Con antifaz

Camino entre gente que no conozco, con música que no amo, con ropa poco habitual. Me mimetizo en un otoño primerizo que ya no me es tan ajeno. Soy periferia, distinto, con historias en la cabeza, cuyo peso siento en la espalda mientras sigo evocando un pasado que me cuesta pensar quedó a miles de kilómetros de distancia. No soy de aquí, soy migrante, una parte está en esta tierra y otra vuela en textos inconclusos, en besos jamás dados, en la copa de vino que no terminé, en el abrazo frío que di para no convulsionarme. Estoy también en las cartas que no escribí, en el listado de autores pendientes, en los fotogramas aun por editar. Salté a medio camino y estoy aquí, al sur del hemisferio, con frío, enfrentado a mí mismo, aplicando a cuentagotas la crueldad del teatro, sumergido en un mar de incertezas, con aparente calma. Un aluvión de imágenes, sonidos, letras me abrazan, me seducen pero pasadas las emociones eréctiles de los primeros días, me siento, pienso, observo y decido permanecer en casa, mirándome, entendiendo los oficios que jamás hice, reconociéndome vulnerable y al mismo tiempo con una fortaleza que jamás pretendí tener. En la calle cargo antifaz, me veo igual a los locales. Solo mi acento delata y la emoción que surge, eventualmente, cuando encuentro a algún coterráneo que me habla en mi lengua, que entiende contextos y que si bien no es como yo, comparte también una agriada melancolía por aquello que dejó aun cuando pueda decir que no tiene raíces. Las raíces también pueden ser móviles y siempre son preludio de génesis.

Mensaje de Papá

En medio de una carretera lluviosa, atravesando de la costa a la selva, mi padre con su poco manejo de tecnología me envía un mensaje.
¨Imagina la mística evolución que tuve con ustedes: Antes yo solo como en una isla; obviamente buscando ser feliz hasta que llegó tu mamá. Decidimos formar un hogar como había sido mi sueño desde niño y tener mis hijos. Nada raro hasta ahí porque eso es lo ‘normal’. Luego vinieron ustedes dos y mi vida tuvo otro motivo para luchar y hacer junto a tu mamá que esos niños fueran buenos y así útiles a los demás. Lo logramos y ahora pasamos a refundirnos en una entelequia que nos nutre. De esa comunión brota el amor que solidariza nuestras almas. ¿Quién puede ganarnos, entonces?¨
(Yo, solo esperando poder estar a la altura)
Te amo papá.

Sabor de Despedida

No. Hoy no soy observador omnisciente. Soy yo mismo y no sé nada de mí. Apenas conozco unos cuantos pincelazos de una personalidad siempre tan volátil, que en el fondo se niega a encajar en alguna estructura, a pesar de haber sido forjado en una sociedad cerrada y poco liberal.
Sólo sé que estoy en el umbral. De qué exactamente, no lo sé. Soy yo quien parte ahora. No contemplo, no permanezco. Despego, migro, me desplazo, abandono, corto, cierro, callo. Veremos qué se siente el dejar, el partir. Ya saboreo la despedida y hay una extraña acidez que me lacera los ojos, que quema el paladar. Es una muerte lenta, en el sentido más simbólico y abstracto del concepto. No seré igual. Multiplicaré mis yoes y cada uno tendrá algo de aquel en el que me convertiré. ¿Un monstruo? Quizás.
En el umbral las cosas se ven más claras o por lo menos se toma mayor conciencia de la ignorancia en la que se vive inmerso en el día a día. He conocido la visura, he hecho un scan de mí mismo. Aun hay mucho que hacer antes de partir. No hay tiempo todavía para saudade. Ya llegará, quizás, a pocas horas del trayecto o ya en tierra nueva cuando me encuentre rodeado de personas con acento que no conozco, con música que no he amado.

Devaneos

(Sé que debo escribir algo, ¿no?. Al menos eso me exijo, como ejercicio. Quién sabe si encuentro algo, resquicios de novela, pincelazos de película o una miniescena kafkiana. Debería racionalizar menos y escribir más como un acto de salvación, de curación, de placer y principalmente para jugar con la ficción de ese Yo que no entiendo).
El final del personaje A será una sonrisa a medias, con los ojos un poco humedecidos. Se dejará abrazar de forma automática por personaje B. No está involucrado. Las sombras del sol vespertino oscurecerán ciertas partes de su rostro. Agarrará una bocanada de aire. B se irá alejando, sintiendo que no hay más que decirse. Las cicatrices no fueron superadas y la sal aun corroerá ciertos sentimientos no arreglados. (Es una posibilidad pero la verdad, la verdad, no me dice mucho).
(Otra opción). El final del personaje A será una lágrima que brota con dificultad del ojo izquierdo y sigue, por fuerza de gravedad, su caída libre por la mejilla del mismo lado. B se acerca e interrumpe el trayecto de la lágrima con un beso. A y B se miran como si se enfrentaran a un reto visual. A deja pasar apenas unos cuantos segundos. Aprovechando la oscuridad del cielo nublado de esa noche húmeda con el asfalto emanando vapor producto de la tarde infernal, A se desplazará en cámara lenta al otro costado de la acera, donde tomará un bus que la llevará a la confines, donde la tierra termina. B entrará a un bar y beberá una cerveza recorriendo con sus labios el amargor de sus días y el vaivén nostálgico de las nubes en verano cuando acostado sobre la arena las miraba adivinado formas junto a A, quien siempre encontró ese juego un tanto estúpido pero que en compañía parecía interesante o cuando menos, un refugio de soledad.
(Mejor. Una opción más. Debería hacer mínimo diez, pero la cabeza se me agota. Ahí es cuando cuestiono el rigor que tengo con respecto a la escritura). El final del personaje A será con la vista perdida hacia el río que lleva y trae lechuguines con Sigur Rós controlando la corriente. B está a su lado. No se dirán nada. Son dos seres que cargan con los mismos espectros y los alimentan con sus propias angustias. Se mirarán unos cuantos segundos. No se reconocerán. A verá a B con extrañeza. B, con ternura. B se cortará un mechón de cabello que se encargará de dejar en manos de A. B partirá con una maleta de ruedas que al contacto con el piso de granito producirá un sonido intermitente, disonante que se clavará en los oídos de A recordándole la falta y la melancolía que amargará su hígado por el viaje de B. El sonido y la incomodidad irán alejándose. B se irá empequeñeciendo convirtiéndose en una figura más entre las millares del parque. El sonido se habrá marchado, la calma retornará. Sigur Rós seguirá sonando pero el mechón de cabello de B seguirá contenido, apretado en el puño cerrado de A.
(Ejercicio acabado. No sé que es ni de qué va. Los finales se me antojan inicios ambiguos que van en contrario de las manecillas del reloj. A veces aclaran o por el contrario, confunden. ¿A quién? ¿Por qué? A y B son energías, proyecciones de algo. Estuvieron y estarán en el mismo ritmo que borre y dé forma a nuevas líneas, a otros centros de fuga. Devaneo. Noches de Sigur Rós producen estados que es mejor utilizar sólo en dosis desmedidas)

Sueño en São Paulo

Dos personas se acercan. Ninguna de las dos soy yo, pero sé lo que cada una siente y espera de la otra. Se miran, juntan sus narices. Están contra el sol, de modo que no logro vislumbrar sus rostros. Se abrazan aun cuando el calor que derretía el asfalto no haría apropiado una manifestación como aquella. Abrazos. Cómo extraño eso. Ya tuve muchos abrazos intensos, con sollozos y lágrimas incluidas. También tuve aquellos más artificiales, productos de una convención, de una aparente simpatía. Debo decir que no fui siempre yo quien abrazó en esos casos. Me resultaba una situación pero afortunadamente es una molestia de pocos segundos que luego desaparece. Vuelvo a mi cuadro. Los dos seres se abrazan en medio del calor. Sudan, es obvio, pero ese fluido funciona como una feromona que los une, lo ata aun más y que ponen en armonía los latidos de sus corazones. La sangre se sincronizan. Sus cuerpos se pertenecen. Sus narices con ansiedad el cuello de la otra persona, como si temieran que luego del abrazo no pudieran reconocerse más. Tienen los ojos cerrados. Lo percibo. Han utilizado tanto la vista que ahora quieren dar paso a los otros cuatro sentidos que tan descuidados han tenido durante años. Sus mentes recuerdan el primer encuentro, su primera relación sexual, su primera salida al cine, su primer baile. Todas aquellas primeras veces, no siempre exitosas, pero que marcaban un sendero, un camino por recorrer, como las primeras páginas de una novela que a veces resultan extrañan pero que cuando se retoman luego de haber leído toda, se sienten familiares y angustiosamente personales. Él agarra sus cabellos rojizos e introduce su nariz en esa maraña salvaje. Ella recorre su cuello. Se separan lentamente. Abren sus ojos. Se sujetan las manos. Están en el parque Ibirapuera. El sol los alumbra cenitalmente, dejando al resto del parque en oscuridad. Él intenta decir algo. Ella hace un gesto leve para evitar que hable. Hace mutis. Él se sienta, invadido por una saudade asfixiante, un álbum fotográfico pasa por su cabeza. Mira sus manos ásperas, su apariencia desaliñada. La llegada hasta ahí no fue fácil. Se pregunta cómo hizo para estar en São Paulo, rodeado de personas con una lengua que apenas si conoce. De pronto, las personas se le antojaron personajes de una pieza brechtiana. Agotado, sólo atinó a escribir, soñando con São Paulo… En São Paulo.

Murmullos

Noche fría, sin expectativas. Domingo sin estrellas y de impertérrita calma. Voces de mujeres susurran a mis costados. Me cuentan sus dramas, en busca de una materialidad que ya no tienen más. Les pido calma. Ya suficiente karma tengo con el domingo por la noche. Las escucho, mis dientes van perdiendo el espesor, siento la lengua pesada y ante mis ojos van apareciendo en fotogramas mustios las escenas fragmentadas de estas mujeres. No lloro, no lo consigo aunque mi piel tirita con aquellas voces entrecortadas. Mi boca está muerta. Solo puedo escuchar y asentir con la cabeza para que entiendan que sigo el relato. Una intempestiva corriente de viento azota mi cuarto. Sus voces se tornan difusas. Mis ojos se empañan, un telón de satín rojo se ha instalado en ellos. Un bossa de Chico Buarque empieza a escucharse mientras las voces de esas mujeres corean, disonantes aquella canción cuyo nombre tenía en la punta de la lengua pero que ahora no logro recordar. Creo que es una canción de la Ópera do Malandro, pero no estoy seguro. También podría ser de Gota d’Água pero no lo sé.
Alucino, camino sobre nubes volcánicas, aun sintiendo los vestigios de mis dientes sobre mi lengua. No debí ver tantas películas por la tarde y sí hacer los ejercicios obligados para disminuir la presión arterial. Me susurro esto todo el tiempo de la misma forma en que las mujeres me cuentan sus relatos infinitos. Se van turnando para contarme cada historia y dejando en suspenso para dar paso a la siguiente. Igual como radionovela, con la diferencia de que no puedo apagarla cuando quiero. Me habría gustado vivir en la Cuba de los 40 cuando Caignet escribía sus imposibles historias y millones permanecían atados a una radio, primera fábrica de sueños prohibidos.
Me duermo. A momentos las mujeres parecen aquietarse. Las escucho en lejanía cuchichear entre ellas. Eventualmente ríen y entre sueños voy difuminando sus rostros grisáceos. El bossa nova desaparece. Finalmente escupo las astillas de dientes que terminan empastados en el espejo. Las mujeres se callan. Escuchan mis latidos y se alarman. Han comprendido que deben terminar el relato.

Horas Vagas

Apareciste. No te busqué pero estabas ahí y de pronto te dibujaste indispensable cada noche. Explicaciones, ninguna. Era preciso sentir, aun cuando hubiera delante una pantalla fría asexuada, pero que nos permitía conocernos, un poco más.

Me llenaste de ansiedad, agriaste mis horas. No apareciste más y el único extraño vínculo de dependencia fueron tus indescifrables estados de Facebook. Las relaciones no se piensan y se pierden en vericuetos extraños, como en el teatro… El problema es que nunca sé hacer mutis a tiempo y divago aun cuando el show debe terminar.

Nos dijimos adiós sin despedida. Y yo con lo que amo prepararme para el desenlace. Me quedé saboreando un final interrumpido, un orgasmo incompleto, un beso a medias. Las horas se van en imágenes de un futuro difuso, retazos de proyectos, que como jirones van quedando a medio camino. Pienso en Mariana Ximenes, en sus cabellos y en su boca gostosa. Me prometo trabajar con ella y a unir mis escritos momificados. Quiero engendrar un mutante repartido entre varias actrices que exorcicen mi cabeza cada vez más volátil, menos enraizada.

Sueño. Sueño que sueño con una escena recurrente cuyos elementos siempre me remiten a un sueño más antiguo. De vez en cuando aparecías en algunas de esas abstracciones y cuando vuelvo a la superficie me queda la sensación de haber olvidado la pantalla frígida que nos separa. Soy patético, aunque según Schiller también en algún momento podría devenir sublime. ¿Para quién? No para ti, con certeza.

Licuaré mis memorias en almíbar.

Escribiendo…

Tramas, subtramas, sinopsis, escaletas… Soñando con guiones y tratamientos… Letras negras que se derraman en la pantalla nívea de la laptop… Teclas que se niegan continuar con la danza mecánica de la escritura… Personajes que hablan más de la cuenta y callan más de lo que deben… Escenarios móviles que mutan con el suspiro y frases recurrentes… La música desaparece a momentos… Luego ruge sin piedad… Me acurruco… Cierro los ojos… Un fade in da inicio a la escena de un tipo que está atrapado en un sueño mientras la incubus de turno lo atenaza en su regazo… En la imagen predomina el azul… He pensado en que debería vestir más en la gama de los rojos y usar de vez en cuando el Hugo Boss que compré en el duty free de un aeropuerto sin nombre… El tipo despierta sobresaltado agradeciendo que todo no haya sido más que un horror nocturno de pocos segundos… Oscuridad total… la agonía de un piano de cola invade la escena… El tipo, parecido mucho a mí, pero que no soy yo, aunque también es blanquito, cejón y barbudo, pero que no soy yo, se levanta… Se ha ido la electricidad… Se ve bañado en sudor y con la sensación de tener el cabello pegado a la almohada húmeda que le recuerda el infierno que se vive cada noche en Guayaquil… Camina, avanza a la cocina y encuentra a su padre descamisado como siempre, cuyo rostro está iluminado por una vela mortecina… Siempre he pensado que mis ojos no ven más que nostalgia… Como si un filtro tamizara cualquier otra emoción y al final quedara solo saudade, incluso hasta de un reggaeton mal bailado… El tipo le cuenta a su padre el sueño con la incubus… El padre, con ya varias arrugas a los lados de los ojos que se acentúan ahora con la débil llama de la vela, hace un gesto de desdén… Es escéptico… Nunca ha creído en nada que no sea corpóreo-material… Quizás el tipo se vuelva así cuando tenga su edad… He recordado que debo escribir una historia vampírica para reivindicar aquella imagen gratuita otorgada con la saga de Twilight… quizás con una enfermera llamada Dona Sangre, el personaje que Almodóvar nunca llegó a desarrollar y metió como relleno en una subtrama de Los Abrazos Rotos… El tipo regresa atemorizado a la cama, se acuesta, la humedad de la cama se funde con la de su espalda y tiene la sensación de haberse quedado pegado para siempre… Hace calor y una mosca cuyo zumbido lo escucha con agudos se pasea por la habitación… Sólo puede adivinar su recorrido por ese sonido persistente… Cierra los ojos… Abro los míos… Estoy en cama… bañado en letras… sobre mi pecho un par de paradojas y en los costados metáforas relacionadas con la oscuridad de los mares… Hay electricidad… Me semi-incorporo enérgico, convencido, humano y recuerdo las letras orgásmicas de Pessoa en las que navegué durante años… Escribo… Leo… Reescribo… Borro… Escribo… Reinicio… No hay cortes… Tal cual una película de Tarkovsky… Me observo… Me escribo… Me rectifico… Me reconstruyo en fonemas abrumados.