Esta semana terminé de ver la última temporada de Downton Abbey. Me quedé con la misma sensación de vacío que me provoca haber leído un buen libro. Y es que las series son la versión posmoderna de las novelas por entrega del siglo XIX en las que cada semana se imprimía un capítulo que mantenía en vilo a toda una población durante meses o incluso años. No en vano una ejecutiva de la BBC afirmó que si Charles Dickens estuviera vivo, sin duda sería guionista de TV. Matthew Weiner, creador de Mad Men, fue más allá y dijo que Dickens sería showrunner (rol del creador de la serie que además es el productor general).
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Volviendo a Downton Abbey, esta serie británica que ganó varios premios a lo largo de sus temporadas como el BAFTA, Emmy, Globos de Oro, Screen Actors Guild Awards, entre otros, ha desatado legiones de fans alrededor del mundo. El marketing y la publicidad no han sido diferentes a ello y pronto empezaron a circular souvenirs de la serie. El palacio Highclere, donde se grabó la serie ahora es un punto turístico obligatorio para todo fan de Downton Abbey, donde se hacen visitas guiadas aprovechando la fama creada por la serie.

Downton Abbey no sigue una historia concreta sino que se decanta por una serie de subtramas que giran alrededor de la familia Crawley y descienden hasta las profundidades de la cocina y lavanderías contando las historias de los empleados de la casa. Todas estas tramas se entrecruzan de forma armoniosa dando lugar a un sinfín de personajes que inician su historia con el hundimiento del Titanic en 1912 hasta la navidad de 1926. Siguiendo la serie somos testigos de grandes momentos en la historia del Reino Unido como la Primera Guerra mundial, el conflicto de la guerra de Irlanda, la Pandemia de Gripe Española, la crisis de la posguerra, la reivindicación de los derechos de la mujer, la homosexualidad, entre otros.
El diseño de producción de la serie es de altísima calidad, cuidando cada detalle para la
reproducción fiel de la época. Entramos así en un universo donde ante todo prevalen las tradiciones (en especial con el personaje de Violet, interpretado genialmente por Maggie Smith), los títulos nobiliarios y la obsesión casi enfermiza por las apariencias. La actuación flemática propia de los ingleses queda de manifiesto pero en Downton Abbey tienen un matiz más que justificado. Su creador Julian Fellowes se permite momentos de distensión, de humor y humaniza a los dos mundos opuestos que se muestran en la historia. Ni los nobles son unos tiranos ni los empleados son unos santos. La serie coloca cualidades y defectos en ambos lados, lo que se agradece y el espectador lo mira como humano, verosímil.
Mis personajes favoritos de la serie fueron Lady Mary (Michelle Dockery), Violet (Maggie Smith), Carson (Jim Carter) y Barrow (Rob James-Collier). Son muy diferentes uno de otro, pero creo que Fellowes fue muy generoso con sus personajes y los actores tuvieron una gran proeza al interpretarlos. A lo largo de sus seis temporadas estos personajes fueron creciendo, logrando un arco de transformación impresionante. Tuvieron grandes momentos dramáticos y cómicos, donde se los amaba y odiaba al mismo tiempo. Lograr esos sentimientos encontrados es un gran acierto, alejándolos de cualquier posición maniqueísta.

Dowton Abbey fue mi compañera durante las noches de estos últimos meses. Tuve la suerte de descubrirla ya casi al final de su emisión así que pude mirarla diariamente, un capítulo -o dos- por noche. La sensación de vacío irá pasando como cuando terminé Breaking Bad o Mad Men. Otras series vendrán, conoceré a otros personajes que serán mis nuevos amigos, pero Lady Mary, Carson, Violet, Robert, Daisy o Mrs. Patmore serán los viejos amigos que recordaré en fotos o en alguna noche nostálgica en la que elija al azar algún capítulo de Downton Abbey.

un matrimonio ya en ruinas, que decide ir a un gran almacén de la Nueva York de los cincuenta, en busca de un regalo para su hija. Quien la atiende es Therese (Rooney Mara), una de las empleadas de la tienda. Hay una atracción inmediata pero que no puede exponerse abiertamente. Carol deja accidentalmente sus guantes y Therese insiste en devolvérselos. Después de ese encuentro, las dos mujeres vivirán una relación de amistad que va tomando otros tintes con el paso del tiempo. La situación se complica cuando el esposo de Therese, buscando vengarse de Carol al no querer salvar su matrimonio, decide quitarle la custodia de la hija alegando prácticas extrañas que podrían afectar a la crianza de la niña.
Todd Haynes muestra la historia sin juzgar. Prefiere enfocar la trama desde dos mujeres que se aman, se desean pero que también dudan y sufren. Deja claro incluso el silencio que existía en la época acerca del tema en la que ni siquiera el esposo de Carol se atrevía a llamar por su nombre a lo que estaba pasando. Tampoco era capaz de decir el nombre de Therese y se limitaba tan solo a “esa chica”. Haynes opta por escenas largas de diálogos cargados de subtexto y miradas, con una fotografía a veces borrosa en la búsqueda de un escenario desolador para los momentos frágiles de los personajes. Como ya lo hizo en Velvet Goldmine (1998) y Far from Heaven (2002), Haynes prefiere buscar el lado humano sin caer en la victimización, donde no hay buenos ni malos sino personajes que actúan bajo los parámetros dominantes y terminan por reproducir un status quo asfixiante.
humana, alejada de la heroína lacrimógena para dar lugar a una mujer que se debate entre los convencionalismos de una época y sus verdaderos deseos como ser humano. Debe decidir entre ser esposa/madre o vivir a plenitud el amor junto a Therese, pues no es una época que permitiera ambos roles sin ser criticada. Blanchett hace con Carol una especie de juego en el que a momentos luce con una frialdad convencional y de pronto la aviva con una pasión propia de una adolescente. Blanchett logra junto a Rooney Mara una pareja armónica en la que además se siente una constante tensión, una densidad que deben quitarse si desean seguir adelante.

de eso, las Moleskine ejercen en mí un encanto especial: amo el olor que tienen. Soy adicto a la mezcla de olor entre la tinta y sus páginas. A veces escribo en una moleskine sólo para sentir ese encuentro cercano de papel, pluma y yo. En ellas, ya fruto de una escritura un poquito más madura, los apuntes van desde storylines para posibles proyectos audiovisuales, esbozos de cuentos, aprendizaje de palabras nuevas en otros idiomas, guía de calles, colectivos, lista de compras y tareas, perfil de personajes, frases que se me ocurren mientras espero en algún lugar. En Buenos Aires, las moleskine me ayudaron a aprenderme nombres de calles, recorridos de colectivos y subtes, escribí en ellas las primeras sensaciones en la ciudad y también a modo bitácora escribí sobre cómo me iba apropiando de esa capital.
Eddie Redmayne hace un trabajo impecable al meterse en la piel de Einar/Lili, debiendo construir dos personajes en uno. En su caracterización se percibe la incomodidad de la dualidad, el duro proceso de enfrentarse a sus propios deseos en la sociedad danesa de los años 20 y 30. Es un trabajo logrado desde la honestidad de Redmayne como actor, sin embargo su actuación no es superior a la que hizo de Stephen Hawkins en La teoría del todo. Alicia Vikander se convierte así en la base de la película al ser la mujer divertida, tenaz del inicio que con la transformación del esposo, saca una fuerza interior que la catapulta en las escenas de confrontación con Einar/Lili. Su personaje es clave para entender a Wegener y Alicia Vikander hace suya a Gerda con una gran destreza, trabajando muy bien los silencios, las miradas y los gestos.


Jacques Dutronc con quien estuvo casada desde 1981 y que pese a estar ya legalmente divorciados, asegura que él siempre será el amor de su vida. Quizás tampoco puedan muchos entender su claro fastidio hacia la izquierda a la que cataloga de creerse dueña de la verdad. La vejez, confiesa, le resulta un proceso humillante y doloroso, sobre todo porque limita su capacidad de movimiento en determinados momentos. Sin embargo Françoise continúa estando entera, exhibiendo su gracia y belleza a la tercera edad. Se rehúsa a teñirse el pelo, acepta las marcas de sus arrugas y aunque su voz ha ido cambiando ligeramente por el paso de los años, sigue cantándole al amor, sigue siendo en sus melodías la chica yé-yé romántica y melancólica de los 60 que marcó a toda una generación. Envejecer duele pero a sus 72 años goza de la admiración y el respeto de sus pares, de las generaciones posteriores y su voz seguirá viva en aquel o aquella que sienta conexión con la poesía que ha sabido plasmar en música.



Gwyneth Paltrow construye una Sylvia sobria y desbordada en los momentos álgidos de la historia turbulenta con Ted. Su actuación bien cuidada no cae en la caricatura de lo que debería ser una artista, sino que por el contrario logra balancear sus frustraciones como poetisa y su rol de mujer en los años 50 y 60. Con el recorrido de la trama, vemos a una Sylvia cada vez más nerviosa e insegura, lo que anticipa el final trágico que ya todos conocemos sobre Plath.
Basada en una novela de Douglas Kennedy, Pawlikowski fotografía la película con proeza, se decanta por una narración lenta, de personajes reflexivos y una París muy diferente a la plasmada en postales. Hawke defiende a su personaje en inglés y en un francés tímido que brilla en las escenas junto a Kristin Scott Thomas. No es una película de acción ni de amor. Deambula entre el suspenso y el drama psicológico, lo que a veces da la impresión de no terminar de entender a algunos personajes en medio de la claustrofobia provocada por los espacios cerrados en los que se desarrolla parte de la trama.
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