Confesiones de una hija atormentada

Será bueno desterrarte? Dejarte ir? 

O debería matarte de una vez por todas? 

Tu recuerdo se parece a aquel bossa nova de antaño 

cuyo título quiero pero no puedo olvidar…

Tu presencia metafísica 

me recuerda la suave caricia que hace mi lengua al recorrer la miel dispuesta sobre la afilada hoja del puñal que espero se encaje en mis vísceras envenenadas de saudade…

La música ha perdido su color, 

ahora escucho los mismos compases en todos los versos que intento escribir… 

De qué me sirve? 

Sigues ahí como una fuerza mayor 

a la que tengo que aceptar irremediablemente 

como un cáncer que me carcome día a día, 

pero sin el que podría vivir ni un sólo segundo.

No se puede más, estamos condenados,

Ya no hay cintas, ya no hay escenas, 

escribo en la angustia, en la meditación, en los banquetes intelectuales, 

donde te mezclas entre el vino 

y las discusiones acaloradas de la Nouvelle Vague, 

el Expresionismo de los 20 y las letras de Pessoa…

Es una convivencia obligada la que nos hemos impuesto,

pero al menos espero aniquilarte por retazos

a través de mis confesiones, 

donde pueda ponerte en evidencia 

y para que cuando seas leído e identificado 

te veas obligado a mutar 

y huir en busca de una nueva máscara. 

Yo hasta eso, te esperaré con los brazos abiertos 

para seguir pagando mi condena de tenerte a mi lado, padre querido, 

por haberme lanzado al mundo cargando tus locuras, tus fobias y tus vicios.

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