Con antifaz
Mensaje de Papá
Sabor de Despedida
Devaneos
Sueño en São Paulo
Dos personas se acercan. Ninguna de las dos soy yo, pero sé lo que cada una siente y espera de la otra. Se miran, juntan sus narices. Están contra el sol, de modo que no logro vislumbrar sus rostros. Se abrazan aun cuando el calor que derretía el asfalto no haría apropiado una manifestación como aquella. Abrazos. Cómo extraño eso. Ya tuve muchos abrazos intensos, con sollozos y lágrimas incluidas. También tuve aquellos más artificiales, productos de una convención, de una aparente simpatía. Debo decir que no fui siempre yo quien abrazó en esos casos. Me resultaba una situación pero afortunadamente es una molestia de pocos segundos que luego desaparece. Vuelvo a mi cuadro. Los dos seres se abrazan en medio del calor. Sudan, es obvio, pero ese fluido funciona como una feromona que los une, lo ata aun más y que ponen en armonía los latidos de sus corazones. La sangre se sincronizan. Sus cuerpos se pertenecen. Sus narices con ansiedad el cuello de la otra persona, como si temieran que luego del abrazo no pudieran reconocerse más. Tienen los ojos cerrados. Lo percibo. Han utilizado tanto la vista que ahora quieren dar paso a los otros cuatro sentidos que tan descuidados han tenido durante años. Sus mentes recuerdan el primer encuentro, su primera relación sexual, su primera salida al cine, su primer baile. Todas aquellas primeras veces, no siempre exitosas, pero que marcaban un sendero, un camino por recorrer, como las primeras páginas de una novela que a veces resultan extrañan pero que cuando se retoman luego de haber leído toda, se sienten familiares y angustiosamente personales. Él agarra sus cabellos rojizos e introduce su nariz en esa maraña salvaje. Ella recorre su cuello. Se separan lentamente. Abren sus ojos. Se sujetan las manos. Están en el parque Ibirapuera. El sol los alumbra cenitalmente, dejando al resto del parque en oscuridad. Él intenta decir algo. Ella hace un gesto leve para evitar que hable. Hace mutis. Él se sienta, invadido por una saudade asfixiante, un álbum fotográfico pasa por su cabeza. Mira sus manos ásperas, su apariencia desaliñada. La llegada hasta ahí no fue fácil. Se pregunta cómo hizo para estar en São Paulo, rodeado de personas con una lengua que apenas si conoce. De pronto, las personas se le antojaron personajes de una pieza brechtiana. Agotado, sólo atinó a escribir, soñando con São Paulo… En São Paulo.
Murmullos
Addio
Horas Vagas
Apareciste. No te busqué pero estabas ahí y de pronto te dibujaste indispensable cada noche. Explicaciones, ninguna. Era preciso sentir, aun cuando hubiera delante una pantalla fría asexuada, pero que nos permitía conocernos, un poco más.
Me llenaste de ansiedad, agriaste mis horas. No apareciste más y el único extraño vínculo de dependencia fueron tus indescifrables estados de Facebook. Las relaciones no se piensan y se pierden en vericuetos extraños, como en el teatro… El problema es que nunca sé hacer mutis a tiempo y divago aun cuando el show debe terminar.
Nos dijimos adiós sin despedida. Y yo con lo que amo prepararme para el desenlace. Me quedé saboreando un final interrumpido, un orgasmo incompleto, un beso a medias. Las horas se van en imágenes de un futuro difuso, retazos de proyectos, que como jirones van quedando a medio camino. Pienso en Mariana Ximenes, en sus cabellos y en su boca gostosa. Me prometo trabajar con ella y a unir mis escritos momificados. Quiero engendrar un mutante repartido entre varias actrices que exorcicen mi cabeza cada vez más volátil, menos enraizada.
Sueño. Sueño que sueño con una escena recurrente cuyos elementos siempre me remiten a un sueño más antiguo. De vez en cuando aparecías en algunas de esas abstracciones y cuando vuelvo a la superficie me queda la sensación de haber olvidado la pantalla frígida que nos separa. Soy patético, aunque según Schiller también en algún momento podría devenir sublime. ¿Para quién? No para ti, con certeza.
Licuaré mis memorias en almíbar.
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