Tarde de verano en El Banderín

IMG_7258Había escuchado hablar de este bar en muchas guías de viaje. En varios sitios web lo colocan como uno de los lugares imprescindibles para visitar en Buenos Aires. Claramente no tiene la fama que puede tener El Tortoni, donde encontrar una mesa puede ser todo un parto complicado, pero por la fotos pude observar que El Banderín era en un bar que valía la pena visitar. Me bajé en la estación Gardel de la línea B, salí por el Abasto Shopping y con la ayuda del GPS, llegué hasta Guardia Vieja 3601, en pleno Almagro. Fue fácil identificar el bar entre los demás de la zona por sus letras pintorescas de fileteado porteño. Aunque pequeño, es un bar con mucha personalidad, clavado en toda la esquina de Guardia Vieja y Billinghurst.

Las mesitas afuera del bar sobre la vereda, la ocupaban los eventuales turistas y locales que acuden por unas cervezas bien frías y así equilibrar el calor sofocante del verano. El día de mi visita hubo una sensación térmica de 38 grados, por lo que unas birras caían perfecto para ese momento.

IMG_7262Ya en el interior del bar, que por las tardes funciona más como un café, banderines de clubes de todo el mundo decoran todas las paredes del lugar, en especial en la parte de la barra. Aunque no había música en el espacio, el sonido ambiente se llenaba con el bajo volumen de un partido de fútbol y la charla del encargado con uno de los meseros.  La política y la vida en el barrio, eran sus temas principales de conversación, como suele suceder en cualquier barrio porteño que se respete.

A pesar del verano, el espacio está bien aireado y nunca sentí calor. Como de costumbre, me pedí como merienda un café con leche y medialunas, mientras observaba cómo caía el sol en Almagro. La zona ha tenido un resurgimiento turístico y hay bares, restaurantes típicos por todas las calles aledañas. Una visión muy diferente a la que se puede tener del modernísimo Abasto Shopping, anclado en una zona tanguera, cuna de Gardel.

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Luego me pedí una cerveza Patagonia, que por lejos es mejor que la Quilmes tradicional (Lo siento por los fans). No la había probado anteriormente así que fue todo un descubrimiento tomarla y mucho más en esos 38 grados a las siete de la tarde (tarde, porque el sol se oculta pasadas las 8 en verano). Al pedir la cuenta, como en muchos bares de San Telmo, el desglose del pedido junto con los valores, se hizo en el momento, a puño y letra. La atención del lugar, vale destacar, fue excelente.

Ya a la salida del bar pasé por una tienda de encurtidos llamada La Casa de las Aceitunas, un lugar hermoso donde  las aceitunas de almacenan en barriles gigantes. Las hay de todos los colores, formas y texturas. Fue difícil elegir cuáles llevar. Los dueños generosamente me dieron a probar muchas de las aceitunas. Al final me llevé aceitunas de varias clases, un aceite de coco, un chimichurri casero, unas alcaparras y unas macadamias.

Volviendo a El Banderín, debo decir que sin duda alguna es uno de esos must de la ciudad que no se puede dejar pasar. Superó ampliamente mis expectativas. Es un lindo lugar leer para leer, escribir, charlar. Me llevo un grato recuerdo de este espacio y me quedo con las ganas de volver a visitarlo en el futuro, sobre todo ya en la noche, donde seguramente tiene una movida muy diferente.

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