gerda Wegener. Luego Theron se involucró en otros proyectos y sería reemplazada por Gwyneth Paltrow. Finalmente ni Kidman ni Paltrow entraron a la película y se barajó el nombre de Marion Cotillard para interpretar a Gerda, papel que recayó luego en Alicia Vikander. Definitivamente serían películas diferentes con cada una de esas actrices. De todas formas, vale la pena ver esta película con la mirada de una cinta biográfica para conocer un poco más sobre el personaje de Einar/Lili, quien pasó a la historia como uno de los primeros pacientes en someterse a una intervención quirúrgica de cambio de sexo. Contar su historia es ya un acierto.

Saudade de Domingo #16: ¡Feliz cumple, Françoise!

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Hoy está de cumpleaños una de las cantantes pop más reconocidas de la música francesa. Con 72 años, es difícil pretender resumir toda la carrera de Françoise Hardy en unas breves líneas. Desde 1962 cuando salió su primer éxito Tous les garçons et les filles, no paró más de trabajar, seduciendo al mundo con su voz dulzona, de letras melancólicas y de belleza serena. No tenía las curvas de Brigitte Bardot que ponían a toda Francia de rodillas. Era más bien de un tipo andrógino, como ella misma ha mencionado en varias ocasiones. Con su estilo enmarcado a la época de la onda ye-yé, conquistó a Bob Dylan, Mick Jagger, David Bowie, Eric Clapton, entre otros. Se declaraban fanáticos de sus canciones que ella misma componía.  Su explosión musical llegó a tal punto que Woody Allen en 1965, la invitó a grabar una breve participación especial en su película What’s New Pussycat. También el diseñador Paco Rabanne caería bajo su magia y la convocó para que junto con otras celebridades francesas, modelaran una colección inspirada en el futurismo. Es que Françoise Hardy con su estilo susurrado y de apariencia ingenua, no era solo una cara linda. Siempre buscó reinventarse como artista y fue así como se posicionó como una de las cantantes francesas con mayor proyección internacional gracias a Comment te dire adieu y Ma jeunesse fout le campe (1968), La question (1971), Message Personnel (1973), Quelqu’un qui s’en va (1982), Décalage (1988). Ha cantado varios de sus éxitos en inglés, alemán e italiano. En el 2006 fue condecorada con la Gran Medalla de la canción francesa y ese mismo año cantó con Julio Iglesias y Alain Delon en su álbum Parenthèses.

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Desde hace diez años lucha contra un cáncer en el sistema linfático y una fuerte recaída la tuvo en coma durante tres semanas en marzo del 2015. La francesa también ha hecho escuchar su voz a través de dos libros: La desesperanza del mono y otras bagatelas (2008) y Opiniones no autorizadas (2015). En este último habla de forma descarnada sobre el aborto, la eutanasia, el sistema político francés actual, la vejez. Sabe que su pensamiento puede llegar a incomodar, que hay quienes no entienden por ejemplo su relación de amor con 032-francoise-hardy-and-jacques-dutronc-theredlist.jpegJacques Dutronc con quien estuvo casada desde 1981 y que pese a estar ya legalmente divorciados, asegura que él siempre será el amor de su vida. Quizás tampoco puedan muchos entender su claro fastidio hacia la izquierda a la que cataloga de creerse dueña de la verdad. La vejez, confiesa, le resulta un proceso humillante y doloroso, sobre todo porque limita su capacidad de movimiento en determinados momentos. Sin embargo Françoise continúa estando entera, exhibiendo su gracia y belleza a la tercera edad. Se rehúsa a teñirse el pelo, acepta las marcas de sus arrugas y aunque su voz ha ido cambiando ligeramente por el paso de los años, sigue cantándole al amor, sigue siendo en sus melodías la chica yé-yé romántica y melancólica de los 60 que marcó a toda una generación. Envejecer duele pero a sus 72 años goza de la admiración y el respeto de sus pares, de las generaciones posteriores y su voz seguirá viva en aquel o aquella que sienta conexión con la poesía que ha sabido plasmar en música.

¡Salud, Françoise!

Peli de Sábado por la noche #6: Melancolía (2011)

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No es una película reciente pero se convertirá sin duda en un clásico dentro de las próximas décadas. Y no lo será por efectos especiales, ni por tener una trama llena de giros dramáticos, sino por la armonía que se logra en música, fotografía, guión, arte y montaje para contar una historia de ciencia ficción al estilo del siempre polémico Lars Von Trier. Melancolía fiel al universo del cineasta danés, está llena de personajes reflexivos, escenas cargadas con tiempos dilatados, diálogos precisos y una excepcional fotografía.

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Melancolía abre con la fiesta de matrimonio de Justine (Kirsten Dunst) y Michael (Alexander Skarsgård) que organizada bajo precisión geométrica por su hermana Claire (Charlotte Gainsbourg). Con el correr de la trama, nos vamos dando cuenta que la pareja perfecta que parecían ser al inicio, empieza a mostrar sus bemoles, sobre todo por Justin. Durante la fiesta, que ocupará casi la mitad de la película y lleva por nombre Justine, merece mención especial Charlotte Rampling, quien interpreta a la madre de Justine y Claire. La actriz inglesa es  dueña de una gran escena en la que ironiza delante de todos los invitados, la importancia del amor y el matrimonio. Con su sobriedad característica a la hora de encarar un personaje, Rampling es capaz de decir las frases más atroces con una suavidad que termina por estremecer.

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La segunda parte denominada Claire, se centra en la visita de Justine a casa de su hermana mientras se acerca la venida del planeta Melancolía que tendría que impactar a la Tierra en los siguientes días. En esta parte vemos cómo el rol aparentemente fuerte de Claire empieza a desplomarse ante la llegada inexorable de Melancolía y cómo Justine asume el rol de hermana más fuerte.

Uno de los momentos más hermosos de la película es la secuencia a modo de prólogo con el que se abre la cinta. Orquestada con el preludio de la ópera Tristán e Isolda, Von Trier va mostrando momentos claves de la película con una maestría en fotografía, que convierte a esta secuencia como una de las más hermosas de los últimos años.

Una película que vale la pena ver no sólo una vez sino varias veces, pues Von Trier coloca un sinnúmero de elementos claves en la trama que servirán para entender el universo narrativo que plantea en esta película. Como un buen libro o un buen vino, Melancolía  se disfruta mejor con el paso del tiempo y con el mayor número de visualizaciones posibles.

 

 

Saudade de domingo #15: Novela a la vista

Cada año suelo fijarme metas. Que no las cumpla todas también suele pasarme cuando hago el repaso rápido al final del año. Una de esas en el 2015, fue escribir una novela de cero que recogiera ciertas vivencias mías de los últimos tres años. La empecé, la avancé pero todavía hay un trayecto por recorrer para terminarla. Son ya siete meses de trabajo en los que me he sumergido nuevamente en las calles de Buenos Aires, en sus bares, en charlas de vino y café que tuvieron otro derrotero en las páginas que escribo.

Aunque la novela surgió como un proyecto casi autobiográfico, las primeras semanas se encargaron de mostrarme que el calco de mis vivencias no era lo que esa historia necesitaba. Esa novela embrionaria precisaba de más aciertos, más fracasos, más calle y por supuesto, más tiempo de distancia entre todo lo vivido en Argentina y lo que vivo actualmente en Guayaquil. Como resultado tengo entre manos una novela que no sabría bien cómo definirla en este momento que me encuentro más a o menos a mitad de camino. No se casa con ningún género específico y la influencia cinematográfica y musical son indiscutibles. Concibo esta novela con una mirada desde el cine europeo, de personajes latinoamericanos con ritmos sureños y tropicales. Es todavía prematuro hablar de certezas, pero me gusta el trayecto que van marcando los personajes en el compás dictado por la misma historia. Tiendo a enamorarme de determinadas situaciones o personajes que ya tienen un tiempo de caducidad y me debato entre darles una segunda oportunidad o cumplir con el esquema planteado. En esos momentos dejo que sea el corazón quien indique qué hacer. Ya luego vendrá una etapa de corrección, de reescritura que afinará las locuras sanguíneas. Por ahora me dejo llevar principalmente por una pulsión que me indica seguir, seguir, seguir.

Sin embargo no todo fluye siempre como me gustaría. Hay días que escribo de manera automática, en un intento desesperado por cumplir con todos los acontecimientos planeados en una escaleta, que además se ha ido modificando con el paso de los meses. Hay otros días en cambio que estoy tan sumergido en la escritura que al igual que el David Bourne de Hemingway en El Jardín del Edén, me cuesta lidiar luego con el “mundo real”. Mientras camino, veo una película o incluso dando una clase, me asalta algún pensamiento sobre la novela o pesco alguna frase que me parece que se ajusta con la escena que debo escribir. Para esos momentos ya suelo estar preparado con una libreta a la mano para no dejar escapar ese “pez dorado” del que habla David Lynch al referirse a atrapar las ideas. A veces sirve, otras veces funciona mejor para otros proyectos, pero el asunto es estar conectado el mayor tiempo posible. Es un desafío, por supuesto.

No sé todavía en qué decantará la novela finalmente, por el momento me gusta tener el deseo y la obligación de escribirla, de diseñar las escenas, de elegir los verbos apropiados para conducir la narración. Puede que en los próximos meses la termine y la condene en un cajón para siempre, la reestructure para otro formato o se cambien sustancialmente ciertos momentos de la trama. Será el mismo universo narrativo quien decida y me imponga el cumplimiento de las leyes que yo mismo le he creado.

Peli de sábado por la noche #5: Sylvia (2003)

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No soy muy dado a los films biográficos pero la película de esta ocasión resulta una grata excepción. Basada en la vida de la poetisa americana Sylvia Plath, esta película hace un abordaje interesante, alejado del juicio hacia las acciones a veces erráticas de su personaje-protagonista. La directora neozelandesa Christine Jeffs juega con la gama del ámbar para mostrarnos la poesía de Plath en medio de los vaivenes propios de su inestabilidad emocional.

La película arranca en 1956, durante el año en que Sylvia (Gwyneth Paltrow) se encuentra en Inglaterra por una beca Fullbright. Es acá donde conoce al que luego sería su esposo, el poeta Ted Hughes (Daniel Craig) con quien finalmente termina casándose y trasladándose a Estados Unidos.

134272_originalGwyneth Paltrow construye una Sylvia sobria y desbordada en los momentos álgidos de la historia turbulenta con Ted. Su actuación bien cuidada no cae en la caricatura de lo que debería ser una artista, sino que por el contrario logra balancear sus frustraciones como poetisa y su rol de mujer en los años 50 y 60. Con el recorrido de la trama, vemos a una Sylvia cada vez más nerviosa e insegura, lo que anticipa el final trágico que ya todos conocemos sobre Plath.

Una película que a pesar de tener varios años, vale la pena ver para quienes  desean adentrarse en la poética de Plath o simplemente para ver otro trabajo impecable de Gwyneth Paltrow.

Peli de Sábado por la Noche #4: La mujer del quinto (2011)

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The Woman in the Fifth (en español llamada Oculta Pasión), es una película dirigida por el polaco afincado en Reino Unido, Pawel Pawlikowski (My Summer of Love, Ida), que cuenta la historia de Tom (Ethan Hawke), un escritor estadounidense que decide mudarse a París con el objetivo de estar cerca de su hija. Las cosas se le complican desde la llegada pues su ex mujer le ha puesto una orden de alejamiento y no puede acercarse a la niña. Aunque se resiste a darse por vencido, en su intento por establecerse en la capital francesa, pierde todo su equipaje y se ve obligado a alojarse en un hostal de un barrio carenciado, donde conoce a Ania (Joanna Kulig), una mesera polaca por la que se ve atraído. Luego durante una tertulia literaria conoce a Magrit (Kristin Scott Thomas) con quien establece sin proponérselo un vínculo emocional bastante fuerte.

woman1Basada en una novela de Douglas Kennedy, Pawlikowski fotografía la película con proeza, se decanta por una narración lenta, de personajes reflexivos y una París muy diferente a la plasmada en postales. Hawke defiende a su personaje en inglés y en un francés tímido que brilla en las escenas junto a Kristin Scott Thomas. No es una película de acción ni de amor. Deambula entre el suspenso y el drama psicológico, lo que a veces da la impresión de no terminar de entender a algunos personajes en medio de la claustrofobia provocada por los espacios cerrados en los que se desarrolla parte de la trama.

Saudade de Domingo #14: Felices Fiestas

No se me ocurría otro nombre con el que empezar este post. Tampoco encontré otro más apropiado para las festividades que se viven en estos momentos. Se vuelve casi una obligación desear felices fiestas a todos los que nos rodean aun cuando no haya una verdadera voluntad. Trato de ser consistente conmigo mismo y desear felices fiestas desde el corazón, aunque desde hace algunos años no me siento invadido por un espíritu navideño como en otras épocas. Aprendí a ver las fiestas con otra óptica. Las dos últimas las pasé alejado de mi familia, en otro país, en mesa de amigos, recibiendo como regalo el afecto sincero de quienes me acogían en lugar de objetos materiales. Y me gustó impregnarme de las festividades en otra latitud. Obviamente la nostalgia siempre estuvo presente pero también tenía claro que luego volvería a las fiestas navideñas en familia, cosa que ya sucedió este año y ha sido un lindo retorno.

No me considero un grinch navideño tampoco. Amo ver el espíritu navideño en otros, la preparación de la cena, la compra de regalos, las fotos en Facebook de familias reunidas. En momentos de una geopolítica mundial complicada, con crisis económicas internas, está bueno buscar el regocijo en estas festividades. Si ese regocijo es fingido o natural depende de cada uno y no me parece saludable tampoco ir señalando con el dedo que en la cena navideña todos son asesinos porque comen pavo o cerdo, que todos son unos hipócritas porque sólo se creen en las fiestas de diciembre. Esas posturas de ataque, cargadas de un fastidio y resentimiento hacia los otros me recuerdan a los evaluadores del sufrimiento, de los que ya hablé en un post hace varias semanas. ¿Para qué criticar a quienes sienten espíritu navideño? Todo bien quien no lo siente pero ¿por qué desmerecer al que se emociona con la navidad? Si hay que aportar en algo habría que hacerlo desde lo positivo, resaltando lo que está bien, pues para lo negativo ya están los diarios, las conversaciones de pasillo, los discursos políticos demagógicos. Nos hemos acostumbrado tanto a la crítica, en señalar lo negativo que hemos perdido la costumbre de encontrar el lado positivo de las cosas. Se ha creado la idea de que quien señala lo positivo es un soñador y quien busca el error, la falla en todo, es un realista. ¿Desde dónde estamos viendo la realidad para decir eso? Ya la búsqueda de una realidad única es una utopía, porque divide, porque legitima a algunos y anula a otros. Personalmente prefiero estar del lado de los soñadores y creer que se puede construir desde lo positivo.

Siguiendo con el idealismo, deseo para el próximo año que muchos conocidos y amigos míos dejaran de juzgar al otro por sus posturas, prácticas y más bien resalten lo bueno que cada uno tiene para ofrecer desde su propio lugar. Me incluyo yo también en este deseo.

¡Felices fiestas!