Reverencia a un grande


Chespirito fue de los primeros personajes que vi desde mucho antes de tener uso de razón. Ha estado conmigo en todas mis idas y venidas. Cualquier momento era propicio para disfrutar de una capítulo o una escena de El Chavo, El Chapulín o su genial Doctor Chapatín.
Chespirito, hombre inquieto, genial, lúdico, nunca dejó de ser un niño y esa inocencia fue la que le permitió ser esa máquina creadora de personajes emblemáticos. Al evocar mi infancia es inevitable no relacionarla con este hombre de capucha, camisa rayada y pantalones altos. ¡Tenía que ser el Chavo del 8!

Cuando decidí salir de Ecuador y venir solo con mis sueños a Buenos Aires, quien me acompañaba al final del día, antes de dormir, era El Chavo. Ya no lo veo a diario pero cada fin de semana, ahora al empezar el día, me levanto con la vecindad y vuelvo a ser el niño que creía en la pelota cuadrada y que siempre quiso tener la garrotera.

México, Latinoamérica y el mundo está de luto. Hay que recordarlo no pena sino con la alegría que siempre caracterizó al pequeño Shakespeare. ¡Adiós Roberto Gómez Bolaños!

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