Saudade de Domingo #66: Tiempo para la lectura

En tiempos cada vez más visuales, leer es una actividad que ha ido quedando más desplazada. Lo veo en mí, en mis colegas, en mis estudiantes. El espacio dedicado a la lectura va reduciéndose en tiempo y normalmente queda relegado a las noches antes de dormir. Y no hablo de la lectura por trabajo sino a la placentera, aquella que tiene igual función de entretenimiento como ver una peli o una serie en Netflix. La que permite recrear mundos, acompañar una trama, amar u odiar personajes, devorar las páginas para llegar al final y estremecerse cuando se cierra la última página.

La lectura gozosa es algo que siempre me ha acompañado. La necesito para calmarme, para no aburrirme y sobre todo porque me encanta generar imágenes con las palabras, casi de una forma terapéutica. Sin embargo en los últimos meses dado el trabajo en la universidad y otros proyectos en paralelo, he tenido que optar por leer cuentos, relatos breves, dejando varias novelas en camino de espera. Han sido meses de lecturas muy interesantes, de descubrir algunos autores y releer otros. Schweblin, Neuman, Stephen King, Felizberto Hernández. He quedado enamorado de los cuentos de Mariana Enríquez y de Liliana Colanzi, autoras a las que llegué casi por accidente. En agosto recorría una librería de calle Corrientes y me encontré que Nuestro mundo muerto, cuyo título me sonaba familiar; entré a Google y encontré el artículo del diario El País que hacía una lista del nuevo boom latinoamericano, esta vez de mujeres. Ahí estaba Colanzi, Enríquez, también mi compatriota Mónica Ojeda, de la que hablaré en unas líneas más abajo.

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Caminando por otra librería, me encontré con Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez, quien escribe los cuentos con un tempo que no decae jamás, con personajes muy bien delineados y con desenlaces que siempre terminan por darte un knock out. Sea por su complejidad o por su ligereza. En Nuestro mundo muerto, Colanzi al igual que Enríquez, construye personajes desde lo cotidiano, pero en la primera la presencia de lo fantástico tiene mucha más presencia. Mi cuento favorito es La ola, un cuento en el que va desde la gélida Cornell (New York) hasta los Andes Bolivianos, en una atmósfera enrarecida por situaciones que en Colanzi encajan sin fórceps. Es de esas autoras que golpea con cariño a sus personajes, con dulzura y sin piedad.

Terminado el libro de Colanzi, empecé la última antología de cuentos de Stephen King El Bazar de los malos sueños. No es que fuera una antología pensada como tal, pues se trata en realidad de una recopilación de muchos relatos breves que King ha publicado en los últimos años en diversas revistas. La verdad creo que no lo hubiera empezado a leer sino fuera porque Mariana Enríquez en su columna en Página 12, recomendaba su lectura. Y ya que había quedado enamorado de su escritura, su opinión pesó mucho. Como resultado, los cuentos me mantuvieron en vilo. Buscaba tiempos muertos para leer (como hacía con Colanzi y Enríquez) y terminé el libro relativamente rápido.

Pensando en el tiempo invertido y en mi idea de “no tengo tiempo ahora para dedicarle a una novela”, me di cuenta que ya era momento de volver a las novelas en cola. Así que hoy empecé Nefando, de Mónica Ojeda. El año pasado leí su primera novela, La desfiguración Silva y ese aire bolañesco en una Guayaquil actual me tuvo agarrado del libro de inicio a fin. Fue un gran descubrimiento y presiento que este segundo trabajo de Ojeda no me defraudará tampoco.

De modo que he vuelto a una novela y la idea del tiempo es relativa. No tengo prisa por finalizar el libro, así que veré por cuáles caminos me llevará esta nueva historia. Terminada la misma trataré de recoger impresiones, dudas acerca de la novela, más que a modo de crítica, a modo de aclararme ciertos temas. Bucear en el universo de una novela es un salto al vacío y como todo regreso es necesario recapitular, registrar, todo para volver a lanzarse.

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