Horas Vagas

Apareciste. No te busqué pero estabas ahí y de pronto te dibujaste indispensable cada noche. Explicaciones, ninguna. Era preciso sentir, aun cuando hubiera delante una pantalla fría asexuada, pero que nos permitía conocernos, un poco más.

Me llenaste de ansiedad, agriaste mis horas. No apareciste más y el único extraño vínculo de dependencia fueron tus indescifrables estados de Facebook. Las relaciones no se piensan y se pierden en vericuetos extraños, como en el teatro… El problema es que nunca sé hacer mutis a tiempo y divago aun cuando el show debe terminar.

Nos dijimos adiós sin despedida. Y yo con lo que amo prepararme para el desenlace. Me quedé saboreando un final interrumpido, un orgasmo incompleto, un beso a medias. Las horas se van en imágenes de un futuro difuso, retazos de proyectos, que como jirones van quedando a medio camino. Pienso en Mariana Ximenes, en sus cabellos y en su boca gostosa. Me prometo trabajar con ella y a unir mis escritos momificados. Quiero engendrar un mutante repartido entre varias actrices que exorcicen mi cabeza cada vez más volátil, menos enraizada.

Sueño. Sueño que sueño con una escena recurrente cuyos elementos siempre me remiten a un sueño más antiguo. De vez en cuando aparecías en algunas de esas abstracciones y cuando vuelvo a la superficie me queda la sensación de haber olvidado la pantalla frígida que nos separa. Soy patético, aunque según Schiller también en algún momento podría devenir sublime. ¿Para quién? No para ti, con certeza.

Licuaré mis memorias en almíbar.

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